Contáctenos

A través de este formulario podrá dejarnos sus comentarios, sugerencias o inquietudes.

Dirigido a:

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Reportar Comentario

Estas reportando este comentario a la redacción de El Cronista.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Recomendar Nota

A través de este formulario podrá recomendar la noticia que esta leyendo.

Todos los campos son obligatorios.
Cancelar

Un desafío profundo para las reglas de juego de la economía global

El día llegó. Millones de estadounidenses verán hoy con tristeza como Donald Trump deposita su mano sobre la Biblia para jurar como nuevo jefe de la Casa Blanca. Pero otros tantos seguirán con esperanza ese momento, porque creen que puede abrirse una oportunidad diferente para sus vidas.

Pocas veces un cambio de mando en esa nación estuvo teñido de tantas controversias. Estados Unidos es un país que vio por televisión como asesinaban a uno de sus presidentes, y aprendió a convivir con los escándalos que cada tanto salpicaban a sus mandatarios, como la red de espionaje político interno que instaló Richard Nixon (que le costó el cargo) hasta las peripecias sexuales de Bill Clinton.

Está claro que lo que comienza hoy es una etapa en la que la principal potencia política y económica del mundo desarrollado buscará fijar nuevas reglas de juego. El multilateralismo no desaparecerá, pero Trump aspira a generar un nuevo liderazgo americano, con la idea de liberar a su país de los condicionamientos que aceptaba en nombre del equilibrio de fuerzas global. Coincide con la pretensión de Gran Bretaña de volver a administrar su destino más allá de las pretensiones de sus vecinos de Europa continental.

Trump pondrá a prueba la convivencia global, porque su estilo implica avanzar tres casilleros antes de aceptar retroceder uno. En paralelo, los restantes jugadores del póker mundial (China, Rusia, Alemania, Israel, los países árabes) buscarán lograr sus propias ventajas antes de sentarse a pedir cartas.
La Argentina tendrá que prepararse para navegar aguas más turbulentas, en las que las oportunidades no serán compartidas, sino de aquel que las capture primero.