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Una transición ciclotímica

Una transición ciclotímica

Hay tres planos que todo Gobierno, mas aún uno que recién arranca, debe ir armonizando para llevar adelante políticas que generen mayor bienestar a la población: el político-institucional, el económico y el social. En el primero Cambiemos sorprendió. Macri obtuvo 51% de los votos en el ballottage y logró pasar la ley para salir del default con el 66% de los votos en Diputados y 77% en Senadores (recordemos además que el oficialismo tiene un solo gobernador propio y tres con aliados). La fragmentación del peronismo y el trabajo conjunto con los que tienen responsabilidades ejecutivas en sus territorios son algunos factores explicativos que se fortalecen además con una agenda internacional que está reorientando con eficacia el anterior posicionamiento y esquema de alianzas globales.

Cuando nos corremos al plano económico el asunto se pone mas complejo. El Presidente alterna gradualismo y shock en una secuenciación que no permite visualizar que haya luz al final del túnel. O en palabras más afines a los funcionarios del Gobierno, que estemos atravesando el puente en la dirección correcta para bajar la inflación y crecer en el segundo semestre. La necesaria normalización económica comienza a transitar ambivalencias donde "los mercados y dueños del capital" perciben "demasiado gradualismo" y persistencia de inconsistencias macroeconómicas (entre la política fiscal y monetaria), mientras "la sociedad" y principalmente los asalariados formales e informales perciben "demasiado shock" y "ajuste‘.

Cuatro meses de inflación arriba del 4% (abril daría más del 6% por el impacto de la suba en gas, agua y transporte y alcanzaría casi 20% en solo un tercio del año), recesión por caída del consumo y despidos representan un coctel peligroso que ya perturba lo social.

Y este es justamente el tercer plano (derivado del económico) que se revela más complicado y difícil de resolver para la administración en estos 120 días de gestión. La desmejora de los ingresos producto de la aceleración inflacionaria (al pasar de un régimen de menos de 2% promedio mensual hasta noviembre de 2015 al actual que está arriba del 4% mensual) reinstaló el flagelo de nuevos desempleados, nuevos pobres y mayor conflictividad social en el tope de la agenda.

La acumulación política (facilitada por los triunfos legislativos y las visitas rutilantes en el plano internacional) se está utilizando hasta ahora para profundizar señales pro-inversión y a los mercados financieros globales más que para aliviar este creciente deterioro socioeconómico. La lógica detrás de este razonamiento es que el actual modelo prioriza la inversión y la demanda externa como motores del crecimiento antes que el consumo y el vigor del mercado interno. El problema de lo anterior es la secuenciación y la administración de la transición.

Normalizar la economía tiene como daño colateral inmediato el golpe al bolsillo y al consumo. Y el shock de confianza y nuevas inversiones vienen con rezagos y a mediano plazo. Además se mueven condicionadas por los vaivenes de un contexto internacional complicado.

La aceleración de la corrección tarifaria, la mayor dureza fiscal (por el lado del gasto) y el apretón monetario (priorizando únicamente el combate a la inflación con tasas de interés del 40% anual), deberían aceitar la bienvenida de Argentina a los mercados de deuda. Recordemos que las autoridades de finanzas y hacienda se encuentran abocadas a conseguir en las próximas semanas alrededor de u$s 15.000 millones. Pero estamos en un año de repliegue de los capitales de los mercados emergentes.

Es por ello que tiene sentido y oportunidad aprovechar la salida del default para explicitar con detalles y coordinación (a nivel de políticas, metas e instrumentos) cual es el plan fiscal (reformulando el presupuesto heredado), cual es el plan monetario y cual es el plan financiero. Por supuesto cumpliendo (en tiempo y forma) con el lanzamiento del vapuleado nuevo índice de precios al consumidor. Esto sería un primer paso para dar certeza de que hay un orden macroeconómico consistente para un abordaje de fondo a la inflación. Y que se estarían sentando bases más robustas para crecer en 2017.

Lo anterior aumentaría las chances para que los que nos tienen que prestar y los que nos tienen en el radar para hundir inversiones reales pasen de las intenciones a los hechos. Con financiamiento a su vez será posible inclinar de nuevo la balanza hacia el gradualismo (al relajarse algo la caja en pesos del sector publico sin depender de la emisión espuria) para suavizar los conflictos distributivos. Lo hecho hasta ahora para beneficiar a los sectores más vulnerables resultó claramente insuficiente frente al aumento de alimentos y otros bienes y servicios de la canasta básica total.

A su vez este acceso al financiamiento posibilitaría arrancar con los planes de obra pública e infraestructura ya que se requiere generar empleo de forma rápida y movilizar demanda hacia diversas pymes productivas, de servicios y comerciales. Por supuesto que más temprano que tarde, el sector privado tendrá que hacer lo suyo y materializar la confianza en proyectos concretos que alienten la producción y el trabajo.

En definitiva, el éxito del retorno al financiamiento internacional y la atracción de inversión real resultan indispensables para que en estos meses venideros (cargados de desafíos) se pueda amalgamar con armonía el plano político-institucional con la situación económica y social. Completar las paritarias por supuesto que también aminorará el deterioro de ingresos y consumo en los sectores medios formales.

Mientras van transcurriendo estos dilemas de corto plazo de una economía que busca normalizarse y salir de la estanflación, deberíamos estar debatiendo mucho más la tarea de volver a crecer aumentando la productividad y nuestra inserción competitiva en el mundo. Las mejoras institucionales, reglas de juego transparentes, apertura al mundo y orden macroeconómico no van a derramar "espontáneamente" condiciones para el desarrollo. Para esto hay que ocuparse de la raíz del problema representado en una estructura productiva poco diversificada y de escaso valor agregado, junto a los problemas distributivos (sociales y territoriales) que ello conlleva.

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