Un debate retórico que pone más foco en lo que pasó que en lo que viene

El quiebre institucional que tuvo lugar en Bolivia instaló en la región una nueva pulseada dialéctica, en la que unos pueden aparecer como defensores de la democracia y otros no, según definan a la salida de Evo Morales del poder como un "golpe de Estado" o una renuncia provocada por la presión política y social.

La discusión es legítima, claro está, pero se apoya en categorías definidas en un pasado lleno de blancos y negros, en donde la ideología era tan determinante como los hechos que juzgaban, con lo cual era fácil discernir cuándo se violaba el orden institucional y cuándo no.

El gobierno argentino y la oposición quedaron atrapados en esta retórica, ya que para Mauricio Macri el hecho de que las Fuerzas Armadas no hayan asumido el poder no completa la definición de golpe. El presidente electo, Alberto Fernández, e incluso algunas voces dentro del propio oficialismo, creen que la presión combinada de la policía y los militares, en consonancia con intereses políticos y económicos que reclamaban la caída de Evo, son elementos suficientes para adoptar una postura más tajante.

La pregunta que se hacían ayer politólogos y cientistas sociales es si de alguna manera debe redefinirse el concepto de golpe, o en todo caso, aceptar que hay nuevas categorías que actúan como eslabones intermedios. Por ejemplo, en Bolivia apareció un componente novedoso y transversal: la religión. Morales es un mandatario de origen indígena, y uno de los principales referentes opositores bregó por llevar la Biblia al Palacio de Gobierno (algo que consiguió). La Conferencia Episcopal incluso se pronunció contra la declaración de golpe y pidió a las fuerzas de seguridad que preserven la vida y la libertad de las personas.

La Argentina, así como otros países referentes de la OEA, están esperando que la Asamblea Legislativa de Bolivia encauce en las próximas horas una salida institucional. Creen que de ese ámbito podría surgir un gobierno multipartidario que organice elecciones transparentes y que en ese caso no habría golpe. Lo que no hay a la vista es un poder neutral que respalde ese camino de salida, como sucedió en la Argentina de 2001 con el Diálogo Argentino, una mesa pluralista en la que había obispos, dirigentes sociales y políticos y hasta el representante de la ONU en la Argentina. La expectativa regional está puesta en ver quiénes se sientan en esa mesa y qué rol está dispuesto a jugar en este contexto el partido de Evo, el Movimiento al Socialismo (MAS), que aún tiene amplio poder parlamentario y fue el ganador de la cuestionada elección presidencial.

Macri evitó intervenir en este conflicto, asumiendo que ser neutral es lo correcto. Pero podría haber impulsado una misión pluralista que fuera a verificar el respeto de la Constitución. Ya aprendió que puede defender derechos ajenos sin embanderarse en sus colores.

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