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Para dejar atrás las recetas mágicas, Macri necesita algo más que fe en el cambio

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HERNAN DE GOÑI Subdirector Periodístico

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El gradualismo no es indoloro. Cuando la administración de Mauricio Macri decidió la estrategia con la que se propuso corregir la economía, prefirió plantearse objetivos iniciales moderados. Tanto la meta de inflación como la de déficit fiscal fueron pensadas como un target cumplible, a riesgo de que varios economistas las calificaran como excesivamente modestas. Pero sin embargo, es evidente que para una sociedad que no había asumido plenamente la existencia de un estado de crisis, el sacrificio que exige este cambio generará costos económicos y sociales que, si no son asumidos o nivelados en tiempo y forma, pueden transformarse en costos políticos para la actual gestión.

En estos últimos años, la economía muchas veces fue juzgada por el impacto que tenía en el "consumidor final". La asfixia del campo, la parálisis industrial por la menor demanda de nuestros socios comerciales, la pérdida de rentabilidad y la consecuente caída de la inversión, fueron percibidos solo como problemas de las empresas, que no afectaban a la gente por la intermediación del Estado. Pocos comprendieron, en ese período, que la ayuda del Estado no era sustentable, y que a la larga ese remedio se iba a transformar en enfermedad.

Este frustrante sendero ni siquiera es original. Martín Lousteau y Javier González Fraga describieron en 2005, en su libro "Sin Atajos", cómo en las últimas décadas la dirigencia política se dejó cautivar por recetas mágicas, sin importarle demasiado que su aplicación terminara en una crisis.

En la cola del supermercado, nadie se quejó en los últimos años por el atraso cambiario o por la excesiva emisión monetaria. Por eso hoy esas correcciones no son apreciadas como una mejora. Solo se escuchan críticas por los precios, cuyo salto estuvo contemplado solo como un costo más del plan. El Gobierno las padece doblemente porque pensó que el gradualismo iba a ser bien recibido. Hoy ya aprendió que en un cuerpo social que vivió anestesiado, el cambio duele por sí mismo, y no por su intensidad. Macri eligió el camino largo, y está dispuesto a atravesarlo con estoicismo. Lo que aún le falta es una comunicación que lo haga depender menos de la fe en el plan, para no darle a los argentinos la chance de extrañar la "magia" del pasado.

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Comentarios1
Diego Peralta
Diego Peralta 29/03/2016 11:38:31

Dentro de 10 años, la actual discusión sobre gradualismo o shock nos parecerá absurda, ergo todo ajuste hecho dentro del mismo ejercicio económico es brutal e intempestivo