Recuperar confianza, una misión titánica tras una derrota electoral

La confianza es el activo más frágil que tiene cualquier gobierno, sin importar su signo. En la primera elección, los políticos la capturan gracias a dos factores: la calidad de las promesas que hacen (todos los candidatos prometen, pero solo uno gana), y la expectativa que generan en la sociedad sobre su cumplimiento. Desde ese momento, ese capital inicial empieza a disminuir, en función de cómo actúe el gobernante. Todos saben que es una línea descendente, porque es improbable que se pueda conformar a cada uno sobre el 100% de lo prometido. La confianza, entonces, decrece como si fuese dinero en una cuenta bancaria. El problema que tiene Mauricio Macri es que tiene pocos fondos de respaldo, porque desde el día que perdió las PASO, ese capital pasó a ser compartido también por su rival, Alberto Fernández, de una manera simbiótica y riesgosa: ninguno está capacitado para hacer que crezca el total, ya que la política tiene como objetivo primordial que se traspase de la cuenta de uno a la del otro. Si Macri recupera confianza, recupera las chances de ganar. Si no lo hace, Fernández gana.


Durante el fin de semana, el postulante del Frente de Todos manifestó sus puntos de vista en diferentes entrevistas con la prensa, abordando cuestiones económicas delicadas con un lenguaje mixto. Aunque remarcó que no quiere avalar tratamientos forzosos, Fernández repitió que la deuda es un problema complicado, que la Argentina perdió margen de honrarla, y que es probable que haya que discutir cómo se sigue, “uno por uno , acreedor por acreedor. Sus asesores, como era de esperar, salieron a posteriori a aclarar que de ninguna manera esos dichos implican que buscarán una reestructuración o cualquier otra decisión que dañe a los prestamistas. El problema es que la duda ya fue sembrada. Y con la escasa confianza que conserva Macri (en parte porque Fernández todavía no se ganó la suya), tendrá que lidiar con inversores que tienen una mirada muy binaria de la Argentina. Si no creen que haya un rédito palpable, y no tienen argumentos razonables para justificar ante terceros su inversión en activos argentinos, entonces se dan media vuelta y se van. Así de simple y sencillo.

Con ese contexto tendrá que arrancar su gestión Hernán Lacunza, convocado para hacer algo distinto a lo que aplicó su antecesor. El nuevo ministro es un defensor del equilibrio fiscal, pero no un fanático. Si pretende que los capitales que vinieron se queden, tendrá que darles rentabilidad o un buen argumento. Si no, ni siquiera correrán el riesgo. La nueva estrategia vendrá con una mayor sintonía con el Central, y con respaldo político de los socios de Cambiemos. Habrá que verla rodar.
 

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