Telecomunicaciones, jueces y fracasos

En estos días suceden muchas cosas negativas para nuestro futuro inmediato y lo que es peor, para la Argentina de nuestros hijos. La Justicia viene cayendo sin pausa y ahora con prisa: el sistema electoral de listas-sábana potencia el dominio de los gobernadores sobre el Senado, controlado hace décadas por el justicialismo. 

Esto es notorio en dos sectores en los que he trabajado durante toda mi vida profesional: el sistema judicial y la industria de las telecomunicaciones.

Digámoslo claro: es imposible designar jueces sin la aprobación del PJ, que concede acuerdo senatorial a sus propios candidatos o cuando negocia algo con el gobierno si es de otro partido.

Poco ha podido hacer el Consejo de la Magistratura: copado por la política partidista desde la reforma "k" de 2006, solo puede bloquear la designación de jueces al no aprobar concursos, pero esa táctica tiene efectos negativos, al multiplicar vacancias que se cubren con jueces subrogantes, mas permeables a la presión de grupos de poder que los jueces titulares.

Tan es así que vimos en estos días como se tejieron mayorías hasta hace poco impensables, con las que varios sectores pusieron sus candidatos a jueces, algo natural para la 'real politik' pero muy opinable en materia judicial.

La solución la tiene la Corte, demasiado demorada en confirmar la inconstitucionalidad de la reforma del 2006. De ella depende que haya un Consejo realmente equilibrado, no este nefasto mini-congreso donde todo se negocia afuera, a espaldas de la Constitución.

Si no mejoramos nuestra realidad judicial, la Argentina jamás será atractiva para inversiones que necesitan seguridad jurídica, algo que los políticos profesionales -que trabajaron poco y nada en el mundo real- ni siquiera entienden. Para muchos de ellos, la seguridad jurídica es tener jueces militantes y amigos, no jueces independientes.

La buena noticia es que el Poder Judicial aún tiene muchísima gente buena, que protegida y auditada por un Consejo equilibrado, puede mejorar muchísimo en pocos años. Máxime si es motivada por una Corte Suprema ejemplar.

No es una utopía: podría ocurrir si la política reacciona y deja de lado su inaudita pasividad ante Cristina Kirchner, cuyo objetivo es dominar a la Justicia y luego todo.

Por otra parte, tiene efectos devastadores para la economía y para la gente lo que está haciendo el gobierno kirchnerista con las telecomunicaciones.

Los menores de 50 años ni siquiera imaginan el desastre infinito que era Entel, empresa monopólica estatal de telefonía, que durante 45 años nos convirtió en un país con telecomunicaciones no del tercer, sino del quinto mundo.

En pocos años, la privatización de las telecomunicaciones nos alineó con los países de redes más modernas, a precios accesibles y con servicios de calidad. Todo eso fue sin costo para los contribuyentes y además generando ingresos fiscales por los impuestos que tributaba el sector.

Pero… vinieron el 2001, el 2003, el kirchnerismo con Guillermo Moreno como Secretario de Comunicaciones y ahora un gobierno donde literalmente manda Cristina Kirchner.

Las últimas regulaciones llevan a un retroceso en algo esencial para el futuro: la conectividad, la digitalización y los beneficios directos que estos avances traen para la gente y las empresas. Todo ello es imposible sin rentabilidad.

La Argentina tiene un endémico déficit en infraestructuras y las recientes decisiones sobre precios de servicios de comunicaciones, van a provocar inexorablemente que ese déficit se extienda a las redes digitales de calidad.

Remarquemos que con las comunicaciones no solo distraemos: tenemos libertad política, aprendemos, enseñamos, producimos y hacemos negocios. Crecemos.

Como si fuera poco, las telecomunicaciones ni siquiera necesitan inversiones estatales: basta que el Estado no exprima a las prestadoras con impuestos y tarifas irrisorias, ni imponga otros obstáculos a la actividad empresaria. Hoy en día, en el desarrollo de infraestructuras todos los países tienen mejor presente y mucho mejor futuro que nosotros.

La monumental mentira populista del abaratamiento de los servicios de comunicaciones solo provocará que en el medio plazo, tengamos servicios de mala calidad. Esto ya ocurrió entre los años '40 y '80. El resultado fue llegar casi sin teléfonos a 1990.

Desde entonces recuperamos rápidamente en tiempo perdido, pero ahora otra vez vamos para atrás, en una remake populo-estatista.

¿Se trata de un anticapitalismo a la cubana o el objetivo es impedir la libre circulación de información, dificultándola con la inevitable obsolescencia que vendrá? No olvidemos que sin conectividad, el más moderno iPhone o Samsung se convierte en un ladrillo y se silencian las redes que tanto disgustan a los que quieren dominar a un país.

No dejemos que se destruya el futuro de nuestros hijos. Tengamos coraje.

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