Las encuestas: mariscales de la derrota de Daniel Scioli

Por qué la mala costumbre de generar clima con encuestas es un tiro por la culata para el candidato en elecciones con ballottage

Le propongo el siguiente juego: pregunte en la calle quién ganó la elección presidencial del domingo. La mayoría le va a decir que ganó Mauricio Macri. Por supuesto que no ganó Macri: el oficialista Daniel Scioli le sacó 2,5 puntos porcentuales de ventaja al candidato de Cambiemos. Pero la imagen de ganador se la llevó Macri, y la de perdedor, Scioli, más allá de que las primeras horas de esa noche los resultados iniciales sorprendieron dando arriba a Macri. Luego del bochornoso atraso de los cómputos oficiales, que buscaron vanamente los resultados del conurbano para no arrancar con Macri a la cabeza, llegó el baño de realidad: Scioli ganó, pero perdió simbólicamente.

Los mariscales de esa derrota simbólica -que lo posiciona muy mal para el ballottage- fueron las mismas encuestadoras que aseguraban que el oficialista ganaba cómodo en primera vuelta.


Zanjemos rápidamente el debate de si las encuestadoras hicieron mal las cuentas o dibujaron sus resultados. Ipsos, de origen francés, es una de las mejores encuestadoras del mundo. Una semana antes de la elección publicó en Diario Perfil que Scioli ganaba por 42% contra 28 de Macri. De ser la más optimista de la media docena de consultoras que publicaron sus resultados muy equivocados antes de la elección, pasó a ser la más errada y por 12 puntos. Curiosamente el resultado que pronosticaron para el tercero, Sergio Massa, de 20%, dio casi exacto en el blanco: 21 puntos. Prueba de que cuando quieren medir bien, miden bien.

¿Puede haber habido una suerte de polarización inconfesable de votos hacia Macri a último momento que no midieron las encuestadoras? Hubo uno o dos puntos que ni el macrismo había llegado a medir del todo. ¿Pero cómo pueden haber pronosticado que Scioli sacaría 4 puntos más de lo que obtuvo en la primaria de agosto, cuando obtuvo 2 puntos menos?

Inexplicable técnicamente. En 2013, otra encuestadora contratada por Scioli, Poliarquía, había pronosticado en La Nación un empate técnico entre Martín Insaurralde y Sergio Massa. Pero el tigrense le ganó al de Lomas por 12 puntos. Diferencia inexplicable técnicamente.

Se trata de dos ejemplos de las muchas encuestadoras que medían para Scioli, el político que más invirtió en conchabar sondeos de toda la historia política argentina moderna: el viejo truco de generar clima de opinión pública para un ganador que no está ganando con la esperanza de dar vuelta la elección y conseguir apoyos políticos y financieros de ganador cuando en realidad está perdiendo.

Así, en 2013 se comprobó que dar ganador a un perdedor no sirve para nada, aunque tampoco afecta demasiado al candidato que paga para instalar expectativas falsas, más allá de alivianar los bolsillos de los contribuyentes con fondos públicos que podrían aplicarse a otros gastos. El daño se lo lleva la reputación de la consultora.
Pero en noviembre de 2015 muy probablemente se constate que, cuando en una elección hay ballottage y el candidato deberá ir inexorable a la segunda vuelta, dibujar encuestas es un tiro por la culata para el candidato. Y no solo por el hecho de que las encuestadoras inflaron expectativas que luego generaron ese clima de derrota de Scioli aun cuando ganó: el daño colateral de esa arma de destrucción masiva de la credibilidad que es usar encuestas para instalar falsedades es más grave aún porque encierra el riesgo de la intoxicación.

En la Segunda Guerra Mundial se desarrolló el término de intoxicar al enemigo a través de propaganda e información deliberadamente falsa. Pero esa toxicidad debía contenerse, de manera que los propios no cayeran en la trampa. En la última elección es evidente que los propios jefes de campaña y hasta el propio Daniel Scioli se intoxicaron con el falso exitismo del Scioli ya ganó, al punto de no arrancar con una propuesta de campaña mucho más cuidada y preparada para el ballottage: si era necesario distanciarse del kirchnerismo, hacerlo a tiempo; no tener mensajes K y anti K simultáneos, cuidar aspectos formales, como viajar a Italia en medio de las inundaciones o festejar imprudentemente en Tucumán en medio de denuncias de fraude, o sentirse tan ganador como para escaparle al primer debate presidencial de la historia en Argentina.

No pensaron en el ballottage. Si esta hubiese sido una elección sin segunda vuelta, el error de las encuestadoras sería solo una mancha más al tigre ya bastante manchado de las encuestadoras. Ahora el motonauta arranca la campaña para el ballottage como el gran perdedor, que no fue, y todo por culpa de las encuestas.

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