Inteligente y experimentada en el ejercicio del poder, la Presidenta entendió perfectamente el sentido de la protesta ciudadana de hace una semana. La frase bajar un cambio, que utilizó ayer Cristina en un acto público en el que le pidió a Mauricio Macri acordar políticas de vivienda en el territorio porteño, resume con precisión y con modernidad lingüística el espíritu del cacerolazo. Ella usa el concepto en otra dirección y ordena descalificar a los manifestantes a través de sus colaboradores pero la idea que quedó flotando después de aquella noche del jueves 13 fue que la dirigencia en general, y el Gobierno en particular, bajaran justamente un cambio.


Es hora de bajar un cambio en el nivel de agresividad política; en el abuso de algunas herramientas del Estado como si fueran propias y en la manipulación de las estadísticas económicas. Por el contrario, es hora de subir en cambio en la lucha contra la inflación; en la batalla diaria contra la inseguridad y en la inversión en servicios estatales básicos como los trenes.


Bajar un cambio es frenar la conflictividad y concentrarse en los problemas reales que arrastra el país. Nada sería más deseable para la Argentina que la Presidenta baje un cambio y retome el camino del consenso y de la tolerancia.