Enfoque

De Cristina depende la sustentabilidad del FdT

Cuando uno analizaba en 2019 el devenir del actual proceso político, uno irremediablemente lo terminaba condicionando a un aspecto central del proceso económico: la sustentabilidad de la deuda pública. El modo en que se iba a desarrollar el proceso político estaba asociado al modo en que el gobierno del Frente de Todos iba a desenmarañar el problema de la deuda, para así poder producir una recuperación económica sostenida en el tiempo.

La pandemia complicó mucho el desafío, pero el asunto también se complicó por errores propios del Gobierno. Así, las condiciones económicas se fueron deteriorando y, sumado a otros factores como el escándalo del Olivosgate, desembocaron en la derrota del oficialismo en las PASO y en una probable derrota en las elecciones generales del domingo.

Realizamos este resumen introductorio porque si al inicio atábamos el destino del proceso político a la necesidad de lograr la sustentabilidad de la deuda pública, hoy -si la derrota se confirma en su misma dimensión el 15N- habrá que atar el destino del proceso político a otro tipo de sustentabilidad: la sustentabilidad de esta coalición de Gobierno.

Esta es una coalición electoral (no programática) que se formó con el incentivo electoral de ganar la elección presidencial 2019. Sus miembros no discutieron mucho el programa, solo vieron el incentivo de ganar la elección. La consecuencia de ello quedó expuesta en estos 22 meses de gestión: el rumbo nunca estuvo claro, y las diferencias -por momentos profundas- de los miembros de la coalición respecto de dicho rumbo se evidenciaron públicamente.

Ninguna diferencia, por más profunda que fuese, podía volverse peligrosa para el Frente de Todos mientras se conservara intacto el argumento que posibilitó la formación de esta coalición: el peronismo unido garantiza triunfos electorales. Pero, la derrota de las PASO destruyó ese argumento central de la coalición gobernante. Nada fue más nocivo para el Frente de Todos, que la demostración que aquel argumento central de la "unidad todista" era falso.

Si la unidad no garantiza triunfos, entonces hay que encontrar otro argumento para explicar el Frente de Todos. Y si el liderazgo de Alberto Fernández se cimentaba en ser la garantía de la unidad, entonces ese liderazgo deberá encontrar otra razón de ser, sobre todo porque se ha quedado sin popularidad y sin votos para conducir el proceso político.

En definitiva, la sustentabilidad de la coalición gobernante dependerá de que, superada la instancia electoral, los integrantes del Frente de Todos reformulen su sistema de incentivos para seguir formando parte del equipo. Un sistema de incentivos que no dependerá exclusivamente de lograr un triunfo electoral en 2023, sino también de que ninguno de los miembros encuentre opciones más atractivas que seguir formando parte de una coalición sin futuro garantizado.

El matemático John von Neumann y el economista Oskar Morgenstern, quienes utilizaron la teoría de los juegos para entender la dinámica de funcionamiento de la coaliciones, sostenían que una de las reglas básicas para la configuración de incentivos para la cooperación en coaliciones políticas es que cada jugador (miembro) de una coalición no debe recibir menos de lo que podría obtener jugando solo para permanecerse en ella. Esa regla podría ser una buena forma de analizar la sustentabilidad del Frente de Todos: ¿todos están seguros de que obtienen más beneficios formando parte de esta coalición que saliendo de ella?

Se vuelve interesante analizar la respuesta para cada uno de los jugadores (Alberto, Massa, los gobernadores, sindicatos, etcétera). Pero se vuelve esencial evaluar la respuesta para Cristina Kirchner, principal accionista de esta coalición.

Está claro que la respuesta está sujeta a un análisis de costo/beneficio: cuánto pone Cristina y cuánto saca de todo esto. Si seguimos ese análisis, concluiremos que Cristina es la que más incentivo tiene para desafectarse del Frente de Todos. Hoy es quien más está poniendo (la mayoría de los apoyos que hoy sostienen al oficialismo provienen de su propia base electoral), pero lo que está sacando y lo que seguramente sacará en el corto plazo son pérdidas (un esforzado camino de corrección de desequilibrios para devolver un préstamo que ella cree le dieron a Macri para ganarle la elección a ella).

A ese análisis, hay que agregar que acaba de perder una elección, y también caudal electoral, por una política económica que ella misma se encargó de cuestionar. Y tendrá que ir a negociar un acuerdo con el FMI que pedirá esfuerzos que la vicepresidenta no resolvería por su propia voluntad: corrección del déficit fiscal con reducción de subsidio -aumento de tarifas-, política monetaria más contractiva y tipo de cambio menos controlado, entre otras medidas.

En definitiva, así como la conformación de esta coalición dependió de Cristina, la sostenibilidad del Frente de Todos también. La Vicepresidenta tiene tres opciones:

1) Dejar que todo continúe como viene, no teniendo todo el control del rumbo pero asegurándose que va a poder desentenderse de los costos si todo falla.

2) Decidir tomar todo el control del rumbo, para ajustarlo a sus deseos, pero con el riesgo de hacerse dueña de los costos si las cosas no salen bien.

3) Decidir romper la coalición provocando que otro se tenga que hacer cargo de los desafíos que hay por delante, siendo que son producto de una deuda cuyo deudor y acreedor resolvieron asumirla para perjudicarla políticamente a ella.

Seguramente Cristina querrá esperar el balance que se presente el domingo por la noche con el resultado electoral para tomar sus decisiones. Pero lo que queda claro es que, ya no es tanto la sustentabilidad de la deuda lo que condiciones el futuro del proceso político, sino la propia sustentabilidad de la coalición de gobierno. Una coalición que, ha vuelto a depender de la decisión que tome su principal promotora.

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