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Los políticos deben compartir la tarea de los bancos centrales

SANTIAGO PALMA CANÉ Director de Fimades

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Los débiles datos económicos, la volatilidad de los precios del petróleo y la preocupación por la desaceleración de la economía china han contribuido a un difícil comienzo del año en los mercados financieros. Los países desarrollados no terminan de despegar y a los mercados les empieza a preocupar que los responsables de las políticas monetarias se hayan "quedado sin municiones" para resolver las dificultades económicas.


Desde la crisis 2007-2008 la tarea de estimular la demanda ha recaído fundamentalmente en los bancos centrales. El apogeo de su poder llegó en 2012 cuando Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (foto), dijo que iba a hacer "lo que fuera necesario" para salvar al euro. Pero a pesar de estos esfuerzos, las recuperaciones han sido débiles y la inflación se ha mantenido por debajo de las metas fijadas. Los inversores temen que las autoridades monetarias se hayan quedado sin herramientas eficaces para el eventual caso que la economía mundial se encamine hacia otra recesión. Claramente el margen de acción es cada vez más limitado.


En mi opinión, ha llegado el momento en que los políticos se unan a la lucha junto a los bancos centrales. Hasta ahora estos últimos han tenido que hacer el trabajo sucio porque los poderes ejecutivos han sido vergonzosamente reacios a compartir la carga. Inclusive, algunos de ellos todavía no han comprendido la necesidad de tener una política fiscal y monetaria que opere en conjunto; e incluso, de hecho, muchos gobiernos han trabajado activamente en contra de dichos estímulos.


Es momento pues de implementar reformas estructurales. En su última reunión llevada a cabo en Shangai, los ministros de finanzas pertenecientes al G20 han sido enérgicos respecto a este tema. Pese a que los bancos centrales aún tienen a su alcance algunas herramientas para utilizar cuando la situación lo requiera, ya son muchos los que empiezan a dudar de la efectividad de las mismas. Es necesario iniciar reformas, lanzar inversiones que impulsen la productividad, eliminar trabas laborales y, en general, dinamizar la actividad económica de manera que los recursos se asignen a las actividades más productivas. Se trata entonces de eliminar la incertidumbre, flexibilizar las normas legales, transparentar los procesos regulatorios, eliminar la arbitrariedad e incrementar la seguridad jurídica.


En efecto, resulta prioritario suprimir gran parte del obeso sistema de administraciones públicas para facilitar el crecimiento económico. El exceso de burocratización y el enorme entramado institucional penalizan a inversores y empresarios. Estas reformas deben ir encaminadas hacia la reducción del déficit público de las administraciones y al fomento de la iniciativa privada para la creación de empleo.

Por otra parte, es preciso relajar la carga fiscal para incrementar el atractivo de la inversión y evitar la deslocalización de las empresas que tienden a asentarse en los países donde menos se tributa. Por el lado de la educación, cabe destacar como relevante que los planes de estudio no parecen ajustarse a los requerimientos del mercado laboral. Es necesaria una reforma educativa que vincule cada asignatura a la economía real, que genere individuos calificados con mayores posibilidades de inserción laboral y que fomente la creación de centros de investigación de excelencia e innovación en las universidades.


El problema no es entonces que el mundo se ha quedado sin opciones sino más bien que los políticos en general se han mostrado débiles y demasiado enfrentados entre sí para actuar. Sólo a modo de ejemplo: la clase política de EEUU está en medio de una fuerte contienda entre partidos que –en muchos casos– ha hecho que la eficacia del gobierno quede en entredicho; las autoridades japoneses son demasiado conservadoras como para hacer frente a los grupos de presión y la Eurozona parece institucionalmente incapaz de implementar nuevas estrategias.


En síntesis. Los mercados siguen preocupados por la desaceleración del crecimiento y por la sensación de que se esté acabando el poder de fuego de los bancos centrales. Sin embargo, existe una inquietud todavía más profunda y es que los políticos, al menos por ahora, no se muestran dispuestos a encarar las reformas estructurales necesarias para apuntalar el magro crecimiento actual y evitar una posible recesión. Deberán hacerlo lo antes posible sino quieren que una seria crisis de los mercados los obligue a hacerlo.