Un año antes de las elecciones nunca se sabe quién gana

Ahora sí, falta poco menos de un año para las elecciones, que son el 25 de octubre de 2015. En realidad parece improbable que ese domingo se defina quién presidirá el país hasta 2019, pero de las tres elecciones nacionales que seguramente tendremos el año próximo (primarias, generales y ballotage, todo concentrado en un electrizante período de 107 días), la segunda será la principal, entre otras cosas porque sólo ese día se renueva el Congreso y en simultáneo se eligen gobernadores e intendentes en más de la mitad de las provincias.
Ya se sabe que el sistema electoral argentino es como esos grandes edificios siempre en obra que nunca se terminan. Desde la década del veinte ni una sola presidencial, parece increíble, se hizo con las mismas reglas y condiciones de la anterior. En 2015, claro, también se innova. Habrá importantes novedades. Primero, porque las PASO prometen probar de una vez la competencia intrapartidaria a nivel presidencial (las PASO inauguradas en 2011 se desvirtuaron cuando todos los candidatos presidenciales quedaron definidos previamente a dedo). Y segundo, si se estrena, como hoy todo indica, el ballotage. Que fue instituido para presidente hace ya 20 años pero por razones diversas jamás se usó.
De modo que con excepción del experimento de 2011, en un país habituado a elegir presidente en un solo acto nos aprestamos a elegirlo en tres, vaya si eso no añade incertidumbre. Los académicos que acostumbran a desmenuzar series históricas son los que más se quejan del pasado escarpado, porque no encuentran series regulares que faciliten comparaciones, ayuden a descubrir patrones y permitan prever comportamientos. Encima no son apropiadas como antecedentes de 2015 las presidenciales de 1995, 2007 y 2011, porque hubo en esos casos una continuidad más o menos previsible, algo que ahora es constitucionalmente imposible respecto de la figura presidencial e improbable para su facción política (si partimos del presupuesto de que Scioli no es un kirchnerista en sentido estricto).
A un año días más, días menos, como se sabe, tres precandidatos encabezan las preferencias del electorado: Scioli, Massa y Macri. Un segundo pelotón, que pertenece a fuerzas políticas de baja cohesión, como UNEN, se reparte las simpatías de los encuestados con suerte más módica. En todo caso, la pregunta que cabe es si este panorama será estable, si llegará así a los 107 días cruciales de 2015.
A ciencia cierta hoy nadie sabe quién será el próximo presidente. En eso la situación es similar a lo que sucedía un año antes de las elecciones de 1983, 1989, 1999 y 2003. Si bien la de 1983 también merecería ser dejada de lado por la singularidad de haber marcado no un cambio de gobierno sino de régimen, vale la pena recordar que pese al ascenso vertiginoso que había tenido Raúl Alfonsín tras la muerte de Balbín (1981) existía en 1982 cierto consenso respecto de que el ganador sería peronista. Tres datos correctos ayudaron a diseminar ese pronóstico equivocado: el peronismo estaba invicto desde su origen, el radicalismo llevaba muchas décadas sin ganar una elección presidencial libre y, si bien la epidemia de afiliaciones partidarias era general, el vigor del PJ superaba ampliamente al de la UCR. Alfonsín lanzó su candidatura 10 meses antes de la elección. Luder recién fue proclamado en el congreso partidario del 6 de septiembre de 1983 (donde también resultó encumbrada Isabel Perón como presidenta del PJ).
En 1988 el PJ realizó la única interna por la candidatura presidencial de toda su historia. Y el radicalismo hizo la suya. Pero a diferencia de lo que ocurrirá en 2015, ambas internas fueron sólo para afiliados. El 8 de julio de 1988, 10 meses antes de los comicios generales, la fórmula Menem-Duhalde causó enorme impacto al derrotar a Cafiero-De la Sota (54 a 46%). Seis días antes se había impuesto Eduardo Angeloz sobre un anecdótico Luis León. Pero los 180 días previos a las elecciones incluyeron un ataque armado de la ultraizquierda (La Tablada), un levantamiento militar (Villa Martelli), cortes de luz, una corrida cambiaria, y en la desembocadura, hiperinflación y saqueos. En mayo de 1988, un año antes de las presidenciales, el panorama había sido más bien calmo. Los triunfos de Menem en 1989 y de De la Rua diez años después, eso sí, tuvieron algo en común: sus fuerzas políticas habían ganado las legislativas previas interrumpiendo la buena estrella de los oficialismos. Es lo que sucedió en 2013 con Massa, si bien De Narváez ya había derrotado al kirchnerismo en 2009.
Por último, un apunte sobre 2003. Los kirchneristas que hoy sortean la incomodidad que les produce su problema sucesorio con el argumento de que es temprano para hablar de candidaturas quizás no recuerden qué hizo el gobernador Néstor Kirchner el 15 de diciembre de 2000, cuando De la Rua apenas terminaba su primer año: lanzaba su candidatura para sucederlo. Fue en un salón del hotel Panamericano ante 400 personas, entre ellas Hugo Moyano y, desde luego, Cristina Kirchner, entonces diputada.

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