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Los cuadernos de Centeno, el riesgo país y las grietas argentinas

En simultáneo con la aparición de los cuadernos de Oscar Centeno y del rechazo legislativo a la legalización del aborto se ha verificado en estos días una suba pronunciada del riesgo-país, que no es nada más ni nada menos que la fiebre que parece presagiar un futuro económico bastante inestable no sólo por cuestiones macro, sino por situaciones derivadas de la falta de un diálogo político constructivo que ayude a cerrar la tan acentuada y lamentable grieta, pero además por la incertidumbre sobre las elecciones de 2019 y también por el parate preventivo que suelen traer aparejados todos los procesos de limpieza de la corrupción.

Justamente, esta última situación, que es esgrimida hoy por los mercados como un lastre para el futuro tomando como ejemplo válido a Brasil, que perdió tres puntos del Producto en todo el proceso del Lava Jato más Odebrecht, bien podría ser encauzada por el Gobierno con un poco de imaginación, algo que ya está rondando en las cabezas de los funcionarios de Hacienda y del Banco Central. En primer término, con el pedido de una primera dispensa al Fondo Monetario en cuanto a desembolsos y luego, con alguna ayuda política extra de gobiernos amigos que no desean que vuelva el populismo en la Argentina. La cosa es no quedarse sin financiamiento de acá al año próximo.

En esta confusión de temperaturas que se modifican a diario y con mucha velocidad, la gran constante que abarca a casi todos los actores de la política y de la Justicia, aunque sobre todo a la sociedad, es que se está saltando casi en simultáneo del frío más glacial al calor más extremo. Estos cambios térmicos bien violentos muestran al grueso de la gente ultra inestable, sobre todo porque el sentimiento de muchos les dice que las expectativas individuales y colectivas pueden ir de mal en peor aunque, en general, y pese a que con sus acciones pasadas y presentes muchos políticos se empeñan en abonar esta creencia, nadie parece abjurar por ahora del sistema democrático.

Hace tres días, en una peregrinación de las organizaciones sociales sobre la avenida Diagonal Norte que derivaba hacia la Plaza de Mayo, un solitario megafonista arengaba a la gente con el conocido "que se vayan todos" y era notorio que nadie acompañaba el estribillo, ni desde la marcha ni desde las veredas. La gente no parece estar por ahora preparada para que no quede "ni uno solo", en un momento en que la grieta se acaba de presentar, desafiante, desde las fotografías aéreas que mostraron el miércoles la Plaza del Congreso cortada longitudinalmente por un profundo tajo. Hoy, quizás el sentimiento pasa más por desear que se queden únicamente aquellos que están del lado de cada uno y no por el síndrome de 2001.

La división entre verdes y celestes, que han generado furiosas reacciones de los ultras de los dos lados, ambos bajo la cobertura de dogmas o bien eclesiásticos o de supuestos derechos de las mujeres que los han llevado al todo o nada, no supo ser canalizada por los legisladores quienes bien podrían haber armado un proyecto de ley con cuestiones que sumaran de modo explícito mayor educación sexual, prevención, acompañamiento, eliminación explícita de negocios vinculados a los abortos, una rápida y eficaz Ley de Adopción y la exclusiva actuación de los hospitales públicos. Más bien, dejaron todo al arbitrio de los manifestantes quienes, de modo minoritario, pero ruidoso, convirtieron una cuestión tan sensible en un lamentable River-Boca.

El empoderamiento callejero de estos tiempos parece ser una simple consecuencia de la abdicación de la clase dirigente y en esto hay que marcar primero la responsabilidad del Gobierno, ya que es quien tiene la misión de conducir aquello que le fue delegado por los ciudadanos. Ese mandato para liderar (y no menos importante es la misión opositora de acompañar todo aquello que sea menester acompañar) es lo que se debería aprovechar para poner a todos los políticos de buena voluntad en la caja del diálogo democrático, sin cortapisas ideológicas y en todo caso sólo considerado como palanca del desarrollo. Es verdad que hay en la política algunas expresiones que son como el agua y el aceite, pero lo interesante es que se expliciten las posturas para intentarlo al menos.

Bien podría venirle bien al Gobierno aprovechar el momento en que todo el peronismo está con la guardia baja, helado por las revelaciones de los cuadernos, para involucrarlo en prácticas más democráticas que el sistema de coimas por obra pública, del que muchos no participaron. Quizás su pecado haya sido haber acompañado desde afuera, aun intuyendo la situación pero sin atreverse a salir del redil, pero lo cierto que en privado hoy expresan una vergüenza muy notoria. Este mismo peronismo, que el Gobierno califica de "racional", está en la línea del acuerdo, quizás con una actitud más interesada en que Mauricio Macri pague el precio político del ajuste, para aprovechar la bonanza con un camino ya asfaltado.

