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Obras hídricas nunca concretadas: el Gobierno tiene la chance de romper el círculo del pesimismo

Las inundaciones que azotan a varias provincias argentinas están empezando a transformarse en un nuevo desafío para el Gobierno. Como todo fenómeno climático, las soluciones que demanda no están contempladas en ningún presupuesto.

La variable más incierta no es solo la cantidad de agua caída, sino también el tiempo en el que cae, ya que eso demora la capacidad y efectividad de la respuesta que puede dar el Estado. Por último, lo más difícil de reparar es el ánimo de los damnificados. Muchos han pasado por este tormento una y otra vez, sin que en el medio haya habido una acción oficial que actuase como paliativo. Nada peor que tener una baja expectativa de solución frente a un problema, y que los hechos confirmen que esperar la inacción era lo adecuado.

Para empezar, el costo económico de las inundaciones está adquiriendo magnitud. Hay u$s 5000 millones de ingresos de la soja en riesgo. Hay 4,5 millones de hectáreas sin cosechar, y si se repiten en localidades bonaerenses o del sur santafesino lluvias de 100 milímetros como las del fin de semana, habrá que esperar una merma considerable en la entrada de dólares del agro. El único consuelo es que la menor disponibilidad elevará el precio internacional.

El daño, sin embargo, estará hecho. Para los productores, eso significa que tendrán que posponer pagos de impuestos y atrasar la compra de maquinaria o de pickups. Los bancos perciben que en algunas zonas la refinanciación de créditos será intensa. El campo, que hasta ahora fue el único motor de la reactivación que funcionó a pleno, seguramente va a quedar debilitado. Mala noticia para los funcionarios que apuestan a una suba del PBI superior al 3%.

Nación y provincias (especialmente Buenos Aires) tienen que conseguir que las obras hídricas que tienen en carpeta, progresen lo suficiente como para que los afectados perciban que a futuro, una temporada de lluvia intensa no pondrá en riesgo toda su producción.

El Ejecutivo se juega en estas horas la posibilidad de romper el círculo del pesimismo. Su primera reacción hasta ahora ha sido dar una respuesta global a un fenómeno que se repite por circunstancias que no controla (aunque es hora de ajustar políticas a la prevención del cambio climático). Lo que necesita es mostrar que el Estado ya no es una iglesia en la que los ciudadanos rezan a la espera de una solución, sino una organización capaz de hacer lo que promete.

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