Argentina siempre resucita, pero el daño queda

Que la pandemia, que el dólar, que el Fondo, que la inflación, que el déficit. Predecir la economía argentina para el año que viene es como hacer cristalomancia. Sabemos cómo terminamos 2020, sabemos qué necesitamos en 2021, pero poco sabemos sobre lo que podría suceder desde enero. 

Por un lado, tenemos la pandemia. Si hay rebrote o si no hay, plantea escenarios diferentes. Y los dos están atravesados por la misma palabra: no sabemos. Porque si hay rebrote, no conocemos qué decisiones se tomarán después de un año terrible para la economía. Y si no hay rebrote, tampoco conocemos cuál es la política económica del gobierno. 

Cuando asumió Alberto Fernández, la atención estaba en el dólar, en la salida de depósitos y en el arreglo de la deuda con los acreedores. Prevalecía el optimismo, como suele ocurrir cuando hay cambios de gobierno después de una mala experiencia del anterior. Incluso el mercado perdonó ciertas decisiones fallidas del nuevo equipo económico, que de a poco se fue acomodando y ganando confianza. 

Pero llegó la cuarentena y la prioridad se corrió a gestionar la emergencia sanitaria y económica. Nunca supimos sobre la agenda efectiva del gobierno. Y hasta el momento, tampoco sabemos cuál será para 2021.   

Entonces solo podemos hablar de lo que necesitamos, donde coincidimos que una prioridad es revertir la marginalidad económica y social. El año se va con más de 40% de la población viviendo por debajo de la línea de pobreza. Resolverla requiere generar oportunidades de empleo privado, para que el Estado pueda lentamente retirar sus políticas asistencialistas, bajar el gasto social y limitar la generación de empleo público. No se trata de crear cualquier empleo, sino empleo de calidad. El problema es que necesitamos crecer mucho para recuperar la cantidad y calidad del empleo suficiente para bajar la pobreza. 

Con un crecimiento de 5% el año próximo, como se estima en los escenarios más optimistas, no hacemos nada. Solo recuperamos la mitad de lo que se perdió en la pandemia y estaremos con una producción apenas superior a 2006. Si medimos la producción por habitante, peor, porque con 5% estamos en valores de 2004. 

Lo que le preguntaríamos al Presidente o al equipo económico, es: ¿qué plan tienen para crecer fuerte el año próximo? Aclaremos: hablamos de crecer, no de rebotar. Crecer creando empleo, pero también obteniendo dólares para hacer frente a los compromisos financieros que asumimos. De lo contrario, en unos pocos años tendremos que volver a sentarnos a renegociar la deuda, y hasta ese momento estaremos saltando con el humor de los mercados y las corridas sobre nuestros escasos dólares en una sociedad desgastada. 

Argentina siempre resucita y otra vez lo hará. No obstante, cada crisis va dejando una acumulación de daños que lleva décadas reparar. Esencialmente porque se rompe la confianza, que es uno de los contenedores de cualquier economía y eso afecta las decisiones de inversión, ahorro y consumo. Por eso, un crecimiento de 5% en 2021, no alcanza ni para empezar. Argentina está obligada a ir por más, y con plan o sin plan, tranquilizaría saber cómo se lo encarará. 

¿Ajuste o crecimiento?

Resta una prueba formal. El acuerdo con el FMI. Nadie duda que se cerrará y las condiciones suelen ser siempre más o menos las mismas en una Argentina donde los problemas suelen ser siempre más o menos los mismos. El fondo es un organismo que mucho entiende sobre temas fiscales, cambiarios y financieros, pero no tanto de los productivos. Pedirá crecimiento, pedirá no descuidar a los sectores más vulnerables, pero el foco estará puesto en bajar el déficit fiscal para estabilizar. 

¿Se bajará el déficit con recorte o con crecimiento? Argentina puede asumir el compromiso de bajar el déficit para estabilizar la macro, pero si no se asumen otros para impulsar al sector que genera empleo, innovación y riqueza, que son especialmente las pymes, es incumplible. Porque ni el ajuste es posible, ni el espíritu de este gobierno es el ajuste. 

Ningún plan nos llevará a un destino mejor sin competitividad en el sector productivo. Y para eso hay una telaraña de costos por bajar. Lo mismo sucede sino se le da eficiencia y transparencia al Estado. Y para eso, hay una barrera política que romper. 

No es lo mismo resucitar, pero seguir en terapia intensiva, que resucitar y volver a una vida normal. Todos queremos la normalidad, pero o no le damos con los médicos o no le damos con el instrumental y las medicinas. Me inclino por esto último, porque el equipo que tenemos es muy bueno.

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