ANÁLISIS

En Brasil, el "Monstruo de la inflación no perdona"

Las encuestas indican que la economía es y será la principal preocupación de los votantes en estos poco más de 3 meses que restan para la 1ra vuelta de la elección presidencial en Brasil. Y por "economía" léase "inflación", sobre todo porque la actividad y el empleo muestran mejoras significativas en los últimos meses. Lo que realmente muestra un impacto sobre el humor de la sociedad es la suba de precios. ¿El problema es mundial? En buena medida sí, pero eso no soluciona el problema de Doña Rosa en Brasil a la hora de comprar en el supermercado.

Como todo país latinoamericano, Brasil ha tenido una relación traumática con la inflación. Su población supo conocer procesos hiperinflacionarios en épocas similares a la Argentina. Pero lo más importante es que el "Monstruo" de la inflación quedo grabado a fuego en la política brasileña y principalmente a lo largo de la historia reciente ha mostrado ser implacable frente a los intentos de supervivencia política de los diferentes presidentes provenientes de distintos estamentos del arco político brasileño. Recordemos por ejemplo como la inflación derrotó al partido Arena, del Gral. Ernesto Geisel en 1974 luego de un brillante ciclo de crecimiento económico que muchos llamaron el "Milagro Económico Brasileño". Luego, ese proceso inflacionario de inicios de los años 70 se acoplo a un proceso de estancamiento económico y, bajo el nombre de estanflación, debilitó decisivamente a João Figueiredo, el último presidente militar de un periodo de 25 años en el poder.

Mas tarde, ya durante el proceso de vuelta a la democracia, la inflación casi derroca a José Sarney en los años 80, que respondió con un plan de estabilización al estilo Plan Austral, que fue el Plan Cruzado. Se estabilizó por poco tiempo la inflación y con ello el presidente vivió una primavera política que duro poco. El regreso de la inflación convirtió a Sarney en un pato rengo rápidamente abriendo el camino a nuevos liderazgos en las primeras elecciones directa a presidente desde la vuelta de la democracia en el año 89.

Luego vino Fernando Collor, quien aseguró tener una sola bala para matar al monstruo de la inflación. La bala falló y hubo hiperinflación. Y a esto se sumaron la falta de base parlamentaria de su gobierno y el resentimiento de los derrotados en las urnas. El resultado fue el primer impeachment con gente movilizada en las calles, algo que se repetiría años más tarde. Luego, su vice Itamar Franco, sobrevivió en la presidencia porque aceptó convertirse en presidente decorativo y entregar de facto el poder al ministro de Hacienda, Fernando Henrique Cardoso, cuyo Plan Real salvó al gobierno y aseguró su propio ascenso a la presidencia en 1994.

El Plan Real en los años 90 transformó vertiginosamente a la sociedad brasileña domando la inflación, y pese al surgimiento de los primeros síntomas del retraso cambiario y endeudamiento, garantizo la reelección sin precedentes de Fernando Henrique en 1998. Pero el costo de sostener esa arquitectura económico-electoral fue alto, un segundo mandato mediocre de Cardoso y, en 2002, la pérdida del poder para el PT de Lula. Cabe recordar que, en esa campaña, el PSDB de Fernando Henrique dijo que la inflación, ya en dos dígitos nuevamente en ese momento, era culpa de las incertidumbres políticas provocadas por la llegada de Lula. El discurso no funcionó y Lula fue electo.

Lula tomó el relevo presidencial y de inmediato golpeo fuerte al monstruo de la inflación con superávit primario duro y una escalada estratosférica de la tasa de interés. Le quitó el oxígeno a la inflación con un enfriamiento de la economía y, con programas sociales potenciados y precios internacionales como viento de cola, ganó músculo para sobrevivir a los escándalos de corrupción de su primer mandato, reelegirse y elegir a Dilma Rousseff en su sucesión. Para Meireles en el Banco Central de Brasil, era mandatorio domar la inflación a como dé lugar. Pero Dilma quiso romper la ortodoxia económica para hacer frente a los coletazos de la crisis financiera global en su primer mandato, hasta que en algún momento entre el 2012 a 2013 las curvas de PIB e inflación lograron cruzarse, la 1ra hacia abajo y la 2da hacia arriba. El mal humor social empezó a crecer, y todos sabemos cómo terminó. Dilma, como FHC, todavía logró raspar la olla y ser reelegida, pero, a diferencia de FHC, no tuvo un plafón político para atravesar el desierto. Luego como consecuencia vino el segundo juicio político desde la redemocratización, abriendo el turbulento período que desemboca en la presidencia de Bolsonaro que busca de forma desesperada controlar la inflación que volvió a estar en dos dígitos.

