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Uber también desafía a la tributación local

Uber también desafía a la tributación local

Si observamos el avance vertiginoso de la tecnología al servicio del hombre en cualquier ámbito de la vida, encontramos a lo largo de la historia una singularidad constante: la fuerte resistencia de los individuos a asumir el costo de adaptarse a las innovaciones.

La polémica generada por Uber constituye un ejemplo de ello. Se trata de una aplicación móvil que conecta en tiempo real a conductores particulares con potenciales viajeros, permitiendo hacer más eficiente la movilidad urbana bajo un entorno bidireccional y colaborativo.

Analizar este modelo de negocio a la luz del Impuesto sobre los Ingresos Brutos, nos convoca a reflexionar sobre el componente espacial de este gravamen que, en su expresión más específica -y para nada pacífica- se denomina sustento territorial. Asimismo, debemos distinguir la concurrencia de dos servicios que se desarrollan en forma simultánea y se brindan por unidades económicas independientes: el de los conductores y el de Uber.

Por un lado, los conductores prestan un servicio de transporte, y deben tributar como contribuyentes locales dentro de una jurisdicción, o bien distribuir sus ingresos entre todas aquellas en que realicen su actividad. La utilización del app de Uber por parte de un conductor situado en una jurisdicción que no sea CABA, someterá al mismo al convenio multilateral.

Por otra parte, UBER como intermediario tecnológico, percibe una comisión por viaje realizado, practicando un acto de comercio a través de internet -el paradigma del no lugar-, por ello es que su vinculación con el Estado impositor se vuelve difusa. Es que, en estos servicios digitales, la utilización de un gasto como revelador de actividad no parece ser un buen indicador que permita cuantificar satisfactoriamente la misma.

La gestión íntegra de los pagos la desarrolla la empresa Uber a través de transferencias electrónicas. Si bien se celebra la generalización del pago no físico y la mayor posibilidad de control que el mismo supone, la obligación del conductor de emitir y entregar la factura al consumidor final junto con el carácter ‘fantasmal’ de Uber, nos abre un interrogante al respecto.

Las recomendaciones internacionales se orientan a que las transacciones digitales se graven en el lugar donde se encuentra el consumidor. Es consistente y razonable que un impuesto que intenta aprehender la capacidad contributiva consumo, tenga impacto allí donde dichos bienes o servicios son consumidos.
Habrá que navegar otros ríos, expandir el campo de las posibilidades técnicas futuras, y analizar la incorporación del concepto de presencia digital significativa, que bajo ciertas pautas, podría constituirse en un nexo para someter a imposición dicha actividad.

Tanto el servicio tradicional de transporte como los esquemas tributarios que recaen sobre el mismo, deberán ser repensados para estar a la altura de los acontecimientos y de la historia.
El futuro está aquí, al alcance de la mano.