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Lucha contra la corrupción: ¿una expresión de deseo?

VIVIAN KOBIAK Directora Forensic Service de KPMG

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Lucha contra la corrupción: ¿una expresión de deseo?

Días convulsionados en materia de corrupción. No sólo en Argentina, sino también a nivel mundial: Lava Jato, Fifagate, Panama Papers. No es un problema inherente a un país. No importa la nacionalidad ni la profesión de la persona. Es irrelevante si se desempeña en la función pública o en el ámbito privado. La corrupción es, lisa y llanamente, un problema intrínseco a la condición del ser humano.

Mientras todo esto sucede, la asociación de examinadores certificados en fraude -ACFE, por sus siglas en inglés- publicó recientemente los resultados de la encuesta de fraude que lleva a cabo en forma bianual. La buena noticia es que Argentina aumentó su participación de respuestas con respecto a la encuesta anterior. Es decir, contamos con más casos investigados por profesionales. La mala noticia es que, a nivel mundial, se sigue manteniendo un estimado del 5% de los ingresos como porcentaje de pérdida ocasionado por fraudes.

A pesar de la creciente concientización con respecto a la lucha contra el fraude que se viene dando en los últimos años, la condena social a los hechos de corrupción, las mayores herramientas preventivas y disuasivas que existen para administrar el riesgo de fraude, las resoluciones que algunos organismos de control de nuestro país han establecido en forma obligatoria en algunas industrias, y las leyes anticorrupción que algunos países han implementado, resulta paradójico que no se haya podido disminuir dicho porcentaje.

Aunque los más optimistas señalarán que al menos dicho porcentaje no se incrementó, cabe preguntarse por qué los directivos de las empresas siguen resignando esa pérdida como parte del negocio.

Las causas pueden ser diversas y variadas. En el ámbito público, la explicación puede ser antropológica y no es objeto de estas líneas. En el ámbito privado, una razón podría estar vinculada a que los directivos no sean conscientes de este problema. Así, desaprovechan la oportunidad de dirigir esos ingresos a fines más trascendentales, como ser, inversiones, mayores beneficios a los empleados, distribución de dividendos, fines solidarios, entre otros. Aunque en los tiempos que corren, el desconocimiento es poco creíble, y como marca el Derecho, no sirve de excusa.

Por eso, damos por descontado que los directivos están en conocimiento de dicha problemática, se presentan ante la dificultad de no saber gestionarla. Es decir, caen en la trampa de querer combatir la corrupción, pero al no contar con un plan efectivo el objetivo se traduce a una mera expresión de deseo. Y de esta manera, fracasan en detectarla oportunamente, o habiendo detectado una situación irregular, desconocen cómo proceder. Entonces, la empresa deja de ser víctima de una situación irregular para convertirse en victimaria.

Como primera sugerencia, se debe entender que no hay una sola herramienta infalible, sino que un adecuado plan de lucha contra el fraude está conformado por diversos componentes que deben ser diseñados e implementados en función de las necesidades de la organización. Dicho plan debe ser constantemente monitoreado, y que es difícil asegurar su éxito sin respaldo de la alta dirección.

Asimismo, es dable aclarar que la implementación de un plan anti corrupción conlleva un cambio cultural de cómo llevar a cabo los negocios, y como todo cambio, llevará su tiempo de maduración en las organizaciones para que esté funcionando adecuadamente.

Por último, nos quedan aquellos directivos que a sabiendas de la problemática y de las acciones a tomar, prefieren ser parte del problema siendo cómplices de los mecanismos de corrupción. A medida que sigamos evolucionando como sociedad, quizá contemos con leyes para ir erradicando este problema que es de la humanidad y que nos afecta directamente en la vida cotidiana de todos nosotros.

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