Tenía que ser Biden

Se va terminado un 2020 inolvidable. Hay dos hechos que han sido notoriamente relevantes para el presente y el futuro previsible: la pandemia y las elecciones estadounidenses. El segundo determina un probable punto de quiebre, dado que representa la derrota del populismo en el país líder de la historia moderna.

En palabras de Stuart Patrick en su editorial en World Politics Review del 26 de octubre pasado: "un triunfo de Biden repudiaría la plataforma de 'Estados Unidos primero' con la que Donald Trump ganó la Casa Blanca en 2016, y la mentalidad hipernacionalista, unilateralista y soberanista que la sustenta. Un cambio tan asombroso en la orientación global de Estados Unidos tendría importantes implicaciones para la cooperación global, desde el cambio climático, la salud y la proliferación nuclear hasta el comercio y los derechos humanos, así como para las relaciones de éste con sus aliados occidentales"

Finalmente, el populismo estadounidense fue derrotado electoralmente. Una reedición de un gobierno de este tipo hubiese dado por tierra, casi definitivamente, con la construcción de un mundo multilateral conformado en la última mitad del siglo XX que, con sus virtudes y falencias, desembocó en el proceso de globalización actual, el mismo que permitió sacar de la pobreza a una inmensa cantidad de gente y que, lamentablemente, la pandemia puso en retroceso.

¿Por qué la derrota del populismo estadounidense es relevante? Porque la manera que tiene el mundo de recuperarse de las consecuencias de la pandemia y además lograr una senda de crecimiento global, sostenible y sustentable en términos del medio ambiente es mediante la competencia entre los países basada en reglas e instituciones. Estados Unidos con el liderazgo trumpista iba mellando las reglas, las instituciones y los acuerdos globales que gobiernos anteriores habían diseñado: el retiro de la Alianza Transpacífica, el acuerdo para el cambio climático de París, el Acuerdo con Irán, el menosprecio sistemático de las relaciones con sus aliados históricos. En el plano interior, la gestión Trump dividió a su país como ningún presidente contemporáneo jamás lo había hecho.

También es un hecho que, a lo largo del planeta, el populismo se había convertido en una característica destacada del panorama político de los últimos años.

¿Qué es el populismo? El populismo es una concepción moralista de la política, una forma de percibir el mundo que opone a un pueblo, en teoría moralmente puro, a las élites que considera corruptas o en algún otro sentido inmorales. Los populistas son anti-pluralistas. Como ha afirmado Loris Zanatta los populistas sufren el "síndrome de la unanimidad". Y si ésta no es posible, como nunca lo es en sistemas constitucionales de cuño plural, el disenso se vuelve patología. Porque bajo una visión maniquea el populismo divide el mundo entre el bien y el mal con un instinto cuasi religioso. Afirman que ellos, y solo ellos, pueden representar adecuadamente a la "gente real" y que todos los demás contendientes políticos son esencialmente ilegítimos. Con este enfoque el mundo va a la guerra y no a la competencia.

Este enfoque, de división de la sociedad y del mundo, conspira contra la "racionalidad" que necesitan los países a los efectos de mantener un ecosistema competitivo y plural que genere crecimiento y ascenso social. Porque el ecosistema competitivo es virtuoso mientas puedan articularse los intereses de la sociedad en general, las empresas, los inversores, los emprendedores, las asociaciones sindicales, el sistema educativo, la recepción de corrientes inmigratorias y la pluralidad que le permita a un país innovar y competir; todo ello en un sistema basado en reglas y acuerdos globales. Cuando no funciona de esta manera los países caen en la falta de crecimiento y la inequidad.

Como mencioné en mi columna anterior, China representa "el" desafío para Estados Unidos en términos geopolíticos. Muchos analistas predicen la progresiva decadencia relativa de éste y ven en el futuro a un liderazgo mundial bifronte, con posibles desacoples en las cadenas de valor y en lo tecnológico. En mi opinión estos temores deben ser relativizados porque, si bien con característica totalitarias y expansivas, hoy China es una economía de consumo que está totalmente entrelazada con las economías liberales occidentales en su comercio y sus inversiones.

El desafío global es la competencia entre los países, y fundamentalmente entre Estados Unidos y China, basado en reglas e instituciones globales legítimas y efectivas.

¿Que el capitalismo en su forma actual necesita ser reconfigurado y que en la tentación del apoyo a regímenes populistas descansa la frustración de aquellos que no pueden insertarse en el "sistema"? Seguramente sí.

La agencia de comunicación Edelman publicó una encuesta para el Foro Económico Mundial en enero de 2019. Fue realizada a 34.000 personas en 28 países. El 78% de los encuestados estuvo de acuerdo con la afirmación de que "la gente común lucha solo para pagar sus facturas mientras las élites se vuelven más ricas de lo que merecen".

Esta necesidad de reconfiguración no implica que el populismo, ni mucho menos el totalitarismo, sea la forma de cambiarlo. Más bien el cambio radica en la propia capacidad del capitalismo para reinventarse. Y de los incentivos que el sistema pueda generar para una mayor inclusión y desarrollo.

Seguramente habrá que revisar las normas que hacen que las empresas no frenen la emisión de carbono, la existencia de paraísos fiscales, la corrupción, la falta de inversión pública en educación, infraestructura, ciencia y tecnología y atención médica, entre muchos otros aspectos.

En un pasado no tan lejano, fuimos testigos del desarrollo del programa Apolo, por el cual durante ocho años, la NASA y empresas privadas de sectores tan variados como el aeroespacial, el textil y la electrónica colaboraron en el programa invirtiendo e innovando. Lo mismo ha ocurrido con el desarrollo de Internet, la nanotecnología, el genoma humano, el desarrollo de Silicon Valley, el GPS, los algoritmos, la pantalla táctil, entre muchos otros que hacen a nuestra cotidianeidad tecnológica.

Es justamente Estados Unidos el que ha demostrado que cuando los sectores público y privado pueden articularse en pos de una misión común, pueden hacer grandes cosas. Tal vez la gestión que encabezará Biden pueda hacerlo.

Tags relacionados

Más de Columnistas

Noticias del día

Compartí tus comentarios