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El mundo pyme tiene cada vez más emprendedores que no piden permiso ni esperan señales mágicas

En uno de los numerosos paneles desarrollados durante el Foro Regional de Davos en Buenos Aires, un alto ejecutivo de una empresa de agronegocios describió todas las condiciones objetivas que debía contener una política destinada a incrementar la productividad.

La enumeración no tenía sorpresas: estabilidad de reglas, impuestos adecuados, recursos humanos capacitados en función de las necesidades del sector productivo. Minutos más tarde, el economista venezolano Ricardo Hausmann (ex economista jefe del BID y docente de la Universidad de Harvard) hizo hincapié en factores mucho más individuales. Señaló que en México, por ejemplo, había distritos que tenían una productividad muy inferior a la media latinoamericana, y otros parecían Corea del Sur. Para ambos regían los mismos impuestos, las mismas leyes laborales, el mismo costo financiero y las mismas condiciones políticas. La singularidad, en su mirada, era un factor más importante que una norma general.

En la Argentina existen los mismos impulsos. Hay empresarios que están pendientes de que se corrijan normas tributarias, se genere un incentivo productivo o se desarrolle una infraestructura determinada. Pero también hay cada vez más emprendedores que sienten que su proyecto funciona porque apuestan a ofrecer un producto de calidad o un servicio competitivo. El 10º Seminario Pyme, organizado por El Cronista y Apertura, permitió mostrar una vez más cómo se comportan aquellos que se abrieron camino en coyunturas difíciles, y sobrevivieron.

Lo que queda en evidencia es que hay una generación de emprendedores que tiene vocación de salir del esquema de frenar y acelerar que tantos años ha dominado a la economía local. No es una actitud que pasa por alto el rol que debe cumplir el gobierno de turno para estimular la economía ni que idealiza las posibilidades de tener éxito. Las barreras están, pero eso no los frena. Por el contrario, los incentiva a saltarlas.

Hoy el mundo cambia en ciclos cada vez más cortos. La tecnología, potenciada por la inteligencia artificial, está destinada a ponerle cada vez más desafíos a cualquier proyecto productivo. La buena noticia para la Argentina es que los emprendedores ni piden permiso ni esperan señales mágicas. Para ellos, el pecado es no hacer. Ojalá el resto de los actores políticos, sociales y económicos pueda estar a su altura.

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