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Los cerdos japoneses y la política comercial argentina

JORGE RIABOI Diplomático y periodista

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Aunque pocos detectaron sus reales consecuencias, el gobierno del Presidente Macri adelantó la vocación de usar incentivos fiscales, crediticios y regulatorios para oxigenar la economía. Los anuncios parecen incluir la decisión de compensar impositiva y financieramente a las empresas que sustituyan producción importada por producción nacional, así como el intento de aliviar la crisis de los tamberos garantizando un valor de base más remunerativo para la cotización de la leche fresca, algo que suena a justo y a sostén de precios. Quizás por ello resulten ‘soluciones problemáticas’. La definición y uso de estímulos debe ponderarse a la luz de ciertas obligaciones internacionales, como la de brindar Trato Nacional (Artículo III del GATT 1994) y las reglas del Acuerdo conocido por la sigla inglesa TRIMS. A su vez, la receta láctea no puede omitir el respeto a los topes, condiciones y compromisos impuestos por el Acuerdo sobre Agricultura de la OMC. Son todos elementos incorporados a la legislación argentina desde la ratificación legislativa de las reglas que surgieran de la Ronda Uruguay.

Cualquier ayuda oficial al precio de la leche no debe superar el 10 por ciento de la producción específica de esa rama de actividad y ceñirse al juego de los ‘de minimis’ aplicables por las naciones en desarrollo que admite el Acuerdo sobre Agricultura. Sin duda, los autores de la medida ya habrán visto la ventaja de hurgar en el Anexo 2 del mismo Acuerdo (la Caja Verde), a los efectos de crear subsidios que permitan obtener un efecto similar al buscado, sin inquietarse por el techo que impone la denominada Caja Ámbar (sostén de precios). Tampoco sería inteligente encandilarse con el jolgorio de enjuagues que hoy se advierten en todo el mundo, ya que convivir con los subsidios y adaptarse al neo-proteccionismo agrícola envenenaría el desarrollo de esta actividad. La Argentina iría a pura pérdida si apunta al pasado y absorbe a destiempo los caros artificios de países como Estados Unidos, la UE, Japón y ciertas naciones emergentes.

Los ejemplos sobran. Durante la última sesión del Comité de Agricultura de la OMC (segunda semana de marzo), el representante de Japón explicó que su gobierno había decidido aumentar el subsidio a la cría de cerdos y ganado vacuno como parte del escenario interno destinado a cumplir con las obligaciones contraídas en el marco de la Asociación Transpacífica (TPP en su sigla inglesa). El delegado se refería ni más ni menos que al primero de los mega-Acuerdos ejemplares y de ‘nueva generación’ suscrito en febrero pasado por Estados Unidos, Japón y otras diez naciones.

Contra lo que era dable imaginar en el TPP, Tokio despertó la ira de muchos al subir de 80 al 90 por ciento el actual cheque que reciben sus productores de cerdo y carnes vacunas, pago con el que espera seguir cubriendo la diferencia que media entre los altos costos reales de producción y el precio de venta que llega al consumidor, ahora que el mercado de ese país tendrá que abrirse un poco a la competencia importada. Pero estas mañas no son nuevas. Japón suele alegar que es normal el reducido aprovechamiento de las ventajas de acceso a su mercado de leche en polvo, debido a que la cultura del país privilegia la costumbre de alimentar a los bebés con leche materna, o argumentar, con igual cara de póker, que sus consumidores no quieren comprar arroz occidental del bueno, a precios mucho menores, porque la dieta tradicional (arroz Japónica) es muy exigente.

Las cosas no están mejor en el Viejo Continente. La Comisión de la Unión Europea (UE), acaba de anunciar, después de aprobarse en la OMC el compromiso de terminar con todas las formas de subsidios a la exportación (en diciembre pasado), y de registrarse mayoría en el Comité de Agricultura para atacar los subsidios de ayuda interna, que Bruselas estudia nuevos incentivos (subsidios) de apoyo interno para estabilizar la comercialización de lácteos, la carne de cerdo, las frutas y los vegetales. Estas dos últimas actividades sufrieron el fuerte impacto del cierre ilegal del mercado ruso, por el conflicto geopolítico sobre Ucrania entre la UE y el Kremlin. El monto involucrado en esas ayudas se limitaría a unos 500 millones de EUROs. Sin embargo, la Comisión también mira con simpatía el uso de un nuevo mecanismo de crédito a la exportación, algo que podría suponer, si existe retroceso conceptual, una imperdonable provocación. La Argentina y el MERCOSUR no deberían ser indiferentes ante una nueva maquinación disparatada, como las que Bruselas regala con tóxica frecuencia.