Un atisbo de plan para evitar la devaluación

En tiempos críticos, la unificación de criterios, una conducción centralizada y una secuencia y comunicación eficientes de las medidas económicas son una obligación más que una opción para todo gobierno. La palabra clave que debería prevalecer en estos momentos es coordinación. Para que se entienda el rumbo, para que los que toman decisiones de inversión, empleo, ahorro y consumo sepan los fundamentos que persigue el Gobierno y puedan disminuir la incertidumbre.

Cuando un mes atrás el ministro Guzmán cerraba el canje de deuda con una aceptación casi total, había chances de que esos atributos necesarios comenzaran a agruparse detrás de su figura. Descartada (hasta ayer) la idea del "plan", y más aún la de un superministro, se empezaba a vislumbrar al menos un bosquejo de norte, una lógica más ordenada de política económica que podía posibilitar, como decíamos desde esta columna, "encarar un proceso consistente de baja de la inflación (y) pensar en recuperar velocidad de crecimiento." Sin bajar la inflación no es posible volver a crecer.

Se rumoreaban "60 medidas", estímulos sectoriales, incentivos a la inversión; en suma, un piloto de programa económico. Incluso se llegó a enviar la señal de cierta consolidación fiscal para 2021 (con el inicio de un nuevo acuerdo con el FMI incluido) y lo que se esperaba era que finalmente el Banco Central finalmente "hablara", indicando cómo reducir la brecha cambiaria, el problema del cortísimo plazo.

Pero en lugar de elegir una estrategia monetaria integral que vuelva más atractivo quedarse con los pesos (entre las que podría haber incluido la venta de bonos en los mercados de los dólares financieros), el BCRA eligió hace 15 días endurecer todos los grifos de acceso al dólar oficial, para personas y para empresas. Malhumor social, golpe al financiamiento empresario, desincentivos a las nuevas inversiones. Así, desactivar expectativas de devaluación con más restricciones se parece mucho a un oxímoron: golpeando a la demanda también se espanta la oferta de dólares. Habrá menos liquidación de exportaciones y los que importan presionarán cada vez más sobre las reservas: la brecha es el termómetro diario que guía esas decisiones. Más problemas, no menos para un gobierno que recién lleva un quinto del tiempo de gestión.

Ayer por la noche, asumiendo el error táctico, el Gobierno por primera vez plantea un atisbo de plan económico, sin PowerPoint. El ministro refirió a coordinar las políticas con el Banco Central, y básicamente detalló que subirán las tasas de interés. Faltan detalles y precisiones, pero ahora sí parece que la autoridad monetaria hablará en armonía con Economía: una buena señal. ¿Tendrá algo que decir respecto de cómo absorber los pesos excedentes?

Para los que apuestan a la devaluación, el Tesoro pondrá sobre la mesa nuevos bonos atados a la evolución del dólar, en un intento por estimular a los productores sojeros a acelerar la liquidación ante una módica rebaja temporal de las retenciones y en un escenario con mejores precios internacionales. Buscan, además, mejorar la competitividad industrial con una suerte de "devaluación fiscal", bajando derechos y subiendo reintegros a las exportaciones.

Una interesante apuesta, por sus impactos multiplicadores sobre la actividad y el empleo, se plantea para reactivar la industria de la construcción. En particular, habrá fuertes incentivos fiscales a las inversiones privadas en nuevas viviendas y -muy importante- un nuevo modelo de crédito hipotecario donde los créditos se ajustarán por la variación de los salarios y no por la inflación.

La pregunta clave es si este atisbo de programa puede funcionar. En principio, es más de lo que había hasta ahora. Pero en economía las malas decisiones se pagan: llegar tarde, elegir el camino equivocado, no es gratis. Muchas de las medidas anunciadas requieren, además, tratamiento legislativo; el tiempo conspira contra la urgencia. Y luego, la instrumentación y la gestión interna de la política económica (comunicación externa incluida) tienen mucho por corregir.

El Gobierno opta por el mal menor; postergar la recuperación económica subiendo la tasa de interés antes que devaluar. Es la mejor opción; los indicadores de pobreza, alarmantes, no dan margen para otro camino. Ahora bien; ¿será la opción elegida por el mercado? ¿La política económica comenzará a poner rumbo hacia una estabilización gradual pero persistente de los precios que desarme las expectativas devaluatorias? La palabra final la tiene la gestión de Alberto Fernández.

El tren no pasa por última vez. Pero no subirse a él en este tiempo de semejante crisis sólo nos dejará en un país con más pobres, más excluidos y con menos futuro.

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