Viernes  17 de Noviembre de 2017

Planetas alineados: voluntarismo más gradualismo, en el nombre del diálogo

Planetas alineados: voluntarismo más gradualismo, en el nombre del diálogo
En materia de reformismo permanente, hasta ahora la balanza de dos platos registra, de un lado, la potente metodología que está usando el presidente Mauricio Macri a favor del diálogo y el consenso para gobernar fuera de cánones ya gastados, exponiendo abiertamente sus ideas y necesidades para que sean moderadas por las ideas y las necesidades de los demás, mientras que en el otro platillo, en sus negociaciones con las provincias y la CGT, el Gobierno ha concentrado una dosis bastante importante de voluntarismo, al que hay que sumarle el bendito gradualismo, método que parece darse de patadas con las reformas de fondo que necesita la Argentina.

Suele decirse que los acuerdos amasados por el diálogo generan en los países transformaciones sustentables en el tiempo, ya que esos parámetros no varían cuando cambia cada gobierno. La experiencia argentina es casi nula al respecto, debido a que casi todos los gobernantes del último siglo se han creído con los méritos del caso para imponer sus propios proyectos, algunos personales y otros ideológicos, planes que se deshicieron como arena entre los dedos bajo una misma y repetitiva secuencia que osciló invariablemente desde el optimismo de la pasión fundacional de cada proceso (y cierta adhesión popular de origen) al tobogán de la frustración social.

Hay ejemplos a montones sobre tan nefasta recurrencia. Algunas veces, el derrape sobrevino por el pecado de infalibilidad política que atacó a los gobernantes (civiles, militares, radicales y peronistas) y, en otras ocasiones, porque no se consideraron o se desecharon a priori situaciones locales e internacionales que actuaron no sólo como cisnes negros inesperados, sino también porque movimientos hechos en nombre de la soberbia a la hora de tocar alguna variable importante del esqueleto, contribuyeron a derrumbar las mismas torres que se pretendía construir. Otro elemento negativo que hay que registrar como un lastre a la hora de evaluar lo que está por ocurrir con las reformas tributaria y laboral son los incumplimientos de todas las partes, ya que más de una vez lo firmado quedó en la nada y algunas veces fueron rúbricas que se pusieron solamente para sacar ventajas, sabiendo que era algo no se iba a cumplir.

La realidad de estos días le ha puesto por delante sobre todo al Gobierno, un interesante cruce de caminos que se abre como una oportunidad para avanzar en una experiencia casi inédita, que bien podría conseguir resultados diferentes en esta singular historia de desilusiones que ha patentado el país casi como su marca de fábrica. Por atrofia en el uso del mecanismo del diálogo, la historia de los argentinos es cruel a la hora de formular preguntas: ¿Quién sabe qué cosa es el consenso? ¿Quién acepta la diversidad de pensamientos y se anima a sacar lo mejor del otro? ¿Quién se hace cargo de elaborar una síntesis intelectual? Parafraseando a Juan Perón: ¿quién ha visto alguna vez en la Argentina una política de Estado?

Por ahora, lo que está más o menos claro es que hoy existe un gobierno que, pese a haber ganado de modo contundente las elecciones de medio término, se ha hecho cargo de que es una fuerza minoritaria en el Congreso, mientras que, del otro lado, discurre una oposición fragmentada que, además, tiene clavado en su interior un gran sentimiento de culpa y todavía facturas que arreglar entre compañeros, tras la experiencia ultra populista del kirchnerismo.

Está claro que el Presidente no resigna para nada la potestad de marcar la ruta y que también ha decidido cómo, hacia dónde avanzar y con quiénes. Esto es lo más interesante de la vía del diálogo, ya que el método reduce el umbral de suficiencia del gobernante, quien es condicionado por sus interlocutores. Desde el lado de las dudas sobre el camino elegido resta saber hasta dónde va a penetrar el reformismo presidencial para transformar de verdad al país o si este impulso se quedará estancado en la periferia absorbido por el gradualismo regente, ya que a muchos no les parece que el ritmo elegido permita hacer grandes cambios de fondo.

