Diez años de grieta son una década perdida para la Argentina

Si bien la década comienza recién el próximo 1° de enero, como señala la Real Academia Española, no es casual que gran parte de la sociedad tome al día de ayer como el comienzo de un nuevo período de diez años. En definitiva, se iniciaron los años '20 y quedan atrás los '10 del segundo milenio, un tiempo que en la Argentina estuvo marcado por el apogeo, la caída y finalmente el retorno del kirchnerismo al poder. Pero sobre todo, por los vaivenes de un país que ha sufrido las graves consecuencias socioeconómicas de una grieta que divide a los argentinos y que se ha profundizado con el correr de los años.

Lejos del pensamiento único, la Argentina, como tantos otros países, ha convivido con dos grandes corrientes de pensamiento a lo largo de su historia. Las más emblemáticas del siglo pasado, identificadas con radicales y peronistas, dieron paso a la división actual, en la que un mayoritario núcleo duro de kirchneristas y macristas se ubican en veredas opuestas para ensalzar o criticar duramente al otro espacio según las propuestas, leyes o planes que pongan en marcha, indistintamente. Inclusive, más allá de que poco tiempo antes, cuando eran oficialismo u oposición según el caso, se hayan expresado de manera absolutamente opuesta sobre ideas similares surgidas del espacio contrario.

Sin embargo, son las diferencias de formas y de fondo, las que prevalecen. Y es la intolerancia y la falta de un debate franco y abierto lo que predomina, escenario en el que las crisis surgen como inevitables. Se alimentan enconos, se deshace lo construido y el país vuelve a foja cero cada vez que se produce un recambio de gobierno, para volver a arrancar pero un escalón más abajo, como quien cava dentro de un pozo.

Reducir la pobreza, más allá de quien la mida, sigue siendo una dolorosa cuenta pendiente. Mejorar la educación, la atención sanitaria y el funcionamiento de la Justicia, entre otras cosas, es un deber. Crear las condiciones para el desarrollo social, cultural y económico de toda la población, también.

Como lo han hechos tantos otros mandatarios y dirigentes políticos, el presidente Alberto Fernández señaló en numerosas ocasiones su vocación por establecer una mesa de diálogo en la que se pueda avanzar a través del consenso. Y la Argentina necesita que la intención se convierta en un hecho.

Solo con políticas de Estado que se mantengan a lo largo del tiempo, más allá del partido al que le toque gobernar, será posible encarar un proceso serio de crecimiento que permita la evolución de la sociedad. Reglas de juego claras y estables, que creen la confianza necesaria para apostar por el país, de manera que la producción sea un mejor negocio que la mera especulación, y con ello se de paso a la generación de empleo indispensable para mejorar las condiciones de vida y promover al bienestar general.

El comienzo de 2020 es una buena oportunidad para saltar la grieta y recuperar el tiempo perdido.

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