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Lo que dejó el terremoto, en primera persona: el drama volvió 32 años después

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ISABEL HERNÁNDEZ MEDEL

Periodista. Coordinadora de Contenidos de Radio Ibero 90.9, Ciudad de México.

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Lo que dejó el terremoto, en primera persona: el drama volvió 32 años después

Hace 32 años, el 19 de septiembre de 1985 México se convirtió en el foco de atención de la prensa internacional. Ante la falta de medios de comunicación como los que tenemos ahora, se decía en el extranjero que el Distrito Federal, en ese entonces, ahora ciudad de México, había desparecido, pues minutos después de las 7 de la mañana lo había sorprendido un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter cuyo epicentro fue en Guerrero en las costas del Pacífico.

Hubo otros estados con afecciones, Colima, Michoacán y Jalisco, los cuales con menos población y sin la concentración de los poderes federales en su territorio no recibieron tanta atención.

No había energía eléctrica, las líneas telefónicas se habían caído, durante día no hubo agua potable, era poca la información que llegaba al interior y exterior, porque como sabemos en ese momento no había teléfonos celulares, internet ni redes sociales.

La ayuda internacional no se hizo esperar, llegaron por cientos hombres y mujeres desde varias partes del mundo, quienes se encontraron con una sociedad civil que, aunque no estaba organizada,  el sentimiento de solidaridad era superior a todo y desde el primer minuto,  a mano limpia comenzó a retirar escombros en hospitales pediátricos y generales, condominios, fábricas de textiles,  de escuelas de educación básica y superior, en hoteles; la televisora más importante del país, Televisa, también fue herida, su torre de transmisión cayó sobre uno de sus edificios donde murieron decenas de trabajadores.

Había gente deambulando, caminaron decenas de kilómetros buscando a sus seres queridos, en shock, de hospital en hospital; en la morgue; en el estadio de béisbol Delta que ahora es un centro comercial a donde fueron llevados cientos de cadáveres porque no había servicio médico forense que alcanzara. El aire de la ciudad olía a muerte.

Hubo historias trágicas, pero también milagrosas, 16 recién nacidos fueron rescatados vivos cinco días después de que ocurrió el terremoto.

Las cifras de muertos oficiales: entre 6 mil y siete mil, aunque la cifra negra indica que pudieron ser 10 mil, pues hubo cientos de desaparecidos.

Miles más perdieron todas sus pertenencias, cientos de edificios fueron derruidos, estaban inhabitables, muchos de esos moradores ocuparon las calles durante años hasta que volvieron a obtener una vivienda digna, aunque aún podemos ver algunos resabios de ese hecho en el centro histórico.

Con esa experiencia, se instaló un sistema de alerta sísmica en el pacífico del país, el cual anuncia con 50 segundos de anticipación que ocurrirá un sismo de 6 o más grados en la escala de Richter, se modificaron las políticas de construcción, se estableció que el 19 de septiembre sería el día Nacional de Protección Civil por lo que desde 2004 a las 11:00 hrs., se realizan simulacros de sismo y se educa desde el nivel preescolar a no gritar, no correr y no perder la calma en caso de sismo.

Coincidencia macabra

En ese marco estábamos el pasado martes cuando dos horas y 14 minutos después, en una coincidencia macabra, nos sorprendió un sismo de 7,1 grados en la escala de Richter, 1 grado menos que en 1985 pero originado a 120 kilómetros de la Ciudad de México, en los límites de Puebla y Morelos, por lo que algunos lo sentimos más fuerte que el de hace 32 años.

A tres días de este terremoto, seguimos recogiendo a nuestros muertos, rogando que los atrapados sigan con vida, mujeres, ancianos y niños; que nuestras pertenencias no sean robadas por personas sin escrúpulos; pidiendo ayuda a diestra y siniestra, alimentos, agua, medicinas, materiales para remoción de escombros, aunque ya no se necesiten.

Igual que en el pasado, después del pasmo que provoca el miedo, surgió la solidaridad: Jóvenes utilizaron su mejor medio de comunicación el Twitter, por ahí fueron compartiendo imágenes y videos de derrumbes, llamando a acudir en masa para rescatar cuerpos y salvar vidas; otros pedían llevar herramientas, cobijas, alimentos. Se divulgaron imágenes de los rescatados con vida, de desconocidos a quienes se llamaba a reconocerlos y avisar a sus familiares que serían enviados a tal o cual hospital; se pedía informes de personas desaparecidas.

Las avenidas se llenaron de ambulancias, de ciudadanos que tuvieron que caminar kilómetros, otra vez, para llegar a sus casas pues el transporte público se detuvo; de ciudadanos que ofrecían botellas de agua a esos caminantes que miraban atónitos la destrucción; de motociclistas y ciclistas que llevaban a botellas de agua a cuestas; de camionetas privadas que transportaban polines y todo lo imaginable para ayudar.

Otros intentábamos comunicarnos vía telefónica, la celular colapsó desde el primer minuto, la fija en momento también; el que falló menos fue el Whatts App, por ahí nos consolamos, nos dijimos que estábamos bien, vimos nuestras imágenes, escuchamos nuestra voz, en los grupos se envió tranquilidad. 

Medios

Los medios de comunicación en sus plataformas informaron al mundo desde el primer instante lo que estaba ocurriendo.

Las televisoras enviaron sus cámaras a los puntos centrales, principalmente a las zonas de la clase media afectadas, pero se olvidaron de las zonas populares, donde también se derrumbaron edificios, donde hay atrapados con vida o sin ella, donde sólo la ciudadanía llegó en el primer momento a remover escombros, donde la ayuda humanitaria también llegó horas más tarde, pues parece que lo que no sale en televisión no existe.

Las televisoras crearon su circo, buscando historias de rescate exitosas, inventando otras que al ser descubiertas el silencio fue la respuesta; dedicando unos segundos a los pueblos devastados y faltos de ayuda fuera de la ciudad.

La radio privada y social no ha parado, ha dado acompañamiento a su audiencia con música, dando direcciones de albergues, centros de acopio; la primera dando voz a las autoridades, la segunda a los damnificados; la primera discutiendo qué harán los políticos en plena campaña electoral porque en 2018 habrá elecciones federales, la segunda difundiendo qué hacer y qué no hacer para no estorbar en esta emergencia.

La prensa escribe historias, el minuto a minuto en sus portales. En las redes algunos difunden rumores, otros tratan de atajarlos. Las telefónicas ofrecen tiempo aire, wifi y llamadas gratis. Los bancos brindan servicio gratis en su red de cajeros automáticos. Hospitales de seguridad social ofrecen a todos atención médica o psicológica.

Especialistas en estructuras dan servicio a la población para revisar sus casas.

En fin, cada uno desde su trinchera haciendo lo que le dicta la conciencia, el amor al otro o lo que es obligado a hacer.

Hablar de número de muertos, en este momento, -cuando las cifras cambian minuto a minuto, cuando hay atrapados entre los escombros, cuando no se han levantado aún las ruinas de decenas de edificios, cuando no se ha llegado a las zonas alejadas en los otros estados afectados, cuando las cifras oficiales no empatan con las de la sociedad civil o servicios forenses-, sería banal e insensible.

Por el momento, lo que nos toca es llorar a nuestros muertos, curar nuestras heridas, sacudirnos el polvo de los derrumbes, no olvidar que somos vulnerables, que los sismos no se predicen y que si una casa o un edifico se cae hay responsables y esos deben pagar su irresponsabilidad.

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