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¿Quo vadis, Argentina?

ALBERTO SCHUSTER

Director de la Unidad de Competitividad de Abeceb

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¿Quo vadis, Argentina?

Casi todo es discutible. Se puede discutir si la estrategia de shock hubiese sido más apropiada a la de gradualismo; si ésta no tuvo el éxito esperado por impericia, mala suerte o una combinación de ambas; que si el FMI nos ayuda o es parte de la etiqueta "liberación o dependencia"; de si los resultados actuales de la estrategia económica son negativos, al encontrarnos con guarismos de recesión y deuda preocupantes, inflación y tasas de interés descomunalmente altos, o si presentan atisbos positivos al ver el sobrecumplimiento de las metas fiscales, la estabilización del tipo de cambio, el proceso de reversión del atesoramiento de dólares, la baja del déficit de la balanza comercial, la menor probabilidad de default o la aprobación del presupuesto.

Pero lo que no es discutible es el hecho de que nuestro país arrastra hace décadas un problema en su crecimiento económico. Así se hizo notoria la incremental incapacidad de nuestras empresas de exportar y competir con las importaciones en un marco de economía razonablemente abierta; que no es otra cosa que nuestra pobre competitividad.

En El país de las desmesuras: raíces del retraso de la Argentina, Juan J. Llach y Martín Lagos sostienen que hay tres variables clave para explicar el retraso de la Argentina: el cierre o apertura de la economía medida por la suma de las exportaciones e importaciones sobre el PIB; la volatilidad en los niveles del producto bruto y la aceleración de la inflación. Sus políticas: cambiarias y aduaneras proteccionistas materializadas en impuestos y restricciones; políticas fiscales y monetarias inflacionarias insostenibles en el tiempo, con secuelas negativas en la presentación de los derechos de propiedad, la disponibilidad de crédito, la distorsión de precios relativos, en decisiones de inversión y en la distribución del ingreso.

Y así, no pudimos insertarnos en un proceso que fue evolucionando hacia la globalización.

Hoy estamos experimentando los riesgos de pasar de una economía estado-céntrica, populista y mediocre a una economía que pretende desarrollarse en un marco de libertad. Lograr una macroeconomía estable y con sentido común, es una condición necesaria pero no suficiente para nuestras posibilidades de progreso futuro. Sin ello nuestra competitividad seguirá deteriorándose. Pero dar un salto competitivo hay que hacer y mejorar mucho más: infraestructura, disponibilidad de energía, régimen laboral e impositivo, incentivos para la inversión, régimen regulatorio, corrupción y sobre todo el capital humano, para enfrentar los desafíos que la incipiente reorganización productiva mundial.

Los riesgos de fracasar son altos, al punto que podría sostenerse que el actual gobierno, con sus aciertos y errores, está enfrentando a una cultura que, enquistada y expresada en vastos sectores de la sociedad, que sostiene valores y preferencias para seguir viviendo al calor del sistema que nos rigió durante la abrumadora mayoría de los años en los que se nutrió nuestro estancamiento.

La definición de este intríngulis será crucial para el futuro. ¿Podremos romper la inercia de tantos años de deterioro? Dependerá de nuestras elecciones culturales y políticas que, por suerte o desgracia, pertenecen a nadie más que a nosotros.

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