Frente a esa historia de la política brasileña en su lucha por sobrevivir contra el monstruo de la inflación que tan bien conocen Bolsonaro y Lula. Hoy observamos un escenario donde la economía brasileña sigue creciendo con gran apoyo del sector de servicios. El volumen de servicios transados estuvo fuertemente influenciado por el crecimiento del 51,3% en el negocio turístico en el 1er trimestre del año. Mientras tanto, en el comercio minorista, la principal actividad que creció fue la venta de vestuario y calzado, con aumento del 26,7% en el período. Ambos sectores, como la economía en su conjunto, se han beneficiado de la mayor movilidad de la población pos pandemia, así como de las medidas de subsidios sociales implementadas por el gobierno, como el retiro extraordinario del FGTS, el aumento de R$200 en el monto pagado por Auxílio Brasil, el bono camionero, por valor de R$1000, y la duplicación del valor del bono de gasolina, actualmente en R$53, entre una serie de medidas de subsidios que hace peligrar el limite de gasto público, tan defendido por el ministro Guedes pero que frente a las elecciones presidenciales inminentes se adapta a las nuevas circunstancias olvidando un poco al parecer sus convicciones ortodoxas. Por otro lado, el mercado laboral viene acumulando un saldo neto positivo de 770.593 nuevos puestos de trabajo en el primer cuatrimestre, siendo que la tasa de desempleo, por su parte, alcanzó el nivel más bajo desde finales de 2016, 10,5% en el trimestre finalizado en abril.

Pero los buenos resultados que muestran un proceso de recuperación económica significativo en Brasil chocan con el monstruo de la inflación, que acumula un máximo del 11,73% en los últimos 12 meses hasta mayo. La alta inflación actual reduce el poder adquisitivo de los consumidores, lo que dificulta el impacto político la recuperación económica frente a las chances de reelección de Bolsonaro en las elecciones de octubre próximo. Sin embargo, es importante señalar que el último resultado del IPCA ya mostró una desaceleración con relación al 12,13% registrado en el acumulado de 12 meses hasta abril. Pero para nada es suficiente.

Frente a esta escalada de la inflación el Banco Central de Brasil comenzó un movimiento de alza de tasas para buscar contener las variables macroeconómicas, entre ellas principalmente la inflación luego de la crisis global desatada por la invasión de Rusia a Ucrania y su correlato sobre el alza de precios de las materias primas, principalmente la energía. Las proyecciones de los analistas coinciden en que la Selic ya alcanzó su punto más alto en 13,25%, dejando a Brasil con una de las tasas de interés reales más altas del mundo. Con esto, el Banco Central en Brasil espera que la inflación finalice 2022 en 8,8 %, muy por encima del techo objetivo de 5,0% y para 2023 en 4,0%, por encima del centro de la meta del 3,25%. Si bien la inflación y las medidas utilizadas para combatir sus efectos negativos siguen frenando un mayor crecimiento, la demanda agregada debería acelerarse en el segundo trimestre, contribuyendo a un mejor resultado del PIB en 2022, que podría crecer por encima del 2%.

Sin embargo, el monstruo de la inflación ruge con más fuerza al acercarse las elecciones y el abanico de medidas que el gobierno de Bolsonaro implementa, mezcla un aumento de gasto público muy peligroso porque rompe el techo de gasto de forma excepcional por un lado y una suba de tasas de interés muy ortodoxa por otro, mostrando que los próximos 100 días hasta la elección de octubre serán muy turbulentos políticamente con dos extremos discursivos luchando por el poder. Pero lo que sí se percibe claramente al recorrer la historia política reciente de Brasil, es que el monstruo de la inflación no perdona a quien esté en el poder en Brasilia, y ambos Lula y Bolsonaro lo saben.

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