Domingo  27 de Septiembre de 2020

Pornografía y zugzwang como degradación y arte del populismo

Si hay un rasgo en común que tienen los populismos es que apuntan siempre a no hacerse cargo de nada: la culpa la tiene el otro.

Pornografía y zugzwang como degradación y arte del populismo

Si hay un rasgo en común que tienen los populismos es que apuntan siempre a no hacerse cargo de nada: la culpa la tiene el otro. Ese tic de origen está destinado a inocular en los ciudadanos gérmenes de piedad para con la patriada que dicen estar gestando, la que nunca puede ser concretada como ellos quieren porque aducen que los palos en la rueda les impiden llegar a realizar lo que siempre se presenta como un sueño. Entonces, exigen sumisión para poder ir a bien fondo y “por todo” y aprovechan como ninguno los errores de quienes se les oponen u otras veces generan adrede el escenario para que no les quede a ellos mismos más que una movida fatal, la que los lleve a patear el tablero para que se produzca en la sociedad un cambio radical de las burguesías dominantes. 

En general, son partícipes de la teoría del “cuanto peor, mejor”, la misma que propicia que se profundice cada vez más la degradación que, por goteo, vive el país desde hace un siglo. Por eso, el momento político y social de la Argentina de hoy parece tierra fértil para intentar, si bien no todavía el golpe final, un avance decisivo en la conformación de los deseos de una buena parte de la llamada coalición de gobierno. Para muchos resulta evidente que en nombre del autoritarismo implícito del modelo, cierta radicalización está utilizando la cuarentena y la imperiosa necesidad ciudadana de asistencia, gasto que el país hoy sólo puede cumplimentar por la vía de la emisión, como trampolín para mostrar los supuestos beneficios de un Estado que en verdad hace agua por los cuatro costados, defecto crónico por el que se culpa del sector privado, desde ya.

El ex diputado salteño Juan Emilio Ameri es apenas un emergente de tal degradación. El país que devalúa y devalúa sin cesar, el que convive con inflaciones y déficits monstruosos durante años, el que vota presupuestos siempre incumplibles y el que acumula pobres al por mayor no debería rasgarse tanto las vestiduras ante el episodio. Por lo tanto, los ciudadanos deben hacerse cargo de la irresponsabilidad pornográfica de uno de los tantos paracaidistas que ha votado, un diputado que ha llegado a la política a partir de una cuasi-mafiosa cadena de favores que protege la listas-sábana en la que no caben las virtudes ni la preparación, porque siempre están emparentadas con lo marginal.

Tampoco deberían jugar al periodismo indignado, al menos sin separar en beneficio del público lo accesorio de lo importante, todos aquellos que se prestaron desde los medios al juego de los pícaros que usaron el aberrante caso para tender una cortina de humo sobre el país que oculta muertos, el que pone y saca jueces de acuerdo al paladar del político de turno, el que ataca el mérito y el que declama federalismo de la boca para afuera, pero que siempre actúa como unitario a partir del absolutismo de cacique que impone la Nación. Así y todo, hay varios elementos que retacean el apoyo o directamente se oponen a la mayor radicalización que surge de la lista precedente: la oposición, unida como nunca; buena parte de la Justicia y por lo que dicen las encuestas una porción muy apreciable de la ciudadanía.

Sobre el mal momento político que vive el presidente Alberto Fernández, un ministro acaba de confesarle al diario La Nación que no hay culpas propias, sino que la Argentina “es un país difícil”. La reflexión que surge de modo inmediato es si todo no se ha complicado mucho más aún por las decisiones que ha tomado el propio Gobierno. El funcionario también se preguntaba “quién va a querer sentarse” en el sillón presidencial y si se une un concepto con el otro habría que concluir que no caben las quejas porque todos quienes llegan a ese lugar saben a qué se exponen, ya que su función siempre será la de arbitrar, mientras que sus nervios deberán estar preparados para agradar a unos, a costa de los otros. La violenta caída de la imagen presidencial ha puesto al núcleo que lo rodea en una posición bastante sobreactuada en defensa de la gestión, aunque no todos parecen dedicarle la misma enjundia a la hora de blindar al Presidente, ni dentro del Ejecutivo ni entre algunos intendentes del Conurbano ni tampoco de parte de importantes gobernadores.

Ocurre que en estos tiempos de carencias al por mayor, ser el árbitro le asegura a Fernández más silbidos que ovaciones, mientras los errores se suceden. Luego, a la hora de las declaraciones se buscan justificaciones o, peor, culpables afuera, pero siempre con la misión de no hacerse cargo del resultado del partido. Desgaste puro y está claro que una situación así genera demasiados nervios o, peor, una notoria parálisis. Y que más allá de las leyes que surgen desde el Congreso para darle forma a una matriz institucional diferente, un escenario tan revuelto precipita críticas por no explicitar una hoja de ruta mientras que, desde dentro, el Instituto Patria vigila. Así, en lo que se ha dado en llamar la coalición de gobierno se observan demasiados tironeos para imponer nuevos nombres en el gabinete de ministros y para ganar de esa forma nuevos espacios.

