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Con la exportación de carne o el Covid es clave anticipar consecuencias y no perder la cabeza

Combatir la inflación no debe generar una nueva crisis, Y frenar el coronavirus, tampoco. Acarrear un problema que se acrecienta a lo largo del tiempo puede conducir a una toma de decisiones desacertada

La crítica situación económico-sanitaria que afecta al país, con la espiral inflacionaria y el duro impacto de la segunda ola de coronavirus como protagonistas, se presenta como el desafío más relevante que debe afrontar el gobierno nacional en un año en el que se presumía, la atención estaría centrada en el proceso de vacunación, la recuperación de la actividad, el acuerdo con los organismos financieros internacionales y las elecciones legislativas.

Pero la suba del índice que registra la evolución de los precios al consumidor no da tregua y el que mide la cantidad de víctimas fatales y contagiados por el Covid-19, tampoco. Y ese combo genera una tensión que crece día a día, lo que obliga a revisar posibles acciones y sus consecuencias a la hora de definir el rumbo a seguir. 

En definitiva, acarrear un problema que se acrecienta a lo largo del tiempo puede conducir a una toma de decisiones desacertada y la repetición de acciones inconducentes que, con la esperanza de una solución cortoplacista, terminan por agravar la dificultad previa y proyectar una contrariedad mayor en el futuro.

Para el caso, el conflicto con el campo es una muestra de ello. Solo el anuncio de un freno a las exportaciones de carne, como política para forzar una baja de precios, derivó en el anuncio de un cese de comercialización por nueve días. Y este, a su vez, ya provocó un fuerte aumento del precio de la hacienda en Liniers que podría llegar a las góndolas en los próximos días.

Así, la idea de que el freno a las ventas de carne al exterior permitirá aumentar la oferta local y, con ello, bajar los precios, parece lejana a obtener el resultado deseado. Aún si en los próximos días eso ocurriese, las consecuencias en el mediano plazo serán muy gravosas para la economía argentina, como lo muestra el proceso vivido desde 2006, cuando la aplicación de esa política derivó en el cierre de más de un centenar de frigoríficos, la caída de miles de empleos y la reducción de un 20% del stock ganadero, lo que volvió a incrementar el precio de la carne y redujo fuertemente el consumo.

Un costo demasiado elevado si se tiene en cuenta que, adicionalmente, las ventas al exterior de carne bovina, congelada y deshuesada retrocedieron el mes pasado y representan apenas poco más del 2% de unas exportaciones argentinas que, según reveló el Indec, registraron su mejor nivel desde agosto de 2014, al alcanzar los u$s 6143 millones.

Así, recordar la experiencia vivida resulta clave para definir las próximas medidas. Inclusive las restricciones que se estudia aplicar para contener la propagación del coronavirus, como el propio presidente Alberto Fernández indicó, al descartar la posibilidad de volver a Fase 1 por las consecuencias socioeconómicas que tendría dar ese paso.

Se trata de no perder la cabeza, tanto en el uso figurativo de la frase a la hora de encarar los grandes desafíos, como en el cuantitativo, al pensar específicamente en la problemática del sector ganadero. 

Sea para reducir la inflación o para evitar que la pandemia colapse el sistema sanitario y termine con más vidas en el país, analizar los datos y evitar un error a tiempo puede marcar la diferencia entre encontrar el camino para hallar una solución y agravar un problema preexistente.

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