Las expectativas miran más el peor escenario que el promedio posible

Es poco probable que el contexto económico sufra oscilaciones de magnitud. Si bien el dólar se mantiene volátil (un día puede subir 60 centavos y al otro día bajar en una proporción similar), lo real es que abril debería mostrar alguna descompresión de ciertas variables de la economía real. Si la inflación queda abajo de 4% y algunos sectores más exhiben mejoras mensuales, lo que comenzará a circular es un análisis un tanto bipolar: el canal financiero sigue atento a las encuestas que hoy son negativas para el Gobierno. Pero cuesta darle anclaje a esas expectativas con los números macro y sus tendencias.

En ámbitos empresarios se considera exagerado proyectar una hiperinflación o insistir con una reestructuración de la deuda. La Argentina recién va a tener que hacer pagos netos al FMI en 2022, y nadie espera que el organismo se niegue a discutir vencimientos. Las necesidades financieras netas para el año entrante no superan los u$s 8000 millones, una cifra que a priori no debe representar un problema gracias a que se espera superávit comercial y mucho menos déficit externo.

La potencial dolarización de carteras tampoco le quita el sueño a los bancos. Los depósitos a plazo están muy atomizados y crecen a un ritmo estable, de 4% real en marzo. Los superiores a 1 millón de pesos lo hicieron a un ritmo superior a 50% interanual real. Y si bien puede haber una reacción, hoy el sistema tiene alta liquidez y está bien capitalizado.

El riesgo país seguirá creciendo porque depende del humor de los inversores externos. El escenario fiscal (con metas del primer trimestre cumplidas) incluye complicaciones, pero nadie asume un desvío inmanejable. Las expectativas, como se ve, están más ancladas en predicciones que en números.

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