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Los riesgos de ver el proteccionismo como una fórmula válida de crecimiento

La candidata demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton, dio un ejemplo la semana pasada sobre cómo a la política le cuesta establecer, con su electorado, bases sinceras sobre sus planes a futuro. Al explicitar parte de sus objetivos económicos, aseguró que estaba dispuesta a dar de baja acuerdos comerciales como el Transpacífico (impulsado por Barack Obama) si ponía en riesgo empleos industriales en su país.

La expresión de Hillary fue un giro discursivo hacia el electorado que apoya a su rival Donald Trump y también hacia los sectores más radicales de su propio partido, ya que denota un sesgo más nacionalista, poco presente hasta ahora en las posturas de la candidata, que en la opinión pública es asociada con el establishment estadounidense.

Estados Unidos no es el paraíso del libre mercado. Pero su poder político y económico lo convierten en árbitro natural de los modelos de producción y comercio global. Por eso lo que diga y haga Hillary tiene hoy relevancia.

La candidata revalidó la idea de que una fórmula válida de defensa, como lo es el proteccionismo, puede convertirse en una fórmula de progreso. Ese es el mensaje que llega. El crecimiento, en realidad, está más asociado a la capacidad de cada país de producir y consumir más bienes, y en esa búsqueda, la escala se convierte en un factor determinante.

Hoy el destino de los bienes industriales no lo resuelve un país con un arancel o una barrera, sino con políticas que les permitan conquistar nuevos mercados por su calidad, por la innovación que incorporen y también por su precio. Si un candidato no plantea a su electorado que la meta es ser mejores, adentro y afuera, ejecutará una táctica que no incluirá el largo plazo. Los argentinos saben hacia dónde lleva este camino, porque lo recorrieron más de una vez. El desafío es construir una ruta nueva que todos aceptemos transitar.