Repensar a la Argentina desde el campo y la industria

En medio de una pandemia que nos está obligando a repensar nuestras vidas, es el momento también de repensar a Argentina. Y luego del paso fundamental que acaba de dar el país con el acuerdo por la deuda, el siguiente paso para repensarnos es recrear la relación entre campo e industria.

Nuestro país ha pasado muchas crisis en su historia, en especial en las últimas cuatro décadas y media, cuando terminamos de perder el rumbo económico y abandonamos la búsqueda de una estrategia consistente sobre qué queremos hacer y cómo nos queremos insertar en el mundo. Cada fracaso fue mucho más que un fracaso: fue también una oportunidad perdida de evitar el próximo.

La crisis que vive hoy el mundo es tan profunda que no podemos permitir que eso nos vuelva a pasar. ¿Por qué? Porque la competencia por el agregado de valor y la generación de riqueza y empleos será tan encarnizada que los países que duden sobre su proyecto o pierdan tiempo en divisiones estériles quedarán indefectiblemente relegados.

Repensarnos significa admitir que tenemos que cambiar la forma en que concebimos las cosas hasta hoy – y luego hacerlas diferente. El camino es el acuerdo, pero no cualquier acuerdo sino uno con objetivos concretos y un punto de llegada claro que recupere la grandeza de objetivos de nuestra política pública. Y en Argentina el primer acuerdo que tenemos que lograr es uno que suture de manera definitiva la grieta que existió siempre en nuestro país entre la producción agropecuaria y la producción industrial, para englobarlas bajo el concepto paraguas de agregado de valor.

Como pasa en todo gran cambio estructural, el mundo económico pospandémico va a tener ganadores y perdedores. Recluidas a vivir con lo esencial durante meses, las sociedades van a revalorizar a la economía de la vida y la salud, y es justamente esa nueva realidad la que nos va a dar una oportunidad única para dar un giro de 180 grados en nuestra historia económica.

En los últimos años hemos escuchado muchas veces la importancia de insertarnos en el mundo a partir de la potencia de nuestra capacidad para producir alimentos. Nuestro sector agropecuario es el que históricamente, y también en la actualidad, ha logrado una competitividad notable, a fuerza de inversiones, trabajo intensivo y tecnología de vanguardia. Desde ambos lados de la “grieta política hay acuerdo: hemos hablado de industrializar la ruralidad y de convertir al país en el supermercado del mundo. Pero lo cierto es que no logramos materializar ese consenso implícito en un plan concreto de acción, que le ponga un segundo piso de producción industrial a nuestra Pampa Húmeda y potencie su riqueza.

Al contrario, en la última década nuestras exportaciones agropecuarias se siguieron primarizando. En el período 2002-2010 la participación de las manufacturas en las exportaciones agroalimentarias fue en promedio del 41%. La década siguiente hasta la actualidad descendió a 36%. Además de seguir siendo el granero del mundo, lo único que logramos fue convertirnos en el supermercado para sus animales: hace ya casi una década que casi el 60% de las exportaciones del sector siguen siendo granos y desperdicios que otros países transformarán en alimentos.

Revertir ese rumbo implica entender por qué Argentina ha fracasado repetidamente a lo largo de su historia. Aun en nuestros tiempos de mayor bonanza, hemos vendido al mundo productos que escasa elaboración para comprarles los que llevan más complejidad productiva. Entonces nos pasa lo que sabemos: nos faltan dólares. Nuestro país nunca fue rico, como nos dicen, sino que apenas fuimos impulsados en algunas ocasiones por el azar de precios relativos favorables que nos generaron una sensación de riqueza. Como suele pasar, las sensaciones duran poco. La verdadera riqueza, como escribieron recientemente Crespo, Muñiz y García Díaz, no reside en beneficiarse de los vientos de cola y crecer sino en complejizar la estructura productiva y desarrollarse.

Hoy la coyuntura histórica nos pone ante otra encrucijada, esta vez con poco margen para tomar el camino equivocado o, como pasó luego de la crisis del 2001, tomar el camino correcto pero abandonarlo por la mitad. Tenemos que ser capaces de poner toda nuestra energía y todo nuestro ahorro nacional, a través de canales de financiamiento adecuados, en un proyecto que termine con la grieta fundamental de nuestra historia: la que divide nuestro potencial con nuestra realidad. Solo vamos a lograr saldar esa tensión si nos damos cuenta de que nuestro destino como Nación en el siglo que viene es amalgamar al campo y a la industria en un todo encadenado, complementario y potente a través de tecnología, innovación, escala y producción. En ese acuerdo tenemos que poner nuestra fuerza en los meses que viene y en su implementación en los próximos años.

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