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Las dos caras de la lucha contra la inflación

En el último informe de política monetaria del BCRA, la expectativa de inflación ha bajado a niveles de 1,7% para el último trimestre del año, en forma anualizada esto representa un nivel superior al 20%, lo cual nos deja cómodamente en el top five de países con mayor inflación del mundo.

En este marco, la lucha contra la inflación más relevante planteada por los equipos de gobierno, es la que lleva adelante el Banco Central. Esta pelea se puede ver como una moneda con dos caras. Vale decir que el sobrante de pesos calculado por Milei-Giacomini al comenzar la gestión, era de 200 mil millones a lo que hay que sumar el presente griego del dólar futuro todo lo cual fue absorbido de forma no traumática hasta aquí por las nuevas autoridades monetarias. Es decir, estábamos a un paso del abismo de la híper y en lugar de dar un paso al frente, elegimos correctamente retroceder para evitar una catástrofe.

Entender lo dicho permite poner en contexto el dato actual de la inflación como la cara amable de esta batalla, dado que la alternativa a 40% de inflación actual no era un dígito sino tres.

La tasa de emisión a la que crece la base monetaria cayó a un promedio de 27% durante la gestión actual del BCRA, niveles por debajo de la conducción de su antecesor, pero 7 p.p. por encima que la gestión de Fábrega. La menor emisión provoca un reacomodamiento de la demanda de dinero a través del mecanismo de precios (tasas de interés), pero la elevada inflación le genera una carga cada vez más alta al sector privado.

"Qué esquivo e importante es el impuesto inflacionario" (que cobra el Banco Central al sector privado que posee billetes y moneda) comentaba Lucas Llach, actual vicepresidente del BCRA, en un cruce de tweets con Federico Sturzenegger, ahora presidente de la misma institución, en marzo del año pasado. Era cierto entonces y lo siegue siendo ahora.

El impuesto inflacionario es un concepto bien establecido en la teoría económica y junto a la variación de saldos monetarios reales componen el llamado ‘señoreaje’ que representa las ganancias en términos reales que obtienen las autoridades monetarias en su potestad de emitir circulante.

Es decir, el Banco Central posee en su pasivo los billetes y monedas que el sector privado tiene en su activo, los cuales demanda para llevar adelante transacciones y otros fines. Cuando a través de la emisión de esos billetes el Banco Central les hace perder poder de compra a los mismos, el sector privado ve desvalorizados sus activos (tenencias de efectivo) y la contrapartida de esto es la ganancia de quien licuó su pasivo, o sea, el Banco Central.

Se lo denomina impuesto ya que representa una transferencia de riqueza desde el sector privado hacia el sector público, no obstante y a diferencia de otros impuestos, éste no es legislado ni coparticipado y no se sostiene bajo argumentos para mejorar la equidad ni tampoco como mecanismo para la corrección de fallas de mercado. Es simplemente una apropiación de recursos por parte del Estado. Por otro lado es un impuesto altamente regresivo, puesto que son los sectores más vulnerables los que tienen menos posibilidad de defenderse de aumentos de precios ya que tienen ingresos fijos (salarios) que se ajustan una o dos veces al año versus precios que se mueven todos los días.

Junto con Guido Lorenzo y Franco Mastelli calculamos la evolución del impuesto inflacionario (Drazen en 1984) y observamos que durante la actual gestión el Estado, a través del BCRA, ha recaudado por este impuesto 1,04% en términos del PBI en el primer trimestre, uno de los montos más altos de los últimos 10 años, apenas superado por el primer trimestre de 2014 (1,15%) luego de la devaluación de Kicillof.

Este impuesto distorsivo actúa en forma silenciosa y mientras existe consenso acerca de una reforma impositiva este gravamen pasa casi inadvertido. En realidad, lo sentimos cada uno de nosotros cuando encontramos que los mismos pesos compran menos bienes y servicios a lo largo del tiempo.

La disputa entre el gradualismo por parte del ministro de Hacienda y la ortodoxia por parte del Banco Central parece estar siendo ganada por parte del primero, el rojo del fisco creció 38% interanual en el primer semestre del año. En el Banco Central se festeja una victoria pírrica mientras que vemos que la economía perdió más de 100.000 puestos de trabajo formales en los primeros cinco meses del año según datos del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social de la Nación.

Cuando la plata no alcanza, la eventualidad de haber orejeado una inflación a lo Venezuela, es razonable en el corto plazo pero un placebo cuando pasan los meses y la economía no crece mientras la inflación sigue por las nubes.

La consigna del Poder Ejecutivo es llegar a la pobreza cero siempre hablando con la verdad, la cual está siendo puesta a prueba. Tiene el voto de confianza de la sociedad pero es hora de empezar a ver resultados consistentes con el discurso.

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