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Reflexiones sobre la economía argentina y algunos imaginarios en pugna

Desde hace tiempo se ha instalado, en un sector de la sociedad, que tanto el nivel de gasto público, como el de la presión tributaria son factores negativos que afectan a la creación de riqueza privada y condenan a los países al fracaso y a la pobreza. Al respecto caben decir varias cosas: a) los resultados de correlacionar presión tributaria y gasto público con el ingreso por habitante en un panel de más de 160 países muestra que no existe tal correlación; b) la Argentina aún con más de un treinta por ciento de presión tributaria y nivel de gasto público sobre el PBI, se halla por debajo del promedio medido para los países de la OECD; c) la presión tributaria en los Estados Unidos, Australia, Dinamarca, Alemania y muchos otros supera con creces a la de Argentina, mientras que países como Panamá presentan irrisorios porcentajes.
Vinculado a este tema se ha instalado también el de la calidad del empleo público frente al empleo privado. El término ‘empleo de calidad’ se ha instalado como frase cuyo significado se halla definido como mera tautología y adjetivación: el del Estado sería malo y el privado bueno, ambos por definición. Esto es muy grave pues no pocos economistas señalan cifras impresionantes de un supuesto exceso de empleo público en torno al millón de agentes o más, algo que se difunde masivamente por los medios. En primer lugar cabe decir que un servicio de portería, de aseo o de mantenimiento es indistinto si se realiza en el sector privado o público. En segundo lugar, el Estado suele requerir de empleos calificados y sus empleados ser sometidos a severos controles y capacitaciones sindicales. Esto ha sido un claro hecho en organismos como el ANSES, la AFIP, las Universidades Nacionales, ciertas áreas de la administración pública. Precisamente un tema central para el sector privado es contar con una sólida administración pública, pero también con una sólida capacitación del conjunto de la población a fin de que se constituya una oferta laboral acorde a las demandas de dicho sector. Es difícil pensar en alcanzar esto sin una educación pública que requiere de muchas mejoras pero más que nada de continuidad y coherencia presupuestaria. Por otra parte la inversión en obras públicas es una de las pocas actividades capaces de absorber la mano de obra poco calificada y crear un circuito virtuoso. Las remuneraciones del sector público generan de por sí una masa de contribuciones tributarias que autoalimentan este circuito, por ejemplo a través del impuesto a las ganancias. A su vez estos puestos de trabajo crean un importante nivel de demanda privada, pues demandan productos al sector privado generando impactos en el empleo del sector industrial y en los de de comercio y servicios, lo que retroalimenta la demanda agregada y hace que el sector privado pueda crecer y entonces también tributar. En realidad este es el circuito de los países desarrollados y los analistas de la OECD ponderaron positivamente que la Argentina progresara en estos términos entre 1990 y 2010.
Otro punto vinculado es que en Argentina los impuestos indirectos constituyen una masa importante de la recaudación fiscal total, por lo cual es justo que el destino del gasto público favorezca a las clases sociales aportantes mediante la provisión de servicios educativos y médicos gratuitos permitiendo mejoras en la calidad de vida y movilidad social ascendente.
Se ha instalado también, de forma peligrosa, el tema que se vincula con el poder correctivo de las devaluaciones para mejorar la competitividad. Se ha sumido que devaluando y reduciendo el gasto público, la Argentina será el paraíso de inversiones para explotar sus recursos agropecuarios, mineros y energéticos, con lo cual el sector privado generará empleos de calidad. La realidad ha mostrado que tanto la devaluación de febrero de 2014, como la de diciembre de 2015 generaron impactos inflacionarios que hasta han empeorado la competitividad de la Argentina algo que se verifica con los propios datos del Banco Central, pese a la ausencia de indicadores oficiales. Estos modos de abordar el potencial de explotar recursos naturales parecen ignorar que el país es deficitario en productos energéticos y que los precios de las commodities se hallan en temporal descenso. Ignoran también que nuestros productos industriales ya contienen una gran proporción de insumos importados y que la importación directa no hace bajar precios sino incrementar nuestro déficit comercial y demanda de divisas escasas.
El debate sobre el pacto fiscal necesario y sobre qué modelo de desarrollo es capaz de generar empleos, trabajo y riqueza estable se halla así más lejos que nunca de tener un consenso sustentado en estudios serios, datos contundentes y evidencia a nivel de la experiencia mundial. Se parece demasiado al retorno a una ciencia económica panfletaria de la cual nunca sacamos provecho como país y que ignora el terrible costo social de recesiones severas en términos de destrucción de capital humano y pérdida de paz social. Por cierto una economía pequeña tributa poco y entonces no puede tampoco pagar su deuda.