Estados Unidos, China y los dilemas de América del Sur

El orden internacional se encuentra en transición, desde hace ya algunos años atraviesa un proceso de configuración bipolar, con dos superpotencias estatales bien definidas: Estados Unidos y China. Claro que se trata de una bipolaridad bien diferente a la conocida durante la denominada “Guerra Fría . A diferencia de lo que ocurría con la URSS, Estados Unidos y China están hoy entrelazados por una profunda interdependencia. La disputa es intra-capitalista. Por su parte, no solo los Estados (ambas potencias incluidas) controlan cada vez menos las agendas globales, sino también otros actores no gubernamentales (empresas, organismo internacionales, por ejemplo) se ven desbordados por un sistema cada vez más entrópico (desordenado). Pandemias, Cambio Climático, disrupción tecnológica llegaron para quedarse.

Otra gran diferencia, como destaca el internacionalista chino Yan Xuetong, es que el nuevo orden bipolar comenzó a ser moldeado por alianzas específicas y temáticas en lugar de una oposición rígida de bloques dividida por líneas ideológicas bien marcadas. La mayoría de los países han optado por una aproximación pragmática de dos vías, adscribiendo a los compromisos estratégicos con la potencia hegemónica pero simultáneamente reforzando los lazos económicos y comerciales con Beijing.

Sin embargo, en la medida en que la bipolaridad se tornó más rígida –mayor tensión bilateral entre Washington y Beijing- y que algunos temas económicos (como 5G e internet) comenzaron a involucrar preocupaciones de seguridad nacional, la estrategia de doble vía se tornó cada vez más compleja y difícil de sostener, en especial para aquellos países que forman parte del diseño estratégico de EE.UU. pero sus economías son altamente dependientes de China. Los casos de Australia, Japón, Corea del Sur y Filipinas así lo demuestran.

En este contexto, para América Latina -y a diferencia de lo ocurrido durante la “Guerra Fría -, el mayor dolor de cabeza no lo tendrán los gobiernos de América Central y el Caribe sino los hacedores de políticas de varios de los países sudamericanos. Toda América Latina forma parte del “escudo de EE.UU. y nadie cuestiona esto (Cuba, Venezuela y Nicaragua son las únicas excepciones). El Tratado de Rio, la Junta Interamericana de Defensa, el Comando Sur y la cooperación militar/armamentística son claros indicadores de la adscripción estratégica de la región. Sin embargo, mientras que desde Panamá hacia el norte la “billetera sigue mirando a EEUU, hacia el sur la dependencia económica para con China es cada vez mayor.

Las exportaciones hacia China como porcentaje del total representan un dato muy gráfico: México, Panamá y Nicaragua no alcanzan el 2%; Honduras, Guatemala y Belice no llegan al 1%. El Salvador es el único caso con dos dígitos: 12%. El CAFTA-RD (Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana) y el NAFTA para México (hoy USMCA) han consolidado los flujos de comercio con EEUU.

En el caso de América del Sur el panorama es otro. Siete países superan los dos dígitos en relación a las exportaciones de China sobre el total y 5 le exportan más de 1/5: Brasil 35%, Perú 28%, Chile y Uruguay 23%, Venezuela 20%, Argentina 13%, Colombia 10%.

El caso australiano es interesante para ser observado, principalmente para países como Brasil y Argentina más allá de la distinta relevancia geopolítica. Canberra apostó fuerte por la alianza estratégica y de inteligencia con EE.UU., prohibiendo el desembarco de Huawei. Como consecuencia de esto, la relación con China se enfrió, e incluso el Ministro de Relaciones Exteriores de China advirtió por la afectación del clima de inversiones para las empresas chinas. Esas mismas advertencias son las que recibe Brasilia cada vez que profundiza su vínculo con el “Tío Sam .

Para la Argentina la cuestión no es para nada menos complejo. Además de la cada vez mayor centralidad comercial de China -el gigante asiático se convirtió en el principal socio del país en 2020-, aparece también en la ecuación la vulnerabilidad financiera. Un político alemán comentó en plena discusión sobre la 5G: “Nosotros le vendemos 5 millones de autos por año a China. ¿Qué pasará con esto en los años posteriores a prohibir Huawei? . En sintonía con esto, algún funcionario de la Cancillería argentina se podría preguntar: “Nosotros tenemos las reservas del BCRA atadas al Swap con China. ¿Qué pasaría con esto en caso de prohibir Huawei? . Otro, con total razón -e incluso mayor fuerza- le podría responder: “Nosotros tenemos que renegociar un acuerdo con el FMI, donde Estados Unidos es el principal accionista y tiene en consecuencia, el mayor peso decisorio. ¿Qué pasaría si permitimos el ingreso a la 5G de Huawei?

El Exim Bank de EE.UU. ha comenzado a financiar proyectos en el mundo en desarrollo (cartera de 27 mil millones de dólares) para intentar desplazar las interacciones con China. Le otorgó 400 millones a la petrolera PEMEX para que incorpore bienes y servicios provenientes de EE.UU., previa cancelación de un acuerdo avanzado para que bancos chinos financien la refinería de la petrolera mexicana Dos Bocas. Esta decisión tiene pocos costos con Beijing, ya que la capacidad de retaliación y de vincular cuestiones del gigante asiático es acotada en este caso.

Para Brasil y Argentina, el asunto es diferente. Los intereses con China son mayores y cualquier decisión estratégica que implique tensar la cuerda con uno u otro puede tener costos significativos. La equidistancia o el “no alineamiento activo en el marco de la referida estrategia de dos vías es naturalmente la mejor opción. Ese punto es indudable. No obstante, esta decisión (y los costos derivados de ella) no depende 100% de los países sudamericanos. La distensión entre Estados Unidos y China es la clave para determinar los márgenes de maniobra de la región.

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