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Sobre la reciente movida cambiaria

Desde semanas atrás, aunque oscilante, asomó una movida alcista del dólar nominal. Se llegó a superar niveles máximos de la divisa vistos antes. Ello hace pensar sobre los motivos del fenómeno y sobre las implicancias en juego, aun en un plano hipotético.
 

Antecedía al asunto un valor cambiario nominal bastante planchado -coincidiendo con una paridad real esencialmente baja-, pesando aquí la política monetaria de altas tasas de interés y la presión ofertista de divisas ligada a la rauda toma de deuda externa. Aun cuando el Banco Central adquiriera dólares obtenidos y vendidos por el Tesoro, y se notara la terca continuidad del atesoramiento en dólares por parte del sector privado.

Un factor que incidió en la citada movida, se asocia al resultado de las elecciones de EE.UU. Prima facie, se sospecha en ese país que Trump, ya en ejercicio, reproduzca una reaganomics, con una mezcla tal de déficit fiscal, altas tasas de interés y dólar fuerte (más el sesgo alcista que perfila la Reserva Federal), capaz de inducir la suba generalizada de tasas a nivel mundial y depreciaciones difundidas. Algunas expresiones de esto, con altibajos, pegaron en nuestro continente, y, con cierto rezago, llegaron al país.

Lo que atisbó asimismo, cuando todavía está fresca la onda bajista de tasas que hace poco encaró el Banco Central, es la impresión de que el gobierno halló trabas importantes para imponer sus iniciativas en el orbe económico, alentando un resorte expectacional con posible influencia en el plano cambiario.

Una visión es que, en principio, estos movimientos cambiarios carecerían de gran entidad. No deberían, pues, afectar precios, y, de paso, tenderían a mejorar algo al tipo de cambio real (en este plano, hasta se perdió parte del sobrio repunte de paridad insinuado al cesar el cepo).

En rigor, por sí mismas, las alteraciones de portafolio no son un mecanismo apto para una mejora orgánica de la competitividad cambiaria, más allá de un eventual aumento de la paridad real. De todos modos, la tesis canónica del esquema de metas de inflación -que recitan Prat-Gay y Sturzenegger- independiza, por ejemplo, los movimientos cambiarios en flotación del impacto en precios: nulo o casi nulo traspaso. Pero, no es fácil definir si ya estaríamos en un estadio de ese tenor. A la vez: ¿el criterio vale automáticamente en cualquier contexto?.

A su vez, aplica una perspectiva más amplia. Como es sabido, el giro estratégico económico que adoptó Cambiemos meses atrás, supone una matriz macroeconómica expuesta en materia de sustentabilidad. Por de pronto, la dupla Trump-Reserva Federal podría, como secuela, hacer más oneroso a nivel mundial la toma de deuda externa, pilar de esa matriz. Algo muy arduo de compensar con un recorte desde dentro del riesgo país.

Con ese dato exógeno, interactuaría la marcha de la economía interna. Pulsando si opera un círculo virtuoso o vicioso. La citada matriz macro, conlleva un déficit fiscal permisivo, pero, ¿hasta dónde es estirable?. Probablemente, la filosofía de Cambiemos es: vamos con la deuda y el déficit facilitando el rebote económico, se dan resultados electorales favorables, y, después, se asume un ajuste fiscal dulce, crecimiento de por medio. Lo que reafirmaría la confianza de los agentes financieros externos. Círculo virtuoso; supuestamente, sin alteraciones fuertes de portafolio.

Pero, se trata de una ruta a recorrer. Manteniendo cierto control de la iniciativa, evitando desbordar el ya alto déficit fiscal y concretando el rebote. Todo este combo, en tiempo útil. La posibilidad de seguir tomando deuda sin un excesivo mayor costo, es la gran palanca detrás de esa dinámica. Sin embargo, esa misma posibilidad es influida por las condiciones externas aludidas y la suerte de aquel combo.

Este espectro, finalmente, enmarca la probabilidad de pases de portafolio en distintas dosis y de movimientos ad hoc del tipo de cambio, computando, entre otros factores, el grado de intervención (cambiaria) oficial que se ejerza.