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Spotify, de 1907 a hoy: suena tremendo

Imagen de LEANDRO ZANONI

LEANDRO ZANONI Periodista especializado en tecnología y nuevos medios

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En 1907 ya existía Spotify. Se llamaba Telharmonium y fue patentado unos años antes por el inventor norteamericano Thaddeus Cahill. Pesaba siete toneladas. Usaba las líneas de teléfono para transmitir música las 24 hs desde una planta ubicada en Manhattan. Sus clientes eran restaurantes, hoteles, teatros y casas de familia en todo New York. A cambio de un pago mensual recibían música clásica por teléfono. El proyecto fue abandonado en 1916 y Cahill nunca supo que cien años después, su invento sería un gran éxito: el streaming digital.


Después del tsunami del MP3 que la dejó grogui, la industria de la música atraviesa en el mundo una lenta pero sostenida recuperación gracias a los sistemas de streaming online. Casi 70 millones de usuarios ya pagan una cuota mensual por algún servicio premium de plataformas como Spotify, Apple Music, YouTube y Deezer, los cuatro más usados. Y en 2015 todo el sector facturó u$s 15.000 millones un 3,5 más que el año anterior. Son datos de la Federación Internacional de la Industria Discográfica (IFPI) y muestran alegría porque son los mejores números desde que este siglo empezó. Pero más allá del festejo, la industria sabe que jamás el negocio llegará a los niveles que se obtuvieron en los 90, antes de que la digitalización de la música, el iPod de Apple y sus descargas irrumpieran en Internet. A la par que la música se consume cada vez más, los artistas, intérpretes y productores protestan por sus derechos y sostienen que las plataformas digitales les pagan muy poco. Sin embargo, a su vez, necesitan de los servicios de streaming para difundir su música y vender entradas para los shows, uno de sus principales ingresos de ganancias.


En la industria no existe la transparencia. Los contratos son secretos y las empresas como Spotify y Apple Music no informan sus números. Pero se estima que de cada u$s 10 que cuesta en promedio una suscripción mensual a una plataforma de música online, la torta se reparte así: apenas 0,65 centavos para el artista, 1 dólar para el autor, 2 dólares en impuestos y un poco más de 6 para los intermediarios, que a su vez se lo reparten 70% para las productoras discográficas y el 30% para la empresa de streaming.


Las posturas de algunos artistas son inflexibles. El año pasado la cantante Taylor Swift casi retira su disco 1989 de la red de Apple Music porque desde la empresa regalaban tres meses de suscripción a sus usuarios para el lanzamiento. Pero durante ese lapso no pagarían derechos ni a los artistas ni a las empresas discográficas. El escándalo mediático que provocó Swift fue tal que Apple tuvo que revertir su postura y anunció que pagaría los derechos. Pero más allá de algunos artistas díscolos, hoy las apps mobile de streaming son los dueños de la pelota y reparten el juego a su antojo. Sin ellos, los artistas cantarían en soledad.


Tidal, una plataforma online independiente (propiedad del rapero Jay Z y de su mujer Beyonce) apareció con mucho ruido el año pasado. Promete una calidad de audio HiFi superior (en formato FLAC en vez de MP3), conciertos en vivo, lanzamientos exclusivos, videos de shows, venta de tickets, merchandising y, sobre todo, un reparto más equitativo de las regalías para los artistas. Solo allí suena la música de Prince, por ejemplo.

Hace pocos días Tidal desembarcó en nuestro país y en otros de la región. Acá cuesta casi el doble que otros servicios ( $ 72 mensuales contra $ 36 de Spotify o Google Music), un factor que parece decisivo a la hora de contratar este tipo de servicio. ¿Le alcanzará la calidad musical (a veces imperceptible en auriculares de baja calidad) para poder competir? Por el momento tiene menos de 5 millones de usuarios en el mundo, contra los 30 millones de Spotify y los 14 millones de Apple Music.


Seguro que cuando inventó el primer Spotify de la historia, Cahill nunca soñó con tener toda la música del planeta en un pendrive o en su smartphone. Ese día está más cerca. Cada vez hay más música digital. Mientras tanto, la industria se reacomoda. Discute, se enoja y pelea para repartir mejor el negocio. Pero la música no para de sonar.