Martes  09 de Julio de 2019

¿Tenemos que pagarle bien a nuestros políticos?

¿Tenemos que pagarle bien a nuestros políticos?

En estos días se conoció la noticia de que el presidente Mauricio Macri instruyó a un trío de funcionarios de su íntima confianza para que salgan a reclutar ejecutivos jóvenes y talentosos que quieran ingresar a un eventual futuro Gobierno de Cambiemos y oxigenar así su gabinete si es que obtiene, como presume, su reelección.

La idea de que profesionales altamente calificados como los que se busca trabajen en el Estado es, sin duda, un objetivo irreprochable con el que es difícil estar en desacuerdo, pero hay que decir que la idea presenta también una doble faz, que son las trabas con las que encuentran estos profesionales a la hora de plantearse trabajar en el sector público. Primero, y la más obvia de todas, la falta de incentivos monetarios, porque los sueldos suelen ser más bajos que en el sector privado si hablamos de altos niveles de dirección en grandes empresas vs. cargos de jerarquía en el Estado.

Y, segundo, por una razón más abstracta, pero que también desalienta a cualquier profesional a decidirse a pegar el salto al sector público: lo ingrato que puede resultar –sobre todo en la Argentina- el gran nivel de exposición pública que conlleva un cargo de funcionario. Dicho en buen romance: eso de "tirar la honra a los perros" es un riesgo que no todos están dispuestos a tomar.

Porque no es ninguna novedad que el universo de la política en este país está asociado frecuentemente en el imaginario popular a la corrupción, y más aún cuando el tema remite aquí a la última década del kirchnerismo que tanta tela dejó para cortar en la materia: sin llegar al paroxismo del "revoleo" de los bolsos de López en el convento, la larga lista de ex funcionarios procesados o que purgan condena por hechos de corrupción cometidos en la década anterior contribuyó -y mucho- a aumentar en el termómetro social el descontento con nuestra casta política.

Suele escucharse que en política "muchos honestos pagan por las malas acciones de unos pocos corruptos", pero, la verdad, que la idea de que los políticos están en la vida pública para enriquecerse es una sensación instalada difícil de desterrar. De hecho, el tema cada tanto vuelve a estar sobre el tapete de la mano de algún nuevo disparador que reedita el famoso debate sobre los sueldos de los funcionarios, excesivos para la mayoría de la gente, aunque no siempre sea tan así.

Tampoco es extraño que esto suceda, porque se trata en definitiva de empleados públicos que pagamos entre todos, y con una inflación galopante como la que sufrimos, que obliga a hacer malabares para llegar a fin de mes, cualquier suma de dinero que ganen puede sonar desmedida.

De hecho, cuando Federico Pinedo se animó a 'protestar' hace un par de años por su economía personal, en medio de una de las polémicas que hubo por el aumento en las dietas de los legisladores, muchos le saltaron a la yugular.

A contramano de esto, la vicepresidenta Gabriela Michetti acaba de eliminar de un plumazo el canje de pasajes aéreos y terrestres por dinero en el Senado, adicionales que podían llegar a representar hasta $ 90.000 mensuales, a los más de $ 120.000 que cobran en mano los integrantes de la cámara alta.

La medida hizo que de inmediato desde distintos bloques lanzaran furibundos cuestionamientos, aunque no es difícil imaginar que buena parte de la sociedad la recibió con simpatía. Los más críticos de Michetti argumentaron que como nadie se anima a actualizar los salarios de los senadores (por temor a una reacción popular), el cambio de pasajes por efectivo venía ser una suerte de compensación, y que sin esta posibilidad sus ingresos quedaban desfasados.

Sin querer ponerme en abogado del diablo, la pregunta se impone: si pretendemos que nos gobiernen los mejores, ¿por qué no pagarles entonces como tales? Porque, ¿a quién podría disgustarle la idea de que la política argentina se pueble de funcionarios con talento, formación y profesionalismo y que todas esas virtudes las vuelquen a trabajar por el bien común? En definitiva, ¿por qué no deberían los políticos cobrar un buen sueldo?

Eso sí, así como es bien sabido que los gobiernos y sus políticos influyen de manera clave en los resultados económicos de un país, pues entonces exijamos a cada uno de ellos resultados, y que básicamente cumplan con lo que prometen.

Quid pro quo, esa es la cuestión. Cada tanto no está demás recordarlo.

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