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Las manzanas de Plaza de Mayo y las otras manzanas

ANALÍA ARGENTO Editora de Política, Opinión e Internacionales.

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Las manzanas de Plaza de Mayo y las otras manzanas

Me mudé desde mi Río Negro natal a la Capital para estudiar periodismo el día siguiente a cumplir 18 años, hace ya 28 marzos. Siento orgullo y emoción por nuestras manzanas y nuestro valle. Y tristeza frente a la imagen de hoy en Plaza de Mayo.

Son las mismas manzanas pero no el mismo regalo de Chichina, una vecina, que me lleva una bolsa de fruta cuando viajo. Lo mismo hace María, la suegra de mi hermano. Su marido, Cholo, nació un primero de mayo y a sus 90 años sigue yendo a trabajar a la chacra. El anteúltimo verano su cuñado Coco estaba volviendo de vacaciones cuando cayó piedra en El Chañar, en el norte neuquino. Cuando llegó fue a la chacra y encontró un panorama desolador: árboles mutilados, fruta perforada, el 80% perdido. Revisó árbol por árbol y volvió a su casa con dos tarros de 20 litros repletos de ciruelas, todo lo que rescató. Sabe que el único remedio contra la piedra es un porcentaje que cubre el seguro y mucha resignación.

En la Patagonia hay más adversidades. El viento se enfrenta con las alamedas plantadas en hileras. A la helada, a veces, también se le puede dar pelea. Hace años se quemaban gomas para frenar el frío con nubes de humo. Por el hollín alguna vez hasta hubo que suspender las clases en las escuelas. Ahora, los que pueden afrontar la inversión, atraviesan las chacras con mangueras aéreas que conforman el riego por aspersión. Cuando hay helada se da arranque al sistema y el agua moja las plantas, se congela y las cubre con hielo que toma la forma de estalactitas y protege  a los brotes y a los incipientes frutos. Un dato fundamental: para ganarle a la helada hay que pasar la noche, muchas noches, en vela.

La poda, la fumigación, los cambios en la forma de plantación, la pelea por los mercados de exportación con mayor calidad o variedades distintas son algunas otras batallas del chacarero.

Todo eso veo cuando compro una manzana.

Recuerdo también a otra vecina, Cristina, saliendo en verano, temprano, con guardapolvo gris, para ir a trabajar temporalmente al galpón donde embalaba fruta. Ya no quedan galpones en el centro de mi pueblo, ahora está todo más concentrado en el resto de la cadena de producción. Recuerdo a los camiones que transportaban manzanas de descarte para hacer jugo en tiempos en que incluso valía la pena juntar la fruta del piso (ahora a veces ni se cosecha). Recuerdo las visitas escolares a los galpones donde cada empleado tomaba una manzana, la envolvía en papel de seda azul o violeta y ubicaba en un cajón.  

Recuerdo además la tristeza cuando nos avisaron que había fallecido el papá de un amigo pero el orgullo de pensarlo sentado junto a la acequia, trabajando hasta el último minuto.

Lo que ahora es un valle fue un desierto. Se transformó gracias a un impresionante sistema de riego, a lo largo de 130 kilómetros, entre Barda del Medio y Chichinales, en paralelo a los ríos Neuquén y río Negro, de la mano de los ingenieros Rodolfo Ballester y César Cipolletti. Y creció con el esfuerzo de los que viven y trabajan en ese suelo.

Siempre fue un gesto de enorme generosidad (no de protesta) que un chacarero regale su fruta. La vicedirectora de la escuela número 84 le llevaba un cajón de membrillos a mi mamá, maestra de tercer grado, para que hiciera su dulce anual. Mi mamá, la ‘señorita Marta’, llegó desde Buenos Aires al Alto Valle, en tren, detrás de un cargo de maestra titular. Como ella, llegaban maestros de Córdoba y del norte argentino. También abogados y médicos.

En todo eso pienso mientras veo las colas de gente esperando peras y manzana frente a la Casa Rosada. Algo para no olvidar: no es nuevo el reclamo de los chacareros  que en los últimos años arrojaban la fruta sobre las rutas del Alto Valle como los tamberos que en Santa Fe tiraron días atrás su leche.