Los temblores del dólar reviven fantasmas de un final no tan ordenado hacia 2015

Siempre preocupan las turbulencias del dólar. Las que ahora retornaron antes de tiempo (se opinaba que la paz cambiaria duraría hasta después del Mundial) reponen un interrogante ya transitado en las sucesivas crisis de confianza del verano último; y que refiere al carácter de los próximos 18 meses hasta el cierre del mandato de Cristina, Una transición que tal vez no resulte tan ordenada como suponen quienes apuestan a que se puede ir tirando con devaluaciones suaves y sintonía fina, sin que nada estalle para que quien suceda a la Presidenta pueda disfrutar de una presunta bonanza que llegaría por generación espontánea, por el sólo hecho del cambio de mando en 2016.


En lo inmediato. hiela la sangre de los hombres de negocios verificar que no están del todo despejadas las dificultades que puedan poner en peligro el escenario deseado, el de la tan mentada transición ordenada, de modo de evitar que Cristina Kirchner termine en medio de una profunda crisis financiera, económica y social


Hasta ahora, la gestión Kiciloff no ha dado resultados y sigue acumulando fracasos. Parece evidente que las medidas de fin de enero, la devaluación y la disparada de las tasas, no regeneraron la confianza: se paralizó la economía, el poder adquisitivo de los sectores medios se pulverizó y, lo peor, la inflación continúa fogueada por un déficit fiscal y emisión crecientes. Los únicos anuncios del Gobierno han resultado fuertes aumentos en el gasto. Ni siquiera se avanzó demasiado en el recorte de subsidios. Tampoco está clarificado el frente externo, y las acciones oficiales para ordenar la relación financiera de Argentina con el mundo caminan zigzagueantes y a paso lento. Una prueba interesante llegará en las próximas horas según cómo se reabran las negociaciones con el Club de París, ya afectadas por los desacuerdos que persisten entre Argentina y el FMI. Más grave aún, comienza a percibirse que la economía no mejora y que puede empeorar hacia fin de año. No sorprende, ante semejante panorama, que sea Axel Kiciloff el funcionario de peor imagen según las encuestas, sólo superado por el vicepresidente Amado Boudou.


Y tampoco sorprende que se hayan reactualizado los temores a que se profundice la crisis. Es cierto que la gestión económica es una calamidad, pero todavía es temprano para sacar conclusiones categóricas. Revisando la historia de la devaluación en la era Kirchner, desde la llegada del cepo y el control de cambios, las disparadas y frenadas han sido recurrentes. Con un dólar en la calle que cada tres o cuatro meses se dispara, se pasa de rosca, y luego tiende a descansar en un nivel siempre más alto que el anterior. Desde luego el deterioro se va profundizando.


Los profesionales del dinero recomiendan entonces mirar ahora la brecha cambiaria, la diferencia entre el dólar oficial de $ 8 y centavos, contra el valor del blue. Queda claro (y se anticipó en esta columna hace dos semanas), que un nivel de 30% como el de marzo y abril últimos con el dólar en la calle a $ 10 ya es pasado. La mayoría opina que la lógica macro del momento indicaría que el nuevo nivel de equilibrio del dólar libre podría colocarse ahora con una diferencia 40%/50% del libre sobre el oficial, es decir un billete entre $ 11,50 y 12. Sin necesidad que llegue al pico de 80% o 90% al que llegó cuando todo parecía terminado a fin de enero pasado.


Una brecha futbolera, esperando que se termine la temporada de la soja, que comience el mundial y que se vaya clarificando la tensión entre la voluntad de Cristina y Kiciloff de seguir gastando, y la capacidad que tenga Juan Carlos Fábrega en el Banco Central para evitar una crisis terminal con las reservas.


Con el dólar siempre subiendo y el peso siempre bajando, lo inevitable frente a un modelo de gasto público financiado con inflación y devaluación. En la medida en que los actores económicos perciban que las decisiones de Cristina se acercan a la irresponsabilidad fiscal de Kiciloff, la brecha irá aumentando. Y tenderá a calmarse cuando las señales sean más amigables al campamento occidental de Fábrega.


Los optimistas suponen que aún en su egoísmo político, Cristina no se va a suicidar y va a seguir, más/menos, cuidando las reservas para no terminar como los presidentes Alfonsín y De la Rúa. Con esta lógica, Cristina llegaría a fin de 2015 con la economía muy golpeada, pero sin que se le vacíen las reservas. Más si se confirma lo que ya comenzó: los bancos extranjeros financian la transición con unos u$s 10 mil millones que ya se gastan a cuenta por los Boden 2024 entregados a Repsol y descontados por el JPMorgan, nuevas colocaciones para YPF, canje de Boden y eventualmente parte de los pagos en bonos al Club de París.


Pero que el modelo no estalle no quiere decir que no siga hirviendo. Definitivamente la devaluación del peso seguirá golpeando a la gente y al consumo, con creciente malhumor en todos los sectores de la sociedad. Sobre todo la clase media, para quienes los precios de sus bienes de consumo volaron a niveles inalcanzables.


Un ejemplo demoledor es la crisis desatada en el sector de la salud, con paros y conflictos crecientes en los centros asistenciales privados. Como no podía ser de otra manera, el modelo de la devaluación con inflaciones anuales extremas como las que viene anotando Argentina desde 2009/2010 va colapsando cada vez más el sistema de salud. No solo los hospitales, sino las clínicas y sanatorios que se financian con las obras sociales y las prepagas. La devaluación del peso en este caso es letal. Aumentan tanto los costos en dólares de la salud, que no se pueden financiar con cuotas en pesos que ni siquiera el Gobierno permite ajustar a los que eligen libremente afiliarse a una prepaga. Claro que ajuste llega igual y de la peor manera, cada vez con menos calidad de servicio.

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