Las primeras señales de Macri

Mauricio Macri todavía no asumió, pero ya dejó en claro que no es Fernando De la Rúa. No solo por su manera de elegir a su gabinete, los nombres y los apellidos o la hiperactividad que están desarrollado él y sus colaboradores. También por el mensaje que envió a los hombres de negocios que suelen obtener ventaja por la cercanía al Presidente y los ministros.

"Si no se ponen por encima de la ley, vamos a tener una buena convivencia. Pero si buscan atajos, van a tener muchos problemas. Más problemas que con cualquier presidente que hayan conocido". Al primero que se lo dijo, en la cara, fue al zar del juego, Cristóbal López, quien le confesó que era leal a la memoria de Néstor Kirchner, pero que a partir del próximo 10 de diciembre se iba a poner a disposición. "A mí no me importa cómo piense. A mí me importa que cumpla la ley", lo atajó Macri. Cristóbal no se fue muy feliz de ese face to face.

Más o menos lo mismo le insinuó a Marcelo Tinelli después de una hora y media de reunión. El conductor de Bailando por un sueño se quiso disculpar por la evidente apuesta que hizo a favor de Daniel Scioli , al invitarlo a su programa casi como cierre de campaña. Pero Macri no le hizo ningún reproche. Se puso por encima. Le dijo que no se preocupara. Que lo importante, en este caso era transparentar los negocios del fútbol y trabajar para el cambio. Y que, más allá de lo que opinara su amigo Daniel Angelici, presidente de Boca y partidario de Luis Segura, Macri lo prefería a él, antes que a los herederos de Julio Humberto Grondona.

Entrevisté a Macri por primera vez en su carácter de presidente electo. El reportaje fue puesto al aire ayer, en La Cornisa. Lo percibí muy seguro, y al mismo tiempo, muy tranquilo. Parece no tener miedo de que el dólar se dispare. Tampoco teme que los que proclaman la resistencia le hagan pasar una Navidad y un Año Nuevo complicado.

Está seguro que la comparación con el anterior gobierno le dará el apoyo de la mayoría de los argentinos que no lo votaron. Se muestra enfocado en los problemas reales: el fin del cepo, las retenciones cero a granos y carne, la rebaja del impuesto a las ganancias, la normalización del INDEC y la creación de una agencia nacional contra el crimen organizado.

Tiene la pretensión de transformarse en un presidente del siglo XXI. Sin aspiraciones fundacionales ni personalismos. Sus colaboradores íntimos piensan en un Arturo Frondizi del presente con una mezcla de Nelson Mandela adaptado a la realidad argentina.

No entiende porqué ahora, para atacarlo, los kirchneristas y cristinistas melancólicos le achacan haber designado a una decena de ministros que vienen de gestionar en empresas multinacionales o bancos extranjeros. "¿Dónde está escrito que

para ser un buen funcionario tenés que venir de la política tradicional o de la Universidad de Buenos Aires?". Macri y Marcos Peña usan como el ejemplo más ilustrativo el pedido de continuar en el ministerio de Ciencia y Tecnología que le hicieron a Lino Barañao. Explican que no le preguntaron a quien había votado en la segunda vuelta. Le aseguraron que iba a contar, seguramente, con un mayor presupuesto del que dispone ahora mismo. Le dieron la tranquilidad de que no le iban a poner a nadie, ni arriba, ni abajo, ni a la izquierda ni a la derecha, que le hiciera de vigilante o controlador de su gestión. Solo le pidieron previsibilidad y que siguiera trabajando como hasta ahora.

También ponen como ejemplo a Barañao para aclarar que los casos del presidente del Banco Central, Alejandro Valoni; la procuradora general, Alejandra Gils Carbó; el responsable del AFSCA, Martín Sabatella y del titular del Sistema de Medios, Tristán Bauer, representan lo opuesto.

"Todos ellos colonizaron la función pública y la transformaron en un reducto partidario. Usaron los fondos del Estado para favorecer una facción política. Tienen que ser dignos y renunciar. No pueden seguir en sus puestos. Lo que están haciendo ellos no sucede en ninguna parte del mundo", me dijo el presidente electo.

Macri, Peña y Emilio Monzó consideran que Cristina Fernández no colabora con la transición porque quiere desenfocar a la nueva administración. La Jefa de Estado saliente sabe, porque lo vivió cuando su marido apenas asumió, que el punto de partida es clave para la gobernabilidad y el primer impacto ante la opinión pública. Por eso sus operadores intentan arruinar, de entrada, nomás, el tipo de vínculo que Macri pretende tener con los gobernadores peronistas, los diputados nacionales que responden a ellos, los sindicatos y los funcionarios de segunda línea que Cristina Fernández y La Cámpora plantaron en el Estado para hacerle al nuevo gobierno la vida más difícil. Macri y Peña, en particular, insisten en comunicar con precisión qué es lo que pretende el nuevo gobierno y cómo piensa realizarlo.

El jefe de gabinete insiste con que no va a haber ajuste, sino una política económica que genere más riqueza para después distribuirla de manera más equitativa. Aclara que no habrá represión, sino estricto cumplimiento de la ley. Afirma que no habrá caza de brujas en la administración pública, pero que se aclarará la verdadera situación de los miles de militantes partidarios a los que quisieron meter por la ventana en los últimos días. "Al contrario de lo que sucedió hasta hace muy poco, vamos a explicar y argumentar por qué tomamos las decisiones que tomamos. Nada más y nada menos" explicó Peña este fin de semana. Lo presentan como un viaje desde la locura hacia la normalidad.

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