El diálogo encarado con gobernadores y sindicalistas tuvo un denominador común, ya que por una cuestión estratégica el Gobierno puso la vara alta, aun sabiendo que iba que tener que retroceder en algunas cosas. Estaba más que claro en el caso de los impuestos internos que hubo que borrar del proyecto de reforma tributaria que fue al Congreso, mientras que por el lado de los gremios todo indica que los embates contra la Ley de Contratos de Trabajo fueron para marcar la cancha y para dejarle ganar cosas emblemáticas a los sindicalistas, por necesidades de su propia interna.

Igualmente, hay que saber que todo lo que se escriba de modo consensuado en los proyectos de ley deberá pasar por el filtro de diputados y senadores y que aún puede haber sorpresas, ya sea por inclusiones de último momento de ambos lados (otro clásico) o por pillerías de unos u otros derivadas de la letra chica. Y hay un filtro más, que es el de la Justicia, sobre todo la laboral, ya que si las normas no son claras y tienen inconsistencias podrían quedar al arbitrio de la interpretación de los jueces.

Justamente, en este renglón es más que interesante el planteo que logra impulsar el Gobierno en cuanto a bajar el costo de contratación de los trabajadores menos calificados para promover su ingreso al mercado laboral formal, a partir de la implementación gradual, en cinco años, de un Mínimo No Imponible para contribuciones patronales, por lo que una parte creciente de la remuneración bruta mensual del trabajador no estará sujeta al pago de cargas.

En cuanto al voluntarismo que puede observarse en los planteos del Gobierno, hay de tono conciliador en la negociación con los mandatarios peronistas (estamos todos juntos en este bote o nunca antes su propio gobierno les dio todo esto) y de expresiones de deseos volcados en el proyecto de la Reforma Tributaria. Allí, se dice que la pretensión mayor del nuevo cuerpo impositivo es mejorar la competitividad, eliminar distorsiones tributarias, estimular la inversión, apuntalar el desarrollo y ayudar a generar empleo de calidad, aunque a través del tiempo ya que se apunta a tener todo el paquete atado recién hacia 2022: "la reforma implicará una reducción en la presión tributaria nacional que se estima en el orden de 1,5 puntos del PIB al cabo del quinto año, lo que se sumará a la reducción de 2 puntos del PIB que tuvo lugar desde 2016 y a la baja del impuesto inflacionario", pregona el proyecto.

Otras dos cuestiones donde se mete bisturí y afecta a las provincias es en los tributos que el Ministerio de Hacienda ha definido como "fuente de distorsiones del sistema impositivo" (Créditos y Débitos Bancarios y el Impuesto sobre los Ingresos Brutos), ya que estiman que generan incentivos a la integración vertical, fomentan la concentración geográfica y la desintermediación financiera y poseen un considerable sesgo anti-exportador. "Ningún otro país del mundo recauda, como la Argentina, 6 puntos de su PBI a través de esta clase de tributos", señaló Hacienda.

Y en cuanto a la pulseada por los ajustes a las jubilaciones, tema clave para obtener una gran masa de fondos que cubra los baches que se generan con la muerte del Fondo de Conurbano, los gobernadores le lograron imponer al Ejecutivo que el ajuste trimestral contenga algún plus por sobre la inflación.

Más allá de estas cuestiones que se verán en el recinto, todo indica que, al momento, los planetas (más los de la política que los de la economía) parecen haberse alineado favorablemente en cuanto al avance que significa la búsqueda de consensos, pero que con eso solo no alcanza y que habrá que explicar y explicar por qué esta vez el final será diferente.

Menuda tarea entonces la del Gobierno, si quiere armar un andamiaje que funcione por mucho tiempo, con piezas que encastren lo más sencillamente posible y con certeza de que todo el mundo está dispuesto a honrar lo pactado. Y menuda tarea la de convencer a una sociedad de escépticos que siempre sospecha, ya que se ha escamado más de una vez.

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