Más adentro del freezer están los militantes y dirigentes de Unidad Ciudadana quienes, desde que aparecieron los famosos cuadernos y pese a que algunos lenguaraces van a la televisión, es más que notorio que no pueden balbucear una respuesta. Ni lo intentan y apenas dicen que hay que esperar para ver qué dice la Justicia y con razón solicitan que se esperen instancias más definitorias. No creen en Centeno, a quien le adjudican conexiones con los servicios de inteligencia ni en el juez Claudio Bonadio (quizás es la perla más controvertida de todo el collar), aunque por motivos políticos, ya que es un peronista del palo de Miguel Pichetto, hoy enfrentado con Cristina Fernández.

Un diputado de Cambiemos le confió a este periodista que "en los pasillos o tomando un café algunos de Unidad Ciudadana algunos dicen que los embocaron a ellos también con el cuento de la redistribución" y creen que "el proceso de enriquecimiento de los Kirchner y su círculo fue mortal para el bloque" que comanda la ex presidente. Por el lado de los peronistas de Bossio o de Massa, ambos ex integrantes de los doce años K, la cosa es también de un silencio "casi culposo", dice el informante. Y añade como versión, ya bastante repetida, que "quizás Centeno trabajaba para Néstor, un tipo muy desconfiado que bien lo pudo haber plantado en ese auto para que vigile a uno de sus cobradores. Yo que Bonadio llamaría a otros choferes de los secretarios de (Julio) De Vido", sugiere.

Pese a que los cuadernos de Centeno están metidos para algunos con fórceps en una causa que sigue en manos de este juez por decantación, ya que el origen de la misma han sido los barcos de gas licuado y seguramente esta cuestión será apelada ante la Cámara para que se sortee otro magistrado, dos o tres cosas llaman la atención del caso que sacó a la luz el periodista Diego Cabot, recién después de haber hecho una contribución cívica notable al haberle pasado el tema a la Justicia: el registro de las sumas, algo raro en alguien que no contó el dinero, aunque bien pudo anotar lo que escuchaba; el listado aparentemente incompleto de las personas que fueron imputadas en primer término (habría que conocer otros detalles de la investigación que están bajo secreto) y el modo tan particular que los empresarios han elegido para defenderse bajo la premisa de "si digo algo me voy a casa".

En una charla informal, un fiscal federal explica algunas cuestiones técnicas que explican el proceder más que interesado de los hombres de negocios: "o ellos coimeaban de modo activo para ganar obras y entonces les cabe una pena más alta o fueron objeto de exacciones ilegales por parte de funcionarios del Estado, con un monto de la pena inferior y además sin cumplimiento de prisión efectiva. Por eso, dicen esto último y disfrazan la declaración poniéndose en víctimas. Luego, o por desconocimiento o con intención, cierta prensa los protege diciendo que confesaron pagos indebidos", resume.

En cuanto a si los cuadernos son o no son una prueba, el funcionario judicial responde con una cita del derecho derivada de la teoría de la "sana crítica racional" que se aplica en la valoración probatoria y que le da entidad al hecho de que Centeno reconoció que son de su autoría, pese a que están fotocopiados: "los testimonios se pesan y no se cuentan", dice. El único reparo que pone es que al haber sido quemados los originales no habrá peritaje ni de tinta ni de papel para conocer el tiempo de escritura: "quizás en tinta de bolígrafo se hubiera hecho imposible, pero las hojas podrían haber hablado", explica.

El "mani pulite" a la criolla que se está sustanciando bien podría quedar a la altura de un poroto, dicen desde Brasil, cuando se conozca el capítulo argentino de las coimas de Odebrecht, allí sí sin cuadernos y con confesiones ya homologadas. Si esto también le va a poner otro paréntesis a la recuperación, el frío de la economía podría prolongarse. El ciudadano debería comenzar entonces a pensar qué cosa preferir: o terminar con la mugre de los corruptos o sacrificar tres puntos del PBI. Grave dilema a dilucidar que vuelve sobre un eterno problema argentino, el de elegir entre la coyuntura para vivir bien hoy o apostar a un plazo mayor que le asegure bienestar a quien vendrán detrás.

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