Cuando a comienzos de febrero el Gobierno decidió postergar la aplicación del nuevo IPC se enfrentó a la paradoja de enfrentar un número más alto del que le hubiese tocado con la canasta de consumo rediseñada.
El 2,9% correspondiente a enero que entregó el Indec podría haber sido un número más amigable. Ayer le tocó el efecto contrario: con los aumentos que tuvieron las tarifas de servicios públicos, es probable que el indicador aggiornado hubiese marcado un promedio superior a 3%.

Al Ejecutivo le hubiese venido bien que la inflación de febrero diera uno o dos puntos menos, porque reflejaría el inicio de una tendencia descendente. El 2,9% no es un aumento, pero ya se sabe: los empates tampoco dejan un sabor satisfactorio.
El ministro Luis Caputo salió a ofrecer una explicación macro. Señaló que “la economía todavía se encuentra atravesando un proceso de corrección de precios relativos, fundamental para asegurar el orden macroeconómico”.
En otras palabras, sin el horizonte electoral a la vista, el principal objetivo del plan no es atacar la inflación sino sostener el superávit de las cuentas públicas, ajustando el torniquete del gasto con nuevas reducciones de subsidios. “El equilibrio fiscal, el control estricto de la cantidad de dinero con una evolución de los agregados monetarios consistentes con el proceso de desinflación y la mejora en el balance del BCRA son las prioridades del programa”, ratificó Caputo.
A nivel nacional, el rubro Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles se incrementó 6,8%. Pero la desagregación regional ofrece algunos datos llamativos. En el AMBA (la región donde el gobierno nacional mantiene influencia en la política tarifaria) la suba fue 6%.
Pero en el noroeste fue 9,2%, en Cuyo 10,9% y en la Patagonia. Pagar el precio real de la energía en las provincias -donde no hay subsidios- pegó más de lo previsto. Este ajuste no se repetirá en marzo, pero este mes impactará la suba de combustibles y del gasoil.
Este desbalance provocó otro registro inesperado: el Capital Federal y el GBA el IPC aumentó 2,6%. En todas las demás regiones, osciló entre 3% y 3,5%. Recreación y hotelería también pegaron más en otras geografías. El sector indumentaria, atenazado por las importaciones, casi no tocó precios. Con el fin de la temporada, en GBA hasta dio deflación de 0,1%.
Alimentos, el rubro que más pesa en el IPC, tuvo contrastes. La carne subió 7,2% pero frutas y verduras cayeron 0,8% y 4,5%, respectivamente. Acá hay un dato que va a perdurar: el sector ganadero no solo tiene más demanda externa, sino que en paralelo empezó a recomponer stock.
Significa que hay menos carne para faenar y por consiguiente, más cara. Los ruralistas aportan algo más: el consumo de carne roja disminuyó (porque crecieron otras proteínas como el pollo el cerdo) y su peso en la canasta está sobrerrepresentado.
Caputo dio señales ayer consecuentes con su posteo en X: en la licitación de deuda absorbió pesos, tomó dólares para pagar deuda y bajó algo la tasa interna para ayudar a reactivar la actividad. El sendero de prioridades está claro, y no está encabezado por la inflación.






