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No naturalicemos la xenofobia

Dice Abraham Joshua Heschel que el racismo es la amenaza mas grande del hombre hacia el hombre, el máximo odio con el mínimo de razón. En el tiempo de la inmediatez, la superficialidad y el avance de la xenofobia y el racismo, Heschel nos interpela en menos de 140 caracteres. A pocas horas del atentado en Alemania, Percival Manglano, concejal de Madrid por el Partido Popular, escribió en su Twitter: "El autor del atentado terrorista en Berlín fue un refugiado paquistaní. No hay peores ciegos que los que no quieren ver." Minutos después la policía liberó al detenido y el concejal debió disculparse, ya era tarde para desandar su discurso xenófobo.
Las propuestas de extrema derecha europea se consolidan centrándose en la definición del enemigo externo. Su matriz ideológica se centra en el odio, la exclusión y un miserable chovinismo. Marine Le Pen lidera las encuestas en Francia y el ultra derechista Norbert Hofer superó el 45% y casi se alza con una victoria en Austria. Son señales de alarma que se suman a la diatriba fascista del electo presidente estadounidense Donald Trump, su muro y la aversión a lo que no sea blanco, anglosajón y protestante, explican gran parte de su triunfo.
La dirigencia política argentina siempre se inspira en las modas internacionales. Miguel Pichetto afirmó, ante el asombro de su entrevistador, que "funcionamos como ajuste social de Bolivia y ajuste delictivo de Perú". Pese a los cuestionamientos y a que la evidencia y las estadísticas contradicen su xenófobo racionamiento, el senador reafirmó sus dichos. No nos engañemos, un sector de nuestra sociedad se siente convocado por el discurso de los Pichetto, que se envalentonan con ciertas encuestas que avalan su mirada de repudio al extranjero, al diferente. Completan el escenario empresarios como Enrique Pescarmona, que sobresalen por su racismo, digno de un algodonero esclavista de Alabama, al decir que "las chicas de 14 años se hacen preñar para que les den unos mangos"; y comunicadores como Baby Etchecopar que en cada emisión vomita un odio que no debe encontrar cabida en la libertad de expresión.
Ninguna fuerza política está exenta de la presencia de dirigentes con tintes xenófobos y racistas, es importante identificar su discurso, y trazar allí un límite. No podemos dejar de lado nuestra tradición e historia. América latina es una sola nación que no ha logrado alcanzar aún la unidad en la Patria Grande. Nuestra historia no comienza en el siglo XVIII, somos parte de un recorrido milenario que debe verse reflejado en los pueblos originarios tan invisibilizados, perseguidos y masacrados. Somos una nación encastrada sobre los que están aquí desde el nacimiento del ser humano, pero también por aquellos que emigraron y eligieron esta tierra como su hogar.
Menos del 5% de nuestra población nació en el extranjero. Estados Unidos cuadriplica este indicador y España lo triplica. Su peso en el uso de servicios públicos, pese a los mitos impulsados por algunos políticos y comunicadores, es insignificante, de todos modos aunque fuese alto tampoco debería ser cuestionado. Responsabilizar a la población extranjera por las dificultades en hospitales, escuelas o universidades es un razonamiento falaz, irresponsable y xenófobo.
Dos diputados del PRO, Amadeo y Scaglia, promovieron un pedido a las universidades sobre cantidad de estudiantes extranjeros, carreras que cursan, si abonan una cuota e inclusive su desempeño académico. Me pregunto cuándo arribaron a la Argentina sus ascendientes. Quizás son de los que piensan que hay una inmigración positiva, la europea, y otra que debemos evitar, la latinoamericana. Allí vuelven a encontrarse el racismo y la xenofobia, tan presente en sectores sociales que se creen superiores.
La salud y la educación, en todos sus niveles, son derechos humanos que deben garantizarse, en forma gratuita, a todas las personas, sin importar su origen, nacionalidad o ingreso. La presencia de estudiantes extranjeros en la universidad no puede menos que enriquecer la circulación del saber, dinamizar con experiencias diversas el ambiente universitario, contribuir a la creación y fortalecimiento de lazos transnacionales y afianzar el posicionamiento histórico de la universidad argentina, pionera en materia de apertura y autonomía desde la célebre Reforma del 18.
No condenar el discurso xenófobo y racista, incluso el que parece más inofensivo o superficial, implica naturalizar y hacer cotidiano el odio. No podemos acostumbrarnos a ningún tipo de discriminación, porque es un camino peligroso que nos deshumaniza como sociedad. Debemos, todos, reprobar a dirigentes, empresarios y comunicadores que impulsen estos discursos y prácticas, se llamen Pichetto, Amadeo o Pescarmona. Porque hay lugares de los que es imposible volver.

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