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Dilema: el gastador serial debe armar una dieta para consumir menos pesos

Es difícil mantener el rumbo de cualquier gestión de gobierno dentro de un marco de prudencia fiscal. Sobre todo cuando las necesidades sobran y los ingresos son inferiores, como le pasa a la Argentina, un país en el que la pobreza no deja de crecer. Los gobiernos deben hacer equilibrio entre la demanda política y la restricción presupuestaria, y aunque a veces parezca que se puede tomar un atajo y estirar la sábana, la historia económica demuestra que detrás de cada crisis siempre hubo excesos de gasto que no fueron corregidos a tiempo y explotaron sin remedio.

El debate suele girar sobre las urgencias de corto plazo versus los equilibrios de largo plazo. Siempre hay alguien que necesita la atención inmediata del Estado, especialmente si a la decadencia crónica de la Argentina se le suma el impacto de las medidas que se tomaron para enfrentar al Covid. Todos los países desarrollados incrementaron la asistencia para paliar la emergencia que causó la pandemia, pero nuestro país no estaba en condiciones de imitar ese comportamiento al 100%. El mundo habilitó tasas de interés bajísimas y una inyección monetaria fenomenal, elementos que al combinarse con las restricciones de oferta que sufrieron las cadenas globales de producción, dieron lugar a un renacer de la inflación.

Como era de esperar, a nivel local esa receta no salió bien, porque las devaluaciones de 2018 y 2019 habían creado una disparada de precios que la crisis de consumo del 2020 solo frenó a medias. Aunque el Gobierno hizo una reestructuración de deuda que alivió su situación financiera, hoy tiene que lidiar con la montaña de pesos que puso en la calle en el último año para atender legítimas demandas sociales y productivas, y reforzar sus chances electorales de 2021.

Con los números en la mano, lo que queda claro es que la última parte del diagnóstico no funcionó. La ayuda del Estado sirvió, pero no compensó otros malestares, entre ellos el de la inflación. Y hoy el Gobierno debe lidiar con las consecuencias de un gasto que dejo crecer sin tener detrás un financiamiento manejable. Por eso tiene que encontrar la forma de ponerse a dieta, para reducir un poco su consumo de pesos y lograr convencer al FMI de que podrá devolver los fondos que necesita para cubrir su deuda.

No hay muchos caminos para optar. Como se señaló al inicio, la prudencia fiscal es un concepto difícil de internalizar para un país que es gastador serial. El Gobierno no ayuda, tratando de mostrar que pone todos los recursos que puede (y más también) para compensar a los menos favorecidos. En las próximas semanas tiene que armar un sendero que muestre un déficit fiscal descendente y persuadir a su propia base política en el Congreso que es mejor empezar a ahorrar ahora que tener otra crisis de financiamiento, igual a las que tanto han denostado. Habrá que tener paciencia.

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