El fenómeno de la frazada corta que acosa hoy al Presidente, una manta que no sirve para cubrir la cabeza y los pies al mismo tiempo es el símil de la situación que los ajedrecistas llaman “zugzwang” (jugada obligada), una posición que no permite salir, ya que cualquier movimiento que se haga supone empeorar la situación en el tablero. Luego, habrá que juzgar si se ha llegado a esa instancia definitoria por déficit propio o si el jugador lo ha hecho adrede para transformar ese aparente fracaso en un nuevo juego. En este punto, hay quienes se preguntan si tratar de insistir siempre con un modelo que naufragó tantas veces (preponderancia del consumo y más Estado por encima del sector privado) no va a terminar igual que siempre y si no es parte de la treta, mientras se sigue avanzando hacia la casilla maldita, quizás para justificar así cualquier manotazo de ahogado. Es obvio que todo el combo espanta a los inversores.

Por más que el Jefe de Gabinete, Santiago Cafiero se desgañite tirándole el fardo de todos los males a Mauricio Macri, estas lindezas y la “sarasa” que propuso utilizar el ministro de Economía para salvar un bache frente a los diputados, han sucedido en los últimos días y son parte del lastre coyuntural que protege o aviva el propio Presidente. Entre sus últimos dilemas, vale rescatar algunos de ellos claros de toda claridad. Número uno, el Gobierno debió reforzar el cepo porque si no lo hacía el país se quedaba sin reservas, pero tal como eligió hacerlo le sirvió para perder más credibilidad, sin contar con que una u otra opción le agregaron todavía un poco más de dudas a la inversión y a quienes, en un mercado libre por desdoblamiento, podrían haberle dado mayor oferta al mercado.

Otro cruce de caminos con flechas para elegir estuvo dado por la postura del Ejecutivo ante la Justicia, especialmente ante la Corte Suprema. Allí también la manta corta: u obedece a Cristina Fernández o se mete con otro poder, con las implicancias institucionales del caso. El Presidente eligió un ataque indirecto mandando un mensaje a Carlos Rosenkrantz porque no se implementaba en esa sede políticas de género. No sólo Fernández eligió mal el tema sino que después del comunicado de Elena Highton de Nolasco sobre su  compromiso manifiesto en dicha cuestión (fue la única jueza de la Corte que asistió a la Casa Rosada cuando se formó la Comisión Consultiva que debería proponer reformarla), quedó en evidencia que todo era un apriete sin sustancia, un tiro por elevación para decirle a los jueces que el Ejecutivo estaba atento a los fallos que deben dar en el caso del apartamiento de tres magistrados que decidió el Senado y que el Presidente ratificó en una publicación extraordinaria en el Boletín Oficial.

Un tercer atolladero crítico para Fernández es mantener el equilibrio entre la marcha de la economía y la gestión sanitaria. El economista rosarino Salvador Distéfano repara en que hay señales promisorias para el campo debido a los precios internacionales de los granos en ascenso, aunque no con muy buenas condiciones climáticas, mientras que la necesidad de China de importar carnes y de reconstituir el stock de cerdos puede generar “un margen positivo para el país”. También advierte que la recomposición es “despareja” en la industria y que la economía urbana ligada al consumo “está detonada” debido a la cuarentena.

Justamente, aquí está el centro de la disyuntiva: si el Presidente se tapa la cabeza para privilegiar lo sanitario y no abre las actividades de todo tipo a una población que está saturada y no estimula la vuelta de la actividad económica para evitar más quiebras, con las mejoras consecuentes en materia de producción, empleo y recaudación de impuestos tiene un problema, pero si se cubre los pies para atender las demandas económicas, bien podría llegar el temido colapso del sistema de salud debido a las cifras de nuevos contagiados y más fallecidos, con lo que el descrédito también le pegaría a él. Como estos hay varios ejemplos más del paso desacompasado que lleva el Gobierno, con un tropiezo que lleva a otro y este último a otro más, con la posibilidad de estrellarse la cara contra el suelo.

La Real Academia Española (RAE) siempre da una mano a la hora de las precisiones. Por ejemplo, el verbo “degradar” tiene cinco acepciones y la segunda de ellas dice “reducir o desgastar las cualidades inherentes a alguien o algo”. Ese adelgazamiento, que se va convirtiendo en fatal para la Argentina y que desde la teoría conspirativa podría ser el objetivo buscado para barajar y dar de nuevo con cierta aprobación ciudadana derivada de la necesidad, hoy la abarca desde lo material, tal como se nota en el bolsillo de todos los ciudadanos, pero también desde lo moral.

Es el Presidente quien debe mover ahora y de su cabeza, entonces, tendría que surgir si se acomoda en la casilla del no retorno o si finalmente se decide a buscar alternativas que ayuden al país a recuperar algo de tanto tiempo perdido deslizándose por el tobogán. Al respecto, otra triste acepción del término remite a las consecuencias del periplo argentino, ya que el país hace apenas 100 años estuvo a punto de ser general mientras que en ese mismo tiempo ha perdido jinetas sin pausa, hasta convertirse hoy mismo en un simple soldado raso.

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