La economía somete al desconcierto a la población. Vemos pasar el crecimiento exponencial de sectores como el oil&gas, la minería, la agroindustria y las finanzas mientras se profundiza el deterioro de la industria, de las condiciones de empleabilidad, del consumo -masivo e intermedio- y de los ingresos, que están debajo de los de tres años atrás.
La política y grandes inversores observan con temor la posibilidad de un vuelco electoral en sentido contrario a las reformas en las próximas elecciones como consecuencia de un desencanto con los resultados.

Mientras, día a día, también desconcierta el desacople del interés inversor global -los RIGI, Vaca Muerta, el litio- con una renovada aversión al riesgo por los activos financieros argentinos. Se aprecia en la caída de los bonos y un repunte del riesgo país.
Ambos factores están guiados por fuerzas que las políticas locales no guían en su totalidad, y que las reformas pueden facilitar pero no determinar. El presidente del BCRA, Santiago Bausili, suele citar la sensación que sintió en la Argentina Week en Nueva York: una avalancha de dólares histórica e incontenibles.
Las inversiones en energía, minería y agroindustria están determinadas por cambios geopolíticos, que son la base de la alianza de la Argentina con los EE.UU. Las guerras en Ucrania y en el Golfo Pérsico moldean esa necesidad global, que dibujaron nuevas áreas de influencia y direccionan a los jugadores en el globo.
Y hoy, los flujos financieros están determinados por las tasas en los EE.UU., en máximos. La apuesta oficial es aprovechar esos flujos que nunca se pueden controlar en su totalidad. Por eso preocupa al Gobierno -y en el mundo también- la posible fragilidad de un orden que facilite esos flujos.





