Todavía faltan 5 meses hasta la llegada de dólares del campo

Atravesar el desierto y la sequía de divisas hasta que lleguen los dólares salvadores del campo es un camino largo. Seis o siete meses, todos los años, entre octubre/noviembre hasta el arranque fuerte de la venta de la soja a partir de fines de abril y mayo.

Es cierto que esta lógica histórica de la escasez de divisas hasta que llega la cosecha después de Pascuas se ha ido modificando. La tecnología, los mercados de futuros, el silo bolsa y la mayor capacidad de acopio de los productores hacen que las ventas de granos se vayan cuotificando y emparejando más a lo largo del año. También es verdad que existe un ingreso extra de divisas a partir de diciembre por el trigo, este año parcialmente castigado por la sequía y la falta de incentivos producto de las retenciones más el control de cambios.

Pero en cualquier caso, siempre se verifica una temporada naturalmente más fluida en la llegada de divisas en el segundo y tercer trimestre de cada año. Hasta ese oasis faltan ahora cinco meses. En el camino del desierto, el Gobierno logró pasar noviembre con el dólar quieto y, lo más importante, la tranquilidad cambiaria frenó el goteo de depósitos en dólares. Falta menos, pero falta mucho todavía.

El costo, se sabe, no fue menor para sobrevivir en noviembre. No solamente porque el Gobierno tiene que rematar bonos en dólares y subir las tasas de interés en pesos para frenar la corrida. El problema más severo es que el Banco Central sigue perdiendo reservas por el balance comercial, y tiene que restringir cada vez más el ingreso de importaciones. No crecen las exportaciones que están cada vez con menor incentivo por la brecha cambiaria entre el dólar libre y el dólar de exportación; y a la vez se anticipan importaciones para tratar de comprar todos los dólares que se puedan al valor de oferta de 80/82 pesos.

Cuotas para importar, suba de tasas, aumento en los precios de los granos y la brecha que mantiene las expectativas de una mayor devaluación futura realimenta la suba de precios internos en la economía. La inflación ya en un piso entre 3% 4% mensual explica por qué la mayoría de los economistas prevé una inflación en torno a 50% para 2021, 20 puntos arriba de lo que figura en el Presupuesto.

Si bien el Gobierno promete reducir el ritmo de emisión monetaria en el futuro porque supone que el déficit será menor, con menos gastos para paliar la pandemia y mayores ingresos por la supuesta reactivación, esa realidad está por verse.

Diciembre, el segundo mes del desierto que tiene que atravesar la política económica, tiene la ventaja del aumento estacional en la demanda de pesos. Empresas y familias suelen tener que vender dólares en diciembre para afrontar vacaciones y obligaciones de fin de año, fenómeno que se da vuelta a partir de la segunda quincena de enero cuando los billetes se gastan y reingresan en el sistema bancario; y por eso será importante observar qué instrumentos pondrá sobre la mesa el Tesoro y el Banco Central para absorber el tsunami de pesos que podrían volver a presionar fuerte sobre los precios y el dólar, ya entrado a pleno el verano.

Mientras pasan las semanas, los mercados observan si efectivamente se va a cumplir el compromiso de emitir menos. Lo hacen con el dólar quieto, pero en un piso alto. La cotización cae hasta 150 pesos en el contado con liquidación y allí rebota, siempre mirando con cuánto interviene el Gobierno en el mercado de bonos para frenarlo.

El recorte de subsidios a las empresas para pagar salarios supone un interrogante para el nivel de empleo. En particular el drama es para las pymes, que pudieron hasta ahora cumplir el compromiso de no echar personal gracias a que el Estado pagaba parte de los salarios. ¿Cómo van a hacer ahora, por ejemplo en el sector gastronómico y tantos otros, donde la facturación de los comercios y empresas en el mejor de los casos es la mitad de lo que vendían antes de la pandemia? A la vez tienen la mitad del personal en las casas sin trabajar por los temores a contagios, y tienen que afrontar el pago del 100% de los salarios. No es casual que ayer el Presidente les haya prometido a los jefes sindicales de la CGT analizar si se puede mantener el IFE y el ATP en los sectores críticos.

Más dudosa es la capacidad que tendrá el Gobierno de aumentar tarifas en el año electoral, determinante para conocer hasta donde crecerá el déficit y la emisión por los subsidios que se necesitan para mantener las tarifas sin mayores aumentos.

El mundo económico espera todas estas defunciones. No tranquiliza mucho que otra vez el ministro Guzmán haya confesado que el acuerdo con el FMI está verde en términos de dinero fresco para recomponer reservas (dijo la verdad) y que la negociación se puede demorarse hasta marzo o abril. Cuando a fin de octubre el dólar se acercó a los 200 pesos, lo primero que hizo el Gobierno fue adelantar la negociación con Washington.

Todo demorado otra vez. Parecido a los 7 meses que se tardó en negociar con los acreedores privados, para terminar cerrando el acuerdo en los términos que los propios bonistas proponían al principio de las conversaciones. Derivaciones del siempre vigente teorema de Baglini: el ritmo de devaluación del peso es directamente proporcional a la vocación de la dirigencia política de cumplir con las leyes de gravedad de la economía. Cuando se dispara el dólar, todos viran a la ortodoxia. Basta que el dólar se calme dos o tres semanas, para que la vocación gastadora reaparezca. Riesgosa la estrategia si se tiene que atravesar un desierto de 5 o 6 meses. Conviene no desperdiciar la poca agua que va quedando en la cantimplora.

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