Bien planificado, ejecutado con firmeza pero también con moderación. El reclamo argentino por la soberanía de las islas Malvinas en las Naciones Unidas, que ayer lideró la Presidenta, tuvo todas las características de una política de Estado. Cristina viajó a Nueva York acompañada por gobernadores y legisladores del oficialismo y de la oposición, una fotografía que debería registrarse más a menudo pero que únicamente consigue la causa malvinera.
La exposición presidencial ante los líderes de la ONU hizo hincapié en los antecedentes históricos y geográficos que sustentan el reclamo por Malvinas y le apuntó, como cada año, al resabio de colonialismo británico pendiente aún en el Atlántico sur. Afortunadamente, esta vez el discurso no buscó la espectacularidad y, en cambio, planteó con acierto el exceso del Reino Unido al colocar banderas del protectorado kelper en la residencia de gobierno en Londres para conmemorar el final de la guerra en junio de 1982.
Sin aplausos de campaña; sin chicanas provocadoras e innecesarias, la Argentina planteó el reclamo que corresponde por las islas que nos fueron arrebatadas hace 179 años. La racionalidad es el único camino y sería importante que otras políticas de Estado siguieran un idéntico sendero.