Reforma en Nicaragua: el camino que debemos evitar

Muertos en enfrentamientos, familias destrozadas para el resto de sus días, violencia extrema en las calles, discusiones sectoriales que demandarán años superar, crisis social profunda y el peor de los males...el odio gana las calles. Estos son los resultados de un intento de reforma al régimen de jubilaciones que promueve el presidente de Nicaragua Daniel Ortega, el mismo que alguna vez emprendiera protagonismo desde una revolución social que puso fin a un gobierno autoritario.

Los sucesos provocarán cicatrices imborrables. Pero debemos preguntarnos qué sucede en el sistema, con un Instituto Nacional de Seguridad Social que hace 11 años no mostraba una situación deficitaria pero insinuaba síntomas de una evolución comprometida para su futuro. Un mercado laboral que en la última década no generó puestos formales de empleo, la aparición de nuevas prestaciones no contributivas, el sostenimiento de prestaciones por vejez para trabajadores jóvenes, buenos niveles de cobertura (80% como haber jubilatorio) pero sin proyección de financiamiento y sostenibilidad, un crecimiento desmedido del organismo administrador triplicando su personal en forma desordenada, sospechas de corrupción y falta de un debate serio y amplio de la evolución de los sistemas llevó al Presidente al intento intempestivo de una reforma que, como tantas que llegan en épocas de crisis promueve acciones drásticas.

La reducción de beneficios, nuevo procedimiento de cálculo de la movilidad, elevación de edades, nuevas fórmulas de cálculos para los nuevos beneficios y una falta absoluta de diálogo y consenso, provocaron el escenario inicialmente descripto. El peor de los resultados...la política de Estado llamada a proteger a toda la comunidad será la causa de la violencia más desmedida de los últimos año. Fracaso social total.

El análisis independiente de las medidas propuestas no parecería una amenaza para la Seguridad social, pero aplicadas en una sociedad con los componentes antes descriptos provoca un choque inevitable, una reacción lógica y previsible, la comunidad no podía reaccionar de otra manera, actuó como cualquier analista político lo podría prever.

Esta columna pretende traer a la reflexión lo que sucede, no dejar de señalar una y mil veces más que la seguridad social es una política de estado y, como tal, deber ser construida por todos los actores. Cualquier reforma debe tener consenso y aprobación mayoritaria de la sociedad. No se pueden imponer medidas sin consenso, pues el resultado es la tragedia. Pero de la misma manera, llamo a la reflexión, la distorsión, la falta de previsión que garantice la sostenibilidad, el abuso indefinido de los recursos públicos, la imaginación de que el Estado es infinito e inagotable, pueden provocar un colapso, un callejón sin salida, el agotamiento de una generación en su capacidad de protección y las consecuencias se anticipan, pues estos excesos sin control ya no representan un riesgo a futuro solamente, queda claro: pueden ser la causa de un suicidio social colectivo ya! El enfrentamiento armado siempre será el fracaso absoluto de una sociedad.

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