En Argentina las fotos de conjunto y los trascendidos de pasillos raras veces responden a la generosidad ideológica o al entusiasmo doctrinario. Casi siempre tienen que ver más con la urgencia coyuntural y el cálculo de cara a lo que viene. La dinámica de los últimos días dejó al descubierto una escena que habla por sí sola: de un lado y del otro se busca articular coincidencias, probablemente no por afinidad ni por simpatía personal, sino por la pura necesidad de supervivencia parlamentaria y electoral.

Mientras el oficialismo comprende a la fuerza que la intransigencia discursiva tiene un límite físico, marcado por la aritmética implacable del Congreso, el peronismo intenta zurcir sus roturas internas bajo la certeza de que la dispersión y el enfrentamiento solo le garantizan la intemperie y la pérdida de territorio.

Por el lado del Gobierno y el PRO, las cartas empezaron a mostrarse con claridad a partir de un llamado telefónico que se dio el lunes durante media hora entre Mauricio Macri y Karina Milei. El llamado expuso un diagnóstico compartido: La Libertad Avanza transita un período de evidente estrechez legislativa donde los números en las comisiones y en los recintos no cierran y amenazan con encallar las iniciativas de fondo del Ejecutivo.

Desde la Rosada transmitieron la predisposición para abrir una mesa de negociación sistemática; nunca se sabe bien si funcionan como las comisiones de Perón (para nada) o si tienen un sentido, pero lo cierto es que admiten que el acompañamiento del que en su momento fue el espacio político aliado ya no puede darse por descontado.

La respuesta de Macri se mantuvo en la línea que los amarillos vienen ensayando con equilibrios delicados. El PRO ratificó su vocación de gobernabilidad y su intención de aportar la musculatura técnica y los votos de sus legisladores para evitar el colapso del oficialismo, pero dejó en claro su límite: el bloque no funcionará como una escribanía autómata ni acompañará iniciativas a ciegas.

Para el expresidente, la preservación del núcleo electoral propio es prioritaria. Votar proyectos sin conocer la letra chica o cuyos efectos colaterales colisionen con la identidad histórica del PRO implicaría un riesgo de erosión que sus dirigentes no están dispuestos a correr por simple disciplina partidaria.

Por eso mismo, Macri fue enfático al pedir sin eufemismos en la charla que el Ejecutivo envíe un temario puntualizado con los proyectos de ley que pretende llevar al recinto. La consigna para el bloque está clara hace rato: analizar en detalle el articulado de cada norma con antelación para definir el apoyo técnico y político, dejando en claro que no habrá espacio para sorpresas de último momento ni votaciones sobre tablas sin revisión previa.

Javier Milei y Mauricio Macri
Javier Milei y Mauricio Macri

Ese intercambio fue fundamental para la mesa de trabajo política que se convocó ayer en la Casa Rosada. En un encuentro de una hora y media en Balcarce 50, el primer encuentro formal de este año entre ambos espacios, se dio el puntapié inicial a esta etapa de convivencia táctica. El diálogo operativo quedó delegado en quienes tienen capacidad de rosca concreta. Por el macrismo estuvieron Cristian Ritondo y Fernando de Andreis, los guardianes del PRO en el Congreso. Por el Ejecutivo se sentaron Eduardo “Lule” Menem y Diego Santilli.

La figura del jefe de Gabinete se convirtió en un puente indispensable entre dos mundos que se recelan entre sí. Para Macri y la cúpula del PRO, Santilli representa un interlocutor predecible, con pragmatismo de gestión y sin el tono confrontativo que suele caracterizar a los armadores libertarios purasangre. Tal es el buen diálogo que tiene con el partido al que aún se encuentra afiliado más allá de ser parte del Gabinete de Milei, que algunos comenzaron a pedirle que haga su pase formal al partido violeta.

Su reciente gira por el Norte del país para tantear la disposición de los gobernadores provinciales ante la agenda de reformas del Gobierno le otorga, además, un volumen de información territorial que otros actores no tienen. En los planes del oficialismo está extender esas negociaciones hacia los mandatarios del Centro y del Sur del país, un terreno donde las resistencias locales son sensiblemente mayores y donde la muñeca política del PRO se vuelve un desafío.

Aunque la reunión formal en la Casa de Gobierno transcurrió en un clima calificado como positivo de los dos lados, se trató de un primer intercambio sin temario prefijado ni punteos técnicos. La discusión gruesa pasó por trazar el borrador de un eventual acuerdo electoral para 2027. La hipótesis de trabajo que se puso sobre la mesa y sobre la que hubo un acuerdo inicial fue la de competir mediante fórmulas y listas integradas tanto en la Provincia de Buenos Aires como en la Ciudad de Buenos Aires.

Según ese primer esquema de entendimiento, la cabeza de la oferta electoral en el territorio bonaerense quedaría bajo el sello de La Libertad Avanza, con una figura propuesta por el Presidente Milei, mientras que en el distrito porteño —bastión histórico del espacio fundado por Macri— el liderazgo de la propuesta estaría reservado para el actual jefe de Gobierno, Jorge Macri.

Donde el trazado fino se vuelve un rompecabezas es en la geografía municipal bonaerense. En el encuentro de la Rosada calcularon que existen cerca de 67 distritos de la provincia donde la confluencia entre libertarios y amarillos no solo es factible, sino necesaria para polarizar de forma eficaz contra el peronismo.

La negociación incluiría incluso comunas gobernadas por el radicalismo, donde una coalición opositora bien estructurada podría alterar las mayorías locales. Sin embargo, no habrá una plantilla única. En distritos como Vicente López o San Isidro, donde los intendentes actuales tienen niveles elevados de aprobación de gestión y un control territorial consolidado, la idea es no forzar alianzas que podrían provocar el efecto inverso a lo que se busca. En esos territorios, la estrategia pasará por preservar el peso del electorado propio y evitar distorsiones que puedan perjudicar las boletas locales.

Por fuera de lo estrictamente electoral, también se habló de la fricción latente en territorio bonaerense que se genera con el reincidente debate por las reelecciones de los intendentes. Mientras desde sectores del peronismo se impulsa una reforma en la Legislatura provincial para remover la restricción que impide a los jefes comunales competir por un tercer mandato consecutivo, el PRO mantiene una postura inflexible en defensa de la limitación institucional a la perpetuación en los cargos.

Este contrapunto dejará al descubierto, más temprano que tarde, si la alianza con el oficialismo nacional se puede sostener cuando impacte contra las conveniencias cruzadas de la política bonaerense.

A todo esto, la aceleración de esta mesa de convergencia no se produce de forma aislada. En espejo en la vereda de enfrente también se dio una reunión obligada. El encuentro reservado entre Sergio Massa, Máximo Kirchner y Axel Kicillof encendió de inmediato las alarmas.

La mera posibilidad de que el panperonismo logre coordinar un esquema de contención interna y arbitre sus disputas de liderazgo representa la peor hipótesis de conflicto para los planes del oficialismo nacional, cuya estrategia política depende en gran medida de la fragmentación permanente de la oposición.

<div class="migrated-promo-image__description"><div class="migrated-promo-image__source">Fuente: Télam</div></div>
Fuente: Télam
Fuente: Télam

En las oficinas del Frente Renovador leen la coyuntura con frialdad. Para Sergio Massa, la posibilidad del reordenamiento del espacio representaría según sus deseos, el momento oportuno para posicionarse nuevamente como la pieza de articulación del PJ.

Su hoja de ruta contempla dar la pelea por la candidatura presidencial, ofreciéndose como una figura de síntesis capaz de contener al kirchnerismo duro sin espantar al electorado no-K que rechaza las formas de la conducción camporista. Massa sabe que, en el regateo final de las listas, la posibilidad de competir por la gobernación bonaerense sigue figurando como una carta de repuesto de valor estratégico, pero su apuesta inicial estará enfocada en disputar el plano nacional.

En la Casa Rosada analizan la foto del peronismo entre la sospecha y el pragmatismo electoral. Por un lado, especulan con que la foto de unidad entre Axel Kicillof y La Cámpora actúe como un “abrazo de oso” para el gobernador provincial. Los estudios de opinión pública sugieren en forma constante que la imagen de Kicillof sufre un desgaste inmediato entre los votantes cada vez que recorta distancia con el Instituto Patria.

Por otro lado, en el laboratorio político del Gobierno prima la convicción pragmática de que un peronismo unificado facilita la nitidez del escenario: polarizar de manera directa contra un bloque opositor concentrado suele resolver la dispersión de votos y ordenar la oferta pública en términos de modelo versus modelo y eso obliga al oficialismo a ganar en primera vuelta para no exponerse a una segunda que encolumne a un PJ más verticalista que el de hoy.

Por ahora, la mesa entre La Libertad Avanza y el PRO se juntaría en 15 días para un nuevo capítulo, pero se acordó que el próximo intercambio dejará atrás las generalidades para ingresar de lleno no solo en el temario del Congreso de cara al último trimestre del año sino en las alianzas provincia por provincia y municipio por municipio.

En esa instancia se verá hasta qué punto la necesidad de sumar votos en el Congreso para asegurar la gobernabilidad inmediata tiene el volumen suficiente para consolidar una coalición electoral duradera hacia 2027, o si se trata apenas de un pacto de convivencia temporal en medio de un escenario político en el que una vez más reina la volatilidad.