Ockham y los rumores de dolarización en la Argentina

La búsqueda de soluciones a los problemas sociales, requiere orden y precisión. Los especialistas emplean modelos más o menos sofisticados y se arriesgan en el plano de la abstracción. Otros, en cambio, utilizan su arte y se exponen a perder el objetivo que inspiró su estudio. Hace más de siete siglos, el fraile franciscano Guillermo de Ockham concluía que "si dos factores bastan para explicar el movimiento, no debe añadirse un tercero (Copleston, 2011)". Conocido como "el principio de parsimonia" o el de "Navaja de Ockham" (usada para "afeitar la barba de Platón": simplificar su ontología), señala que la explicación más simple es la más probable (aunque no necesariamente la verdadera).

Este principio (no científico, empírico y liberado de "fantasías sociales"), aplica para comprender, por ejemplo, la profundidad con la que se deberían tratar ciertos temas "calientes" de la actual coyuntura económica de la Argentina. Contrastándo la evolución del salario registrado, los precios de los bienes, las tarifas, los impuestos, la tasa de interés y el tipo de cambio con el magro desempeño ex post del consumo, las exportaciones, las importaciones, el crédito, el producto interno bruto (PIB) y las expectativas, podrían hacerse severos reparos a la supuesta existencia del tan mentado proceso gradualista y su responsabilidad en la crisis cambiaria actual. Se develaría, también, la percepción (la sapiencia y el poder político y económico) de los "jugadores financieros", sus movidas permitidas por el marco normativo y su impacto en la solvencia del modelo y la política económica. Con estas conclusiones y el aporte de Ockham, rápidamente quedarían archivadas las declaraciones de quienes creyeron haber visto en estos meses rastros de "terrorismo financiero", confabulaciones maliciosas contra el Gobierno, "pandillas armadas" dispuestas a saquear ciudades y la ya afamada "colusión" internacional "anti Argentina". En síntesis, la "Navaja de Ockham" "afeitaría" las sobreactuaciones en las redes sociales y exhortaría a repensar el modelo.

La crisis actual: la evidencia. El comienzo del cambio de humor se produjo a fines de abril, cuando los sectores informados ("los adalides" de la globalización financiera) desplegaron toda su estrategia. Si bien algo pudo verse en diciembre, el quiebre definitivo se produjo en abril. En ese momento, el tipo de cambio minorista se ubicaba en $ 20,5, la tasa de interés de referencia estaba en 27,25%, se manejaba una inflación cercana a la meta trazada para 2018 y se esperaba un crecimiento del PIB del orden del 3%. Con un amplio poder de negociación por parte del oficialismo, los acuerdos paritarios (cerrados al 15% en cuotas para todo el año) eran la herramienta fundamental para templar la inflación: el futuro sería promisorio. Refrendado por los actores sociales representados en la mesa de negociación (y sus distintos intereses políticos y económicos), se convalidaba así una vívida redistribución del ingreso en contra del salario (a favor de los beneficios empresarios, los propietarios del capital y, por supuesto, el Estado).

Comparando con diciembre de 2015, en abril la suba del salario registrado superaba a la del tipo de cambio nominal pero, en junio, todo se revertiría: el incremento de este último se duplicaría y quedaría congelado el aumento del ingreso de los trabajadores. De este modo, al promediar 2018 se concretaba el objetivo culmine de reducir el poder de compra del salario en dólares (reacomodar precios relativos) para que "el pintoresco cadete" del ejemplo ya no veraneara más en South Beach y no hubiera más tensiones cambiarias.

A fines de agosto se produjo "el segundo cimbronazo" y "las luces de emergencia" se encendieron: las fotos tomadas en mayo y junio en Washington ya no calmaban la ansiedad de los más optimistas. En el jueves 30, la cotización de la divisa estadounidense saltó a $ 42, en los días siguientes retrocedió hasta $ 38 y ahí se mantuvo contenido con "fuertes dosis de antibióticos que contenían artificialmente la infección". Los técnicos de la generación millennial decían que sólo se había tratado de un overshooting "a la Dornbusch" (y que todo ya estaba en calma). En realidad, el proceso se mantenía porque el Banco Central no podía suspender las subastas de sus reservas. La proyección oficial para fin de año se elevaba hasta $ 44 por U$S, la tasa de interés de referencia se enquistaba en 60% (un nivel inimaginable) y la inflación oficial se catapultaba hacia (la ahora meta oficial) de 42% para 2018, en un contexto en el que el PIB no sólo ya no crecería (como se preveía en los meses previos) sino que, por el contrario, retrocedería cerca de 2,5%. A fines de abril algo se había roto, al concluir agosto "la morfología" de la crisis se modificó: entre el 29 de agosto y el 10 de septiembre los depósitos en dólares retrocedían en aproximadamente u$s 1500 millones. Sin una completa verosimilitud y "sin fantasías", la "Navaja de Ockham" hería al modelo.

¿Rumores de dolarización?

Aparecieron de repente. El razonamiento y la conclusión inducida por "el método Ockham" sería sencilla: si el argentino ahorra y gasta pensando en dólares y aporta a la inestabilidad micro / macro en los tiempos de desazón ¿por qué razón no reemplazar el peso por el dólar en todas su funciones? ¿Por qué insistir con la emisión de una moneda nacional en una estructura productiva inflacionaria? ¿Por qué exponer las decisiones ahorro / gasto y el bienestar a una crisis de balance de pago? Al parecer, todas eran ventajas. Las crisis (como las de abril y agosto), motivadas por expectativas de devaluación e inestabilidad de precios en dólares, desaparecerían; habría más integración a la economía mundial y se reforzarían las instituciones financieras internas y el ingreso de inversiones extranjeras.

El "aporte de Ockham" favorecería el ingreso a una dolarización pero, su exacerbada simplicidad, omitiría sus desventajas. Entre ellas, la pérdida de utilidades del Banco Central (BCRA) en el proceso de emisión de dinero y sus transferencias al fisco (señoreaje) y, entre otras, el abandono de un activo clave de la política económica: su soberanía. Sin el manejo de la oferta de dinero (y/o de tasas de interés), habría impedimentos para, por ejemplo, subsidiar el crédito a las Pymes y administrar el tipo de cambio si se quisiera alentar (o desalentar) el comercio exterior. Además, su instalación haría que el equilibrio fiscal y la flexibilización laboral fueran una condición no negociable por parte de las autoridades: el salario debería estar siempre en sintonía con el tipo de cambio, la productividad y la competitividad agregada (muchas actividades y trabajadores se perderían). La simplicidad provista por Ockham, intensa para este caso, impediría entender las distancias entre la Argentina y Panamá y la necesidad de realizar "un análisis serio, abierto y amplio del tema para que se avance sólo sobre la base de un sólido consenso político (Haussmann / Powell, 1999)".

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