Malvinas: solo el tiempo logrará que sanen las heridas de la guerra

Pedazos de avión, cañones abandonados y miles de viejos pertrechos militares sobreviven desperdigados en las Islas Malvinas como testigos inamovibles de una guerra que sigue viva en el recuerdo. La locura de un general y la necesidad política de una primer ministra que necesitaba revertir su propia crisis, crearon un conflicto bélico en donde había una disputa diplomática que algún día podría haber tenido un mejor final. Y aunque los políticos de una y otra nación se esfuercen, será difícil quitar esa marca de la relación entre la Argentina y Gran Bretaña.

 

A 36 años de esa madrugada, la sociedad todavía se pregunta cómo fue posible una gesta promovida como heroica, se convirtiera en una movida irracional. Dos gobernantes pretendían por entonces torcer sus destinos con demostraciones de fuerza. Para el juicio de la historia, ninguno de los dos logró lo que pretendía. La dictadura que encabezaba Leopoldo Galtieri se desmoronó. Las importantes bajas inglesas tampoco le dieron a Margaret Thatcher el reconocimiento que esperaba.

Como presidente, Mauricio Macri sabe que no puede borrar ni los reclamos por la soberanía de las islas ni el reconocimiento a los caídos en esos días de combate. Lo que le queda por delante al actual gobierno argentino, así como aquellos que lo sucedan, es la posibilidad de construir una relación nueva, en la que la humanidad sea más importante que la política. En esa línea, en estos dos años la política exterior ha procurado que el pasado no se convierta en una traba para beneficios que pueden provenir de otros frentes. Ese criterio es el que también puso en juego la comunidad internacional, que permitió que la Argentina del default hoy sea la anfitriona del G20. El diálogo, incluso aquel que nace como fruto del pragmatismo, siempre creará una mejor herencia que una bala. La victoria no da derechos. Y por eso no debe crear revanchas.

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