Elegía

Algunas veces se nos da por pensar qué pasaría si una persona que queremos mucho muriera. De alguna manera, creemos que es un modo de prepararnos para el impacto de la noticia si llegara a ocurrir y, mucho peor, para su ausencia. Pero cuando las cosas así pasan al final, ni el más duro ni el más precavido puede pasarlo sin mella.

Cuando recibí el primer mensaje con la noticia, no quise creerlo. Cuando fueron muchos mensajes, más las noticias de los diarios, más la televisión, más las bocinas desde la puerta de mi casa, y cuando me asomé por la ventana y vi por la vereda a un señor caminando que habría salido de la obra para comprar la comida y que venía llorando, recién ahí supe a ciencia cierta que había ocurrido. No sé si por mi propia pena, o por la del hombre que caminaba o por la de todos, pero también lloré.

Casi toda nuestra vida fue con Maradona. Sería un niño que correteaba por las calles de Salto cuando habré escuchado ese nombre por primera vez. Pero nadie recuerda cuándo fue que aprendió que la capital de Italia es Roma o quién fue Napoleón. Tampoco que Maradona era Maradona. Pero sí recuerdo con la precisión de cada instante, qué estaba haciendo el día, la hora y el lugar cuando arrancó por la derecha el genio del fútbol mundial, y que desde mucho tiempo antes de que la pelota entrara nos empezamos a abrazar incrédulos como ya sabiendo que estábamos frente a un hecho emocionalmente histórico que sería recordado para siempre.

Y seguramente en ese presagio nos quedamos cortos. Tanto que el recuerdo del segundo gol a la selección de Inglaterra en el mundial de 1986 lo utilicé infinidad de veces como ejemplo en libros y conferencias cada vez que quiero explicar por qué los seres humanos olvidamos casi todo y solo recordamos lo que nos emociona. Y claro que nos emocionó.

Cada uno de nosotros hemos pasado situaciones tristes en nuestras vidas. Pero lo que nos conmueve de esto es saber que, como pocas veces lo experimentamos, lo que sentimos es compartido. Que el señor que no conocía en la vereda de mi casa, que los compañeros y compañeras con quienes hablé a la tarde por trabajo, que mis amigos y mi familia, y que tantísimas otras personas a lo largo y ancho de mi país y de mi mundo, estarían tan tristes como yo por esto que nos pasó. Vivimos desde ese instante unas horas de impactante zozobra y por un largo tiempo van a seguir siendo muy apenadas, cargadas de nostalgia y de cierto orgullo por haber sido contemporáneos y compatriotas de Diego.

Pensemos que tantos y tantos recuerdos de anécdotas, vivencias, frases, partidos y programas de televisión se nos van a venir otra vez a la cabeza, pero mucho más porque todo el tiempo, en cualquier portal que abramos, en cualquier red social que veamos, en todos los programas de televisión y de radio y en las conversaciones en los bares, trenes o ascensores, el tema va a ser recurrente. Tendrán que pasar varias semanas, meses quizás, para acostumbrarnos a vivir nuestras vidas sabiendo que del otro lado no está esa persona omnipresente que nos daba alegrías, comentarios, informaciones, novedades, actualización de recuerdos.

En el comienzo de "El Aleph" de Borges, se cuenta esa irremediable instancia que sobreviene después de la muerte en la que las cosas siguen necesariamente su curso, que el incesante y vasto universo se va apartando de quien nos dejó. Ante esto dice quien narra: "Cambiará el universo pero yo no". Quizás sea el universo esta vez el que deba convencerse de que este recuerdo, estas emociones, esta figura inconmensurable no se hará a un lado porque seguirá estando viva. De que Maradona es Maradona